lunes, 31 de agosto de 2009

De cómo un indio desarmó a Pontevedra.


Antonio de Herrera es uno de tantos cronistas de Indias, aquellos que se encargaron de contar los hechos del descubrimiento, conquista y colonización de América. De él, y de su "Historia de las Indias Occidentales" tomamos el relato, que, resumiendo, es como sigue:

Los castellanos tenían buen entendimiento con los pobladores de la isla de Saona, más bien islote o isleta. El buen entendimiento consistía en que los pobladores de Saona aprovisionaban a los conquistadores a cambio de que los dejaran en paz. Esto sucedió entre 1502 y 1506, pues aunque el cronista no nos da fecha exacta, podemos aproximarla contextualizándola en el devenir de otros acontecimientos que se desarrollaron en esos mismos años.

Durante el proceso de carga de provisiones, los españoles llevaban perros para atemorizar a los indígenas. Los perros estaban convenientemente adiestrados no sólo para tal fin, sino además para defender a sus amos en caso de necesidad, y atacar al enemigo, claro. Cuando un castellano gritaba "tómalo", el perro se lanzaba a por la víctima señalada.

Estaban, pues, en Saona. El cacique de la isla dirigía el proceso de carga de provisiones. Llevaba en la mano un palo y daba a sus indios órdenes a voz en grito. Uno de los perros, interpretando que esa actitud del cacique blandiendo el palo y gritando, iba dirigida contra sus amos, empezó a ladrar y a dirigirse contra el cacique. Al español que sujetaba al perro por una cadena y a un compañero les hizo mucha gracia el asunto y comenzaron a bromear. Entre chanza y chanza, uno de ellos, siempre en broma, gritó "tómalo". El chucho, que no había sido adiestrado en el arte de distinguir cuándo la orden no iba en serio, comenzó a tirar de la cadena con tal fuerza que consiguió liberarse. Atacó al cacique

"(...) y dióle un bocado en las tripas, y el cacique huyendo á una parte, y el perro con ellas en la boca, y tirando hacia otra las iba llevando, y el cacique se murió (...)"

Tras el estúpido accidente, los indígenas de esa y otras islas abandonaron su actitud de forzada colaboración y la convirtieron en alzamiento en toda regla, y con toda razón. Y es en ese contexto de revuelta que sucedieron los hechos que pasamos a contar tras este largo preámbulo.

Varios soldados fueron enviados para "pacificar" la zona. Uno de ellos es nuestro protagonista, un caballero a quien el cronista llama, simplemente Pontevedra. Hemos buscado en algún momento más noticias sobre el personaje, pues siendo caballero es evidente que no era un cualquiera, y su nombre verdadero y apellidos nos hubieran dado mucha información. Pero sin dudarlo, dado su sobrenombre, debemos suponerlo natural de nuestra ciudad.

Pontevedra y otro caballero llamado Valdenebro cabalgaban sobre un gran campo en el que vieron a un indígena. Y, sin más, decidieron matarlo. Valdenebro tomó la iniciativa y se acercó al indio.

"El indio, que vió que le alcanzaba, volvióse á él á tirarle un flechazo, y el Valdenebro pasóle el cuerpo con la lanza (...)"

Luego, Valdenebro, mientras Pontevedra contemplaba la escena, clavó su espada al indio. El indio se desclavó la espada y Valdenebro entonces le clavó el puñal. El indio se sacó tambien el puñal del cuerpo, y así Valdenebro quedó desarmado. Al indio, por su parte, lo tenemos ya herido de lanza, de espada y de puñal.

Es en ese momento cuando nuestro amigo Pontevedra decide tomar cartas en el asunto:

"Pontevedra, que vió el caso, fué á herir al indio con la lanza: el cual hizo lo mismo de la lanza, y de la espada y del puñal, y ambos quedaron desarmados aunque luego murió el indio."

Así, el indio, armado apenas con saetas, consiguió enfrentarse a dos caballeros españoles que, además de caballos, el arma más terrible que podía imaginar un indígena, llevaban cada uno una lanza, una espada y un puñal. Y una por una, fue sacando de su cuerpo las seis armas, ante el estupor de los atacantes. Hoy no toca ensalzar la figura de ningún pontevedrés ilustre; hoy toca rendir un pequeño homenaje al pobre indígena que desarmó a Pontevedra. Y de ese Pontevedra nada más podemos decir. Su paso por América se reduce, para la Historia, al grotesco episodio referido, del que no salió precisamente muy bien parado.

Arriba, un casco como el que debía llevar Pontevedra.

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