Tras el grandioso pregón de Xabier Fortes empezó la fiesta
con el infernal y disonante chirriar de las charangas, que deberían estar
prohibidas. Yo comprendo a los antitaurinos cuando dicen que la tortura no es
arte ni cultura. El lema podrá aplicarse a los toros, pero sin ninguna duda también
a las charangas, pero claro, los activistas se esconden para según qué causas,
por nobles que sean. No se me ocurre causa más noble que la lucha contra las
charangas, pues si está mal torturar a un bicho indefenso, mucho peor será,
digo yo, torturar a medio centenar de personas que están tranquilamente
tomándose una caña en una plaza sin meterse con nadie y viene una charanga a
joderles la vida.
Nunca he visto a un grupo de activistas salpicando con
sangre de ternera a los miembros de una charanga, que lo merecen tanto como un
torero, que ya hay que tener mala leche para pasarse todo el año ensayando sabe
Dios cuántas horas a la semana para salir con una camisa de flores a
estropearte las fiestas y aun por encima decir que lo hacen para animarte. Para
mí las charangas son tan dañinas como el tráfico de armas o la esclavitud
infantil. Ya está. Alguien tenía que decirlo.
Y si hay destacados miembros de todo signo político en el
lobby taurino también alguno hay en el de las charangas y eso también hay que
denunciarlo. Pablo Fernández, concejal del PP toca el saxofón en una charanga. Que
lo sepa todo el mundo. Si ya de por sí el saxofón es un instrumento absurdo,
mucho más lo es tocarlo en una charanga, como si no hubiera cuartetos de jazz.
Si no os votaron en las últimas elecciones te jodes, tío, pero la manera de
arreglarlo no es metiéndote en una charanga a tocar el saxofón, que lo único
que consigues es el odio del pueblo al que representas. Luego os preguntáis por
qué no podéis con Lores. Pues por cosas como ésta, hombre, por cosas como ésta.
“¿Ése que está tocando los cojones con el saxo no es el Pablo ése que es
concejal del PP? Pues lo va a votar su padre”.
Que yo recuerde, el único que ha tocado el saxofón con
cierta dignidad fue Gaby, y no se metió en una charanga, sino en un grupo de
payasos y eso le otorgaba alguna credibilidad, pues parecía coherente que un
señor tocara el saxofón mientras sus hermanos Fofó y Miliki nos anunciaban que
la gallina Turuleca había puesto una serie de huevos, nueve en total, y no le
dejaban poner el décimo por motivos jamás aclarados. Eso tenía sentido.
Esta era la columna que tenía preparada para el Diario de Pontevedra durante la semana de las fiestas de la Peregrina. La desafortunada paliza que recibió el fotógrafo Rafa Estévez me tumbó este texto.
