Alexandre François de Laurizières Thémines era obispo de Blois, en Francia. Era un tío potente, miembro del Consejo de su Majestad Cristianísima. Además era inmensamente rico, con propiedades en Blois, Querci, Rouen y en Languedoc y una fortuna estimada en 10 millones de reales. Era todo eso y más hasta que durante la Revolución Francesa lo perdió todo y tuvo que exiliarse. Después de una época dado tumbos, acabó en Pontevedra. Lo único que le quedaba de su antigua riqueza, aparte de unos pocos dineros, era una formidable biblioteca que había conseguido sacar de Francia y que le acompañaba a todas partes.
Thémines protagonizó una sonada disputa con Quevedo, el de la imagen, a la sazón obispo a su vez de Ourense, a propósito de 15.000 reales. Curiosamente, el encontronazo no era para decidir cuál de ellos se quedaba esa cifra, sino para decidir quién no se la quedaba, que no es exactamente los mismo. Quevedo había hecho llegar los 15.000 reales a Thémines. Thémines insistía en devolver hasta el último céntimo, y Quevedo se negaba a recibirlo. Finalmente hubo un cruce de cartas y acusaciones entre uno y otro.
Sin embargo, tras ese aparente desprendimiento, se encontraba una discusión sobre la posesión de la biblioteca de Thémines.
El caso es que Quevedo, enterado de la estrechez con la que vivía el de Blois, había ofrecido comprarle los libros. En principio, Thémines se negó, pues aún iba estirando el dinero que había conseguido sacar de Francia. Pero pasados dos años, Thémines aceptó la oferta. Así que Quevedo mandó un anticipo de 10.000, diciendo al francés que no tuviese prisa en entregar la mercancía hasta que se completara el pago con los 5.000 reales restantes.
Hasta ese momento, todo iba a satisfacción de los prelados, hasta que Thémines recibió una oferta mejor por sus libros, según cuenta él mismo en carta enviada a Quevedo, fechada a 30 de octubre de 1798 y publicada por Juan Manuel Bedoya en su obra: "Retrato histórico del Emmo. Excmo. é Ilmo. Señor D. Pedro de Quevedo y Quintano":
"Don Pedro Acuña me hizo proponer por el señor Irazábal de comprar estos libros; respondí que no eran más míos; pero discurriendo que V.I los había quizás comprado más por mi conveniencia que por la suya, que le consultaría."
Consultado Quevedo, dijo que si Thémines cambiaba de opinión y ya no quería deshacerse de los libros, que se los quedara, y el dinero también. Pero Thémines no podía aceptar esa proposición, pues aparecería como el hombre "que vendió los libros dos veces". Así, ambos se enrocaron. Ninguno quería el dinero y ambos decían tampoco querer ya los libros.
Thémines acusó a Quevedo de haber pagado con dinero desviado de fondos para limosnas. Quevedo contestaba que si lo que Thémines quería eran más limosnas, las ponía a su disposición, y advertía que tuviera mucho cuidado con vender los libros a otro, ya que muchos de esos libros estaban prohibidos y sólo podían permanecer en poder de la iglesia.
Los libros fueron finalmente vendidos a la Universidad de Santiago, donde todavía permanecen, a través del librero Antonio de Sacha. El precio, 16.000 reales, apenas mil más de lo que había pagado por ellos el obispo de Ourense, según nos cuentan Concha Varela Orol y otros en su obra "Heterodoxos e malditos: lecturas prohibidas na Universidade de Santiago."
Lamentablemente, tenemos que quedarnos sin saber lo más importante de esta historia: cuál de los dos obispos se quedó finalmente con el dinero.
Rodrigo de Moscoso y Osorio, al que algunas genealogías nombran como Rodrigo Osorio de Moscoso), algo habitual en la época, fue III Conde de Altamira. Su fecha de nacimiento se fija hacia 1464.
Miembro por los cuatro costados de los mejores linajes del Reino de Galicia, fue un esforzado caballero que participó en numerosas batallas de las que invariablemente salió victorioso. Y deseando continuar con sus servicios a la Corona y a la cristiandad, animado por una beata a la que conoció en Castilla (otros dicen que en Sevilla), decidió ponerse a las órdenes del inquisidor Cardenal Cisneros y participar en la conquista de Orán, en Argelia.
Sobre la beata que convenció al conde de Altamira no existen datos que nos desvelen su nombre, pero dice Vasco de Aponte, quien escribió pocos años después de los sucesos:
"(...) fue a topar a Castilla con una beata que la tenían por santa, no sé si lo era, pero él dióle crédito a su consejo (...)"
Así, volvió Rodrigo Osorio a Galicia, compró una nao y se embarcó con sólo doce hombres hacia Orán. Al poco de salir, según unas fuentes a causa de la marejada y según otras porque se perdieron, regresaron a puerto. Pero el bravo caballero insistió y finalmente consiguió llegar a su destino, donde se dice que tuvo un papel destacado en la conquista de Orán.
Poco después, iba un día de 1509 (1510 según algunos), Rodrigo Osorio de Moscoso (o Moscoso de Osorio) caminando por el campo cuando a uno de aquellos gallegos que llevaba consigo se le disparó una ballesta, hiriendo al conde en una pierna. El criado, viendo lo que había hecho y temiendo las represalias por su descuido, echó a correr y nunca más se supo de él.
Aquella herida, bien por una infección o por la sangría, mató al conde de Altamira, cuyo cadáver fue devuelto a Galicia en una urna.
¿Cuál es la moraleja de esta historia? La verdad, no tengo ni idea. Quizás que si vas a conquistar Orán inducido por una beata, lo que ya no parece una gran idea, cuídate de tus ballesteros.
Estamos acostumbrados a ver la Historia tal como se nos presenta. No hablo sólo del manido discurso de que un hecho debe analizarse en su contexto histórico, que también.
Hablo de piedras, por ejemplo. Creemos que todo fue tal como lo vemos. Ante la fachada de una catedral no nos imaginamos que hace unos siglos esa plaza desde la que admiramos el monumento estaba llena de mierda que dejaban los caballos de los nobles que iban a misa. A los nobles les daba lo mismo llenar la plaza de mierda de caballo porque ellos no la pisaban. Iban a caballo.
Tampoco nos podemos imaginar que esa catedral tenía la fachada pintada con vivos colores. Pero en muchos casos era así. No nos lo imaginamos por la sencilla razón de que como hoy ya no está pintada creemos que así ha estado siempre. Con la piedra a la vista.
En Galicia tenemos el ejemplo de los cruceiros. Hubo un tiempo en que los cruceiros estaban policromados. Cuando alguien pasaba frente a un cruceiro sin pintar pensaba: "vaya mierda de cruceiro. A ver si viene un pintor y lo arregla". Con el paso de los años, la moda pasó. Los cruceiros perdieron su color. Dejaron de restaurarse las pinturas, y las inclemencias del tiempo y la lluvia gallega hicieron el resto. Muchos, unos centenares, todavía presentan restos de policromía y algunos cruceiros que coservaban su color fueron "limpiados" hasta no dejar ni rastro. Y hoy nos parecería un crimen recuperar esas policromías.
Una alternativa es la recreación virtual, que permite a un bajo coste y sin intervenir en la obra enseñarnos cómo sería su aspecto original. De todas formas, por mí, los pintaba todos. Quiero decir que los pintaba yo, personalmente, a mi gusto.
Quedan en Galicia unos pocos, poquísimos, cruceiros policromados. Es una pena, pero es así. Decía Castelao, que algo sabía de cruceiros: "Un cruceiro feito por un canteiro e logo pintado por un pintor de portas ten máis persoalidade que calquera obra dos meirandes escultores. Compre ser primarios ou primitivos na nova Arte, que debe nascer da Gracia e non da Beleza." Para los lectores extranjeros que no entienden el gallego, traduzco: "Mola más cualquier cruceiro que el David de Miguel Ángel. Es más hermosa una mala expresión de un sentimiento que un bello reflejo de la nada. Y el que no esté de acuerdo es gilipollas". La traducción es libre. Y estoy de acuerdo con Castelao. También es verdad que yo, de arte, ni puta idea. Esos temas me los lleva un abogado.
Para quien tenga dudas sobre la veracidad de la costumbre de policromar los cruceiros, dejo alguna bibliografía. Es que yo iba a hacer un artículo muy cuidado y muy serio sobre el asunto pero ya no tengo ganas. Me lo paso mejor escribiendo estupideces. Ahí queda:
- Instituto Padre Sarmiento de Estudios Gallegos. Cuadernos de Estudios Gallegos, volumen 45. (1998) - Mariño Ferro, Xosé Ramón. Cultura Popular. Museo do Pobo Galego. (1985)
- Museo Arqueolóxico e Histórico. A Coruña. Brigantium. (2003)
- Museo de Pontevedra. El Museo de Pontevedra. Número 44. (1990) - Sociedade Martins Sarmento. Revista de Guimarães. Volumen 38. (1928) - Y Castelao, claro.
"En medio de la ría, una isla, la Isla de Tambo, se mece entre las aguas como una ballena en descanso"
La Historia de la Isla de Tambo, misma cuya imagen vemos arriba, transcurre paralela a la Historia de Pontevedra y su comarca. Diversas fuentes dan cuenta de una primera ermita fundada por San Martín Dumiense, obispo deBraga en el S. VI, e incluso hay quien supone en ese mismo emplazamiento un anterior templo pagano. Aunque obviamente no exiete soporte alguno que justifique esa suposición, tampoco es en absoluto descartable.
La fundación del primer convento se data en el S. VII, obra que se atribuye a San Fructuoso, quien también fundó el Monasterio de Poio, entonces benedictino (hoy mercedario). Dice la leyenda que Fructuoso llegó a Tambo caminando sobre las aguas, hecho que habremos de dudar seriamente, pero que en todo caso sitúa los orígenes de una primera población estable en la isla en tiempos muy remotos.
Esa fecha no desencaja con la noticia que nos habla de la presencia en el S. VIII de Don Opas como prisionero de Don Pelayo en la Isla de Tambo. Opas, obispo de Sevilla, actuó como embajador de los sarracenos ante Don Pelayo. Según cuentan algunas crónicas, Opas fue apresado por Pelayo y con idea de alejarlo del escenario de la contienda fue trasladado a Tambo, donde pasó una temporada antes de ser rehabilitado, lo que nos deja una historia con final feliz.
El primer documento que hace referencia a la isla es una donación del año 1105 hecha por el conde Don Ramón y referida por Sarmiento. En dicho documento se menciona a la isla como Thalavo. En 1116, en otra donación, esta vez a cargo de la mismísima doña Urraca, la llaman Tanavo.
En el S.XIII, en fecha anterior a 1270, tres caballeros de Pontevedra, llamados Juan de Magallanes (a quien supone Sarmieto posible antecesor del famoso navegante portugués), Paulo Sotelo y Benito de Bouzas se establecen como ermitaños en Tambo. La referencia en este caso la toma Sarmiento de Balthasar Porreño y sus "Linajes de Galicia".
Mucho después, nos ponemos ya en 1420:
"Hay un instrumento en Santa Clara en que uno manda tanto a los religiosos de Nuestra Señora o de Santa María de Gracia en la Isla de Taambo."
Eso lo cuenta Fray Martín Sarmiento, que era un tío de fiar, quien afirma haber visto con sus ojos los citados documentos, y que era un gran estudioso que dedicó bastante tiempo a la isla. Él mismo da cuenta de otro papel, en el que en 1460 se cita a "fulano" Baldraes como "Hermitán" de Santa María de Gracia. Es de suponer que por aquella época, la isla era indistintamente mencionada como Tambo o como Santa María de Gracia. O de las dos maneras conjuntamente, como demustra otro documento, siempre citado por Sarmiento, que habla de dos frailes franciscanos establecidos allí en 1502 con permiso del Monasterio de Poio, también como ermitaños, en "Santa María de Gracia del Tambo".
En 1535 los benedictinos de Poio deciden dehacerse de la "toda la Isla del Tambo" en beneficio de Rodrigo de Portomariño, que era cura de Santo Tomé do Piñeiro. Pero por algún motivo, se dice que por la gran devoción que el pueblo tenía a la Virgen de Gracia, el Monasterio de Poio se arrepiente de su anterior decisión y en 1543 intercambia con Portomariño la isla por unas tierras en el propio Santo Tomé do Piñeiro, recuperando Poio la titularidad.
Sobre el origen del nombre de la isla, aunque hemos visto aquí una evidente evolución etimológica, el propio Sarmiento advierte que también fue llamada "Tumba", y no descarta que en época romana fuese utilizada como lugar de enterramiento, sosteniendo que era normal entre romanos y griegos utilizar islas para tal fin. Es cierto que no presenta documento ni fuente que lo acredite, lo que convierte tal afirmación en un mero supuesto, pero que en modo alguno debe ser descartado viniendo de Sarmiento, que nunca se equivoca.
Dejando en paz a Sarmiento, del que ya hemos abusado bastante, nos trasladamos a 1589, año en el que el famoso pirata Sir Francis Drake, de infausto recuerdo para nosotros, desembarcó en Tambo, arrasando e incendiando el convento y la iglesia. Las figuras que se encontraban en esta última fueron arrojadas al mar por el pirata. Una de ellas, la que representaba a la Virgen de Gracia, fue recogida por pescadores y trasladada a la ermita situada en el lugar de A Renda, donde aún hoy se venera como Virxe da Renda. Para nuestra fortuna, fue un noble de sangre gallega, Alonso de Sotomayor quien se encargó años después de vengar tamaño sacrilegio, derrotando a Drake en costas americanas, frente a Panamá, en la última batalla que libró el inglés, que se fue a la tumba como perdedor. Un caluroso abrazo a nuestro héroe Alonso de Sotomayor.
No fue la primera ni la última vez que los piratas utilizaron Tambo como escenario de sus ataques. En "Bayona antigua y moderna" obra escrita a medias por José de Santiago y Ulpiano Nogueira, publicada en 1902, se cuenta cómo el 26 de noviembre de 1610 dos barcos, el primero una carabela portuguesa cargada de azúcar y el segundo, un navío con carga de hierro, embarrancaron en Marín con idea de salvar sus cargas y naves de la voracidad de los piratas que los perseguían. Los piratas, que eran muy listos, abordaron las naves en tierra y sólo tuvieron que esperar a que subiera la marea para poner los barcos a flote y dirigirlos a Tambo, donde con total tranquilidad, durante dos días, procedieron a hacerse con la mercancía de ambas naves, valorada en 45.000 ducados.
El 4 de febrero de 1859 se pide al Consejo de Sanidad un dictamen relativo a la construcción de un lazareto en Tambo, que fue levantado poco después y que en 1867 ya se encontraba plenamente operativo, según podemos leer en el "Derrotero de las costas de España y Portugal", fimado en ese mismo año por un señor que se llamaba Pedro Riudavets y Tudury. La función del lazareto era la de poner en cuarentena a los marinos y pescadores ante sospecha de enfermedades. El lazareto fue trasladado posteriormente a la Isla de San Simón.
Parte de la Tambo pasó a manos de particulares después de la desamortización de Mendizábal. Fueron famosas las cacerías de conejos organizadas por Montero Ríos, uno de sus propietarios. A partir de 1889, Tambo fue utilizada durante unos años como penitenciaría militar.
A mediados del pasado siglo, la Isla de Tambo fue transferida a la marina, quien la utilizó como polvorín, hoy abandonado. En realidad, el mayor provecho que sacó el ejército a la isla fue el de utilizarla como playita veraniega para exclusivo uso de marinos y familiares. Un agravio que el pueblo de Poio, legítimo propietario de la isla, pudo apreciar a simple vista durante décadas.
Es necesario que el Concello de Poio recupere ya todas las competencias sobre la Isla de Tambo. La isla, a la que se le ha denegado su inclusión en el Parque Natural de las Islas Atlánticas, tiene un futuro tan grande como su pasado. La antigua capilla dedicada a San Miguel y el lazareto están en buenas condiciones para ser restaurados, y su cementerio medieval es casi único en la comarca. Y hay que tener en cuenta otra cosa: Tambo puede ser una auténtica mina arqueológica. Como mínimo, 14 siglos de nuestra Historia permanecen vírgenes de la voracidad constructora de los últimos años. Sin descartar una posible presencia romana que supone Sarmiento, hay evidencias para sostener que la isla pudo estar habitada a partir del S. VI como mínimo. Tambo puede contarnos mucho sobre la Historia de Pontevedra y su comarca. Por allí han pasado frailes, caballeros, ermitaños, piratas, apestados y presos. Y todo lo que dejaron ha permanecido libre del expolio sistemático y del urbanismo desaforado. Es muy probable que sigan allí los restos de uno de los primeros conventos construidos en Galicia, y de sus posteriores reedificaciones. Y puede representar para el Concello de Poio un atractivo turístico de primer orden. Tambo puede ser un maravilloso museo al aire libre que nos cuente nuestra Historia desde el principio de los tiempos.
No cometamos el error de Alfonso Pérez Nieva, un auténtico fulano a quien la isla le estorbaba la perspectiva. En una obrilla titulada "Por las Rías Bajas" este hombre que llegó a Ministro de ¡Bellas Artes!, escribía la siguiente sandez:
"¡Lástima que la mole de la Isla de Tambo corte la visual y destruya lo que de otra suerte resultaría una bahía magnífica!"
¡Lástima que hayamos tenido que aguantar a ministros como tú!
Sucedió durante la expedición que, al mando de Hernando de Soto, se ocupó de explorar la Florida y muchos otros de los actuales territorios de los Estados Unidos. Quien se encargó de contarla fue Inca Garcilaso de la Vega, uno de tantos cronistas de Indias, mestizo hijo de padre extremeño y madre peruana, princesa para más datos.
Formaba parte de aquella expedición:
"(...) un soldado, natural de Galicia, llamado Sanjurge (...), y por haber sido hombre notable, será razón digamos algunas cosas suyas (...)"
Pero antes de proceder a contar la historia de Sanjurge, advierte el Inca Garcilaso que la somete a la consideración y corrección de la Santa Madre Iglesia, se declara catolicísimo (que es mucho más que católico) e indigno hijo de la misericordia de Dios, como tú, querido/a lector/a. Y ya curado en salud, comienza Garcilaso con el extraordinario relato:
"Yendo Sanjurge por medio del arroyo, le tiró el indio de entre las matas un flechazo, tan recio, que le rompió unos calzones de malla, y le atravesó el muslo derecho, y pasando las tejuelas, y bastos de la silla, llegó a herir al caballo con dos dedos de flecha. El cual salió corriendo del arroyo a un llano, echando grandes coces, y corcobos, por despedir la flecha, y a su amo, si pudiera."
Así, Sanjurge quedó literalmente clavado a su caballo. Los compis de Sanjurge cogieron al animal (el caballo) y lo llevaron al cuartel, que estaba cerca, donde consiguieron levantar un poco el muslo del gallego y cortar la flecha. Una vez hecho eso, dejaron a Sanjurge allí tirado, en el llano "a beneficio de su habilidad". Ya dos veces anteriormente había sido herido, una en un pie, que tardó cuatro meses en curar y otra en una rodilla.
Cuando la herida de la rodilla, se le había quedado allí clavada la punta de una flecha. El cirujano que se la extrajo le causó tal dolor que Sanjurge prometió que se dejaría morir antes de que ese tío le intentara curar otra herida. Por su parte, el ofendido cirujano contestó que efectivamente, de darse el caso, dejaría morir al caballero gallego sin tratarlo.
El cirujano y Sanjurge tenían otro motivo de discordia, pues Sanjurge practicaba el intrusismo. Curaba heridas:
"(...) con aceite, lana sucia y palabras que llamaba de ensalmo, que en este descubrimiento había hecho muchas curas de grande admiración, que parecía tener particular Gracia de Dios para ellas (...)"
Resulta que durante una batalla anterior se habían quemado el aceite y la lana sucia, por lo que Sanjurge había tenido que interrumpir su actividad como curandero, que imaginamos no debía ser muy del agrado del cirujano.
Así, tenemos a Sanjurge abandonado a su suerte. Ni él quiso llamar al cirujano ni el cirujano acudir en auxilio del herido, lo que demuestra que ambos eran hombres de palabra. Sanjurge decidió curarse a sí mismo. Y sigue el cronista:
"(...) y en lugar de aceite tomó unto de puerco, y en lugar de lana sucia las hilachas de una manta vieja de indios, que muchos días había que entre los castellanos no había camisa ni cosa de lienzo. Y fue de tanto provecho la cura que se hizo que (...) al quinto día, caminando los nuestros, Sanjurge subió en su caballo, y para que los españoles viesen que estaba sano, corrió por un lado y otro del ejército (...)"
No contento con eso, para asombro de todos sus compañeros y rabia del cirujano, Sanjurge se armó de chulería, y mientras cabalgaba ante ellos, gritaba:
"¡Dadme la muerte, cristianos, que os he sido traidor y mal compañero, que por no haber yo querido curar, entendiendo que la virtud de mis curas estaba en el aceite y la lana sucia, he dejado morir más de ciento y cincuenta de los vuestros!"
El eufórico Sanjurge debió convencerse, a juzgar por su razonamiento, de que su talento como curandero no dependía de la terapia, que tanto daba aceite que unto de puerco. Era un don divino, aderezado con aquellas "palabras que llamaba de ensalmo", y así lo debieron aceptar los demás, hasta hacer decir a Inca Garcilaso que "parecía tener la Gracia de Dios".
No existen más referencias a este caballero gallego, o si existen yo no las he encontrado. Pero quedémonos con Sanjurge, el hidalgo curandero que quedó clavado a su caballo, que por cierto también se curó en cinco días. La crónica de Inca Garcilaso de la Vega sobre la expedición de Hernando de Soto podemos leerla en magnífica edición de 1722.
Hernando de Soto es el gallardo señor cuya imagen preside este texto, que amenizamos con música del genial humorista y cantante mexicano Eulalio González "Piporro". La canción: "El Cascarazo" ¿por qué? No lo sé.
(Dedicamos esta entrada a César Abal, quien como Gonzalo de Vigo se ha quedado en una isla del Pacífico por propia voluntad, esperando contribuir a que se le pase el susto por el terremoto que acaban de sufrir los que, náufragos o no, viven en aguas o tierras chilenas)
El 10 de agosto de 1519, al mando de Magallanes, salió de Sevilla la expedición que habría de dar la primera vuelta al mundo. A bordo iban varios gallegos, uno de ellos llamado Gonzalo de Vigo, quien demostraría con los años ser un experto superviviente. La armada sufrió todo tipo de penosas vicisitudes, narradas por Antonio Pigafetta. Tras varias tormentas y motines, cuando llegaron a la altura de Las Marianas, la situación era casi insostenible. Viendo como sus compañeros morían de escorbuto, cuando no de hambre, hasta el punto de que las ratas se habían convertido en la mercancía más cara a bordo de las embarcaciones, nuestro paisano Gonzalo de Vigo (de quien sabemos a ciencia cierta que era gallego, y suponemos por motivos obvios que natural de Vigo) y dos portugueses decidieron abandonar el barco en aquellas islas. El archipiélago fue originalmente bautizado como "Islas de los Ladrones". Según se cuenta, Magallanes y sus hombres pararon para abastecerse de víveres, que fueron entregados por unos nativos sonrientes, acostumbrados al comercio entre islas, que daban por hecho que recibirían algo a cambio de su mercancía. Los españoles, por su parte, pensaban que los indígenas simplemente eran unos tíos amables que regalaban sus alimentos. Para deshacer el malentendido de la manera más eficaz, los habitantes de las islas robaron a los españoles para cobrarse su deuda. De ahí lo de "Islas de los Ladrones".
Allí, pues, allí desertaron nuestro Gonzalo de Vigo y los dos portugueses, a finales de agosto de 1522. Nuestros hermanos portugueses fueron asesinados por la población local, quedando como único superviviente el gallego, que se convirtió en un náufrago del que no se tuvieron noticias hasta cuatro años después.
El 5 de septiembre de 1526, otra expedición, ésta al mando de García Jofre de Loayza, llegó a las islas. Ahora el cronista es un joven Andrés de Urdaneta, que con los años se convertiría, con Legazpi, en una de las glorias vascas de la exploración del Pacífico. También viajaba allí Elcano, otro vasco que ya diera la vuelta al mundo. Cuenta Urdaneta que al llegar a las Marianas:
"Aquí hallamos un gallego que se dice Gonzalo de Vigo, que quedó en estas islas con otros dos compañeros de la nao de Espinosa, é los otros dos muriendo, quedó él vivo, el cual vino luego á la nao é nos aprovechó mucho porque sabía la lengua de las islas."
Otros testigos declararían que Gonzalo de Vigo apareció en una canoa con varios indígenas y todos los de la expedición se "maravillaron mucho" al ser saludados en aquel remoto paraje "al uso y manera de los de Castilla". Gonzalo de Vigo, como experto en el arte de sobrevivir no subió a la nave de buenas a primeras. Exigió garantías de que sería perdonado por su delito de deserción, que se penaba con la muerte. Una vez obtenida la deseada absolución, nuestro vigués accedió a continuar camino con los hombres de Loayza. Sirvió como intérprete y negociador ante los líderes locales, actividad en la que también demostró gran soltura. Nada sabemos de los años en que Gonzalo de Vigo permaneció como náufrago en las Islas de los Ladrones, pero es de suponer que su supervivencia se debió a sus capacidades para adaptarse a las normas y costumbres de los isleños, algo que no debieron hacer con igual eficacia los dos portugueses sacrificados. Y no dejó mal recuerdo Gonzalo de Vigo en las islas, pues aun décadas después, cuando alguna embarcación española hacía parada allí, eran recibidos al grito de "¡Gonzalo, Gonzalo!"
En 2011 se cumplirá medio siglo de la muerte del violinista pontevedrés Manuel Quiroga Losada. Y ahí tenemos un problema que no deberíamos tener: no sabemos quién fue Manuel Quiroga Losada. ¿Cómo es posible que en apenas 50 años hayamos olvidado a quien fue una de las personas más famosas de su tiempo? Y no hablamos de una persona conocida en Pontevedra. Hablamos de uno de los personajes más conocidos en el mundo entero. Para hacernos una idea cabal, digamos que Quiroga alcanzó unos niveles de popularidad internacional comparables a los que hoy tienen Fernando Alonso o Cristiano Ronaldo. ¿Cómo es posible que hoy, en su propia ciudad, no sepamos quién fue Quiroga?
Quizás no es del todo inexplicable. Puede que, tras la muerte de Franco, las instituciones y asociaciones culturales se hayan dedicado a recuperar figuras que a su vez habían sido olvidadas durante la dictadura, y puede que ese esfuerzo de justicia se haya hecho en detrimento de otros personajes igualmente valiosos. Pero con todo y eso, no es fácil entender el olvido en que ha caído este gallego universal. Tenemos que empezar por saber quién fue Manuel Quiroga. Vamos allá:
Nació en abril de 1892, en la calle que hoy lleva su nombre. A los 11 años ofreció su primer concierto, en el Café Moderno. A los 14 recibió un violín Amati del S. XVII de Ramón de Mugártegui. Se desplazó a Madrid, donde curiosamente fue vecino de Mateo Morral, quien desde el piso de al lado trató de asesinar a los reyes de España en un atentado que Quiroga presenció desde el balcón. Tras unos años de estudios en Madrid, a los 17 llegó a París. Pasó la prueba de ingreso en el Conservatorio de aquella ciudad con el número 1 entre 141 aspirantes de todo el mundo. Con 19 años ganó el Premio Internacional de Violín, siendo el más joven que lo consiguió. Al conocerse la noticia, Pontevedra entera salió a la calle a celebrarlo. Prudencio Landín, uno de los grandes amigos de Quiroga, cuenta que el padre del violinista venía anunciando con meses de anticipación que su hijo se haría con el premio, y con razón. Sucesivamente, gana sin discusión todos los concursos a los que se presenta.
Es preciso consignar que en aquellos principios del S. XX, los grandes instrumentistas acaparaban toda la atención que hoy se reparten actores, cantantes, faranduleros y deportistas. El cine daba sus primeros pasos, el deporte no era un espectáculo de masas, el rock no existía y la frivolidad del famoseo actual estaba muy lejos de ser inventada.
Por tanto, ser el mejor violinista del mundo, y Quiroga lo era, garantizaba ser catapultado al reconocimiento y la popularidad en su máxima expresión.
Su primera vuelta a Pontevedra, por esas fechas, fue celebrada por todo lo alto. Gente llegada de toda Galicia se acercó para recibir a Quiroga, quien ya se había convertido, aun no cumplidos los veinte años, en un personaje universal, cuya fama no dejaría de crecer en las décadas siguientes. Cerraron los comercios y las calles se alfombraron de flores, y entre vítores, pólvora y banderas, el chaval fue llevado a hombros hasta su casa, donde fue obligado a salir al balcón para seguir saludando a aquella legión de admiradores.
La prensa de todo el mundo hablaba de Quiroga en términos elogiosos. Y mientras era solicitado para ofrecer recitales por toda Europa, con 20 años grababa sus primeros discos y se consolidaba como un artista que volvía locos a los críticos y al público, los poetas loaban su grandeza, los fotógrafos corrían tras él, los mecenas ofrecían sus violines más valiosos para que fueran tocados por Manuel Quiroga, los compositores le dedicaban sus partituras y los pintores rabiaban por conseguir retratar a nuestro violinista.
Quiroga contribuía a todo ello con algo más que talento. Se dejaba querer y gozaba con aquella popularidad. Estaba dotado de un carisma especial muy apreciado por los periodistas y su propia imagen de juventud, con una espectacular melena y unos posados que décadas más tarde serían propios de Hollywood, encandilaban al público.
Reyes y presidentes se disputaban la amistad de Quiroga. En Londres ofreció un concierto ante Jorge V y Alfonso XIII. Tras el recital, Alfonso se acercó a él y le dijo: “Aquí no se habla más que de ti. Ni siquiera hablamos de lo de Tánger”.
Con el estallido de la I Guerra Mundial, y una rocambolesca detención acusado de espionaje en Austria, Quiroga realiza su primera gira por Estados Unidos. Allí consigue un éxito clamoroso. Es presentado en el hipódromo para dar cabida a las miles de personas que habían conseguido una entrada y su imagen y su nombre aparecen en un montón de productos como reclamo comercial. Tras su primer concierto, tuvo que repetir el programa hasta ocho días seguidos para atender la demanda de público. Fue rebautizado como “el nuevo mago del violín”. Durante su estancia en Estados Unidos tuvo también ocasión de impresionar a los grandes violinistas del momento. El New York Times publicó unas declaraciones realizadas por el violinista y compositor austriaco Fritz Kreisler. Acababa de escuchar a Quiroga interpretar una de sus propias composiciones: “Después de esto, no me atreveré a tocar mis obras”. El ruso Mischa Elman, otro gran intérprete, se retiró durante una temporada, deprimido tras escuchar a Quiroga. Elman, que contaba un año más que el pontevedrés, recibió tal impacto por el grado de excelencia alcanzado por su competidor, que no se atrevía a coger un violín.
Tras sus giras por todas las ciudades de Europa y Estados Unidos, Quiroga es reclamado en Sudamérica, donde su fama había llegado mucho antes que él. En 1926, por fin, consigue acomodar su agenda para realizar giras que lo llevan a México, Argentina, Brasil, Uruguay...
Allí es recibido con locura. En 1915 se había casado con una antigua amiga, la misteriosa Martha Lehman, de la que poco sabemos salvo que fue una eminente pianista que le acompañó durante gran parte de su carrera. Los éxitos y las giras de Quiroga por todo el mundo continuaron hasta el 8 de julio de 1937. Ese día, tras acompañar al pianista Iturbe a la estación de tren, Quiroga fue atropellado en Times Square, en Nueva York. Fue operado varias veces. Los médicos temían que perdiera una pierna, lo que finalmente no sucedió. Tras unos meses de convalecencia, un Quiroga aparentemente recuperado retomó su actividad. Pero de regreso en París, un buen día perdió la movilidad en un brazo. Ahí acabó su carrera como intérprete, con 45 años, reconocido internacionalmente como el mejor violinista de su tiempo. Dedicó el resto de su vida a intentar recuperar su brazo, un intento vano que además le costó toda su fortuna, gastada entre médicos y hospitales. Con su mano útil se dedicó a sus otras dos grandes pasiones, la composición y la pintura. Como compositor alcanzó igualmente un gran reconocimiento por la calidad de su producción, y como pintor y caricaturista realizó una obra más que digna.
Fue reconocido como Caballero de la Legión de Honor Francesa y la Orden de Alfonso X el Sabio, entre otras distinciones. Entre sus composiciones, escribió varias piezas de música popular gallega, una forma de demostrar el amor que sentía por su tierra. Poco antes de su muerte, aquejado por una enfermedad degenerativa, regresó a su Pontevedra. Murió en 1961, dejando la mayor parte de su obra y dos violines de incalculable valor al Museo de Pontevedra. No te molestes en ir a ver el legado de Quiroga, porque simplemente no está expuesto.
Ése es el señor del que nos hemos olvidado. Es una vergüenza que sea así, pero así es. Cierto que en alguna ocasión se ha hecho algo: algunas grabaciones suyas, como la que podemos escuchar aquí fueron recuperadas con ayuda institucional y se incluyó una figura suya en un conjunto escultórico. Poco o nada más.
Hoy son los familiares de Manuel Quiroga quienes se esfuerzan en recuperar su figura. En facebook tienen una página en la que vuelcan cada día material sobre el gran violinista, y a ellos debemos las imágenes que vemos aquí. Si no fuera por ellos, ni eso.
En 1918, cuando Quiroga tenía 26 añitos, los vecinos de la ciudad de Pontevedra (tus bisabuelos) decidieron, por aclamación, que la Calle del Comercio en que nació el violinista cambiara su nombre, pasando a llamarse Calle Manuel Quiroga. Casi un siglo después, nos hemos convertido en la ciudad que recuerda quién fue el Loro de Don Perfecto, pero no tiene ni idea de quién fue el más valioso de sus hijos. Y eso se llama traición. Traición a Manuel Quiroga, traición a nuestro pasado y traición a nuestros ancestros. Imperdonable. Vergonzoso.
Rodrigo Cota González.
Manuel Quiroga en Facebook. Fotos cedidas por la familia de Manuel Quiroga
Y descubre a Manuel Quiroga.
Mientras te decides, puedes escuchar esta grabación del propio Quiroga interpretando una de sus composiciones: "Segunda Guajira". Arriba, "Autorretrato" de Manuel Quiroga.
"El Periplo de Hannón" es el relato de una expedición marítima fenicia, supuestamente realizado hacia los siglos VI ó V a.C.. Entre quienes han estudiado el texto, la mayoría sostienen que Hannón recorrió, como mucho, parte de la costa del actual Marruecos. Otros, más aventureros, lo llevan hasta el Cabo Bojador y quienes no tienen miedo a su propia osadía lo catapultan hasta las Canarias. Personalmente soy de los que piensan que el "Periplo de Hannón" no es más que un relato de ficción, probablemente inspirado en algún viaje real. Últimamente hay quien, siguiendo el ejemplo de la Duquesa Roja, afirma que Hannón en aquel viaje descubrió América, nada menos. En fin, también hay gente que come caca. Problema suyo y de su terapeuta.
No hace falta hacer una lectura crítica del relato. Basta con subrayar aquellas partes del texto en las que queda claro que, viaje real o ficticio, no fue un viaje a América. Aprovechando que no es muy largo, reproducimos íntegro "El Periplo de Hannón". Esto es:
1. He aquí el periplo de Hannón, rey de los cartagineses, relativo a las zonas de Libia situadas al Oeste de las Columnas de Heracles, que consagró, asimismo, en el santuario de Cronos y cuyos datos son los siguientes: Los cartagineses decidieron que Hannón navegara allende las Columnas de Heracles y que fundase ciudades de Libiofenicios. Y zarpó con sesenta pentecontoros y con un contingente de hombres y de mujeres que alcanzaba las treinta mil personas, así como con provisiones y demás pertrechos.
2. Y cuando, tras hacernos a la mar, hubimos rebasado las Columnas y navegado, con rumbo Oeste, una singladura de dos jornadas, fundamos la primera ciudad, a la que denominamos Timiaterio (a sus pies, por cierto, se extendía una vasta llanura).
3. Y, acto seguido, nos hicimos a la mar rumbo a Poniente y llegamos todos a Solunte, un cabo de Libia cubierto de árboles.
4. Tras haber erigido allí un santuario en honor de Posidón, volvimos a embarcarnos con rumbo Este por espacio de media jornada, hasta que arribamos a un lago, situado no lejos del mar y lleno de abundantes y grandes juncos (en él, por cierto, también había elefantes y otros muchísimos animales salvajes que se hallaban pastando).
5. Tras dejar atrás, navegando casi una jornada, el lago, fundamos en la costa unas ciudades llamadas Fuerte Cario, Gite, Acra, Mélita y Arambis.
6. Y, desde allí, nos hicimos nuevamente a la mar y llegamos a un gran río, el Lixo, que procede de Libia. En sus inmediaciones apacienta sus rebaños un pueblo nómada, los lixitas, con quienes permanecimos cierto tiempo y entablamos amistad.
7. Y por cierto que en el hinterland de esos nómadas, residían unos etíopes poco hospitalarios que ocupaban un territorio plagado de fieras y surcado por grandes montañas de las que, según dicen, procede el Lixo y en cuyos aledaños habitan unas gentes de singular aspecto, los trogloditas, que, a la carrera, aventajan a los caballos, según testimonio de los lixitas.
8. Acto seguido nos procuramos unos intérpretes entre estos últimos y, en dirección Sur, costeamos el desierto por espacio de dos días, para, posteriormente, continuar rumbo a Levante por espacio de una jornada, durante la que, en el fondo de una bahía, encontramos una pequeña isla (de cinco estadios de perímetro) que colonizamos, denominándola Cerne. Y, a juzgar por nuestro periplo, dedujimos que se hallaba a la altura de Cartago, ya que la duración de la travesía desde Cartago a las Columnas y de éstas a Cerne era similar.
9. Desde allí, y navegando por un gran río (el Cretes), llegamos a un lago, que contenía tres islas mayores que Cerne. Partiendo de ellas, empleamos una jornada de navegación para llegar al fondo del lago, que se hallaba dominado por enormes montañas llenas de salvajes, ataviados con pieles de animales, que nos arrojaron piedras y nos obligaron a alejarnos, impidiéndonos desembarcar.
10. Zarpamos de allí y arribamos a otro río, grande y ancho, repleto de cocodrilos e hipopótamos. Ante esta circunstancia, pues, volvimos a virar de bordo y regresamos a Cerne.
11. Y, desde allí, navegamos con rumbo Sur, por espacio de doce días, costeando el litoral, que se hallaba, en su totalidad, habitado por etíopes, quienes, ante nuestra presencia, huían sin esperarnos (por cierto que su idioma resultaba ininteligible hasta para los lixitas que viajaban con nosotros).
12. Pues bien, durante el último día, fondeamos en las inmediaciones de unas grandes y frondosas montañas (por cierto que la madera de los árboles era fragante y de diversos colores).
13. Tras haber circunnavegado dichas montañas por espacio de dos jornadas, llegamos a un inmenso espacio de mar abierto, a uno de cuyos lados -en la parte de la costa- había una llanura en la que, por la noche, vimos alzarse por doquier fuegos a intervalos, de mayor o menor intensidad.
14. Y, después de aprovisionarnos de agua, zarpamos de allí, prosiguiendo nuestra singladura, por espacio de cinco días, a lo largo de la costa, hasta que llegamos a una gran bahía que los intérpretes manifestaron que se llamaba «Cuerno del Oeste». En dicha bahía había una gran isla y en ella un lago formado por el mar; a su vez, en el lago había otra isla en la que desembarcamos, sin que de día viéramos otra cosa que no fuera selva, pero, por la noche, advertimos que se encendían numerosas hogueras y escuchamos sonido de flautas, así como ruido de címbalos y timbales, y un incesante griterío, por lo que el terror se apoderó de nosotros y los adivinos recomendaron que abandonásemos la isla.
15. Zarpamos, pues, con celeridad y pasamos junto a una costa ardiente, llena de emanaciones y de la que enormes torrentes de lava desembocaban en el mar; de ahí que, a causa del calor, la tierra resultara inabordable.
16. En consecuencia también zarpamos con celeridad de allí presas del pánico. Durante cuatro días de travesía divisamos, por la noche, la costa llena de llamas, en medio de las cuales había una especie de altísima hoguera, mayor que las otras, que daba la impresión de que tocaba las estrellas. De día, sin embargo, pudo verse que se trataba de una enorme montaña llamada «Soporte de los dioses».
17. Tras dos días de navegación desde dicha zona, costeando torrentes de lava, arribamos a una bahía que recibe el nombre de «Cuerno del Sur».
18. En su interior, por cierto, había una isla semejante a la primera: tenía un lago y en él había otra isla, llena de salvajes. Las hembras, que tenían el cuerpo peludo y a las que los intérpretes denominaban «gorilas», eran mucho más numerosas. Pues bien, pese a perseguirlos, no conseguimos apresar machos: todos huían, aprovechando su facilidad para la escalada, y se defendían con lo que tenían a mano; en cambio, nos apoderamos de tres hembras, que se dedicaron a morder y a arañar a sus captores, ya que se resistían a seguirlos; así que las matamos y las desollamos, transportando sus pieles a Cartago. Lo cierto es que ya no proseguimos nuestro periplo, dado que nos faltaron las provisiones.
FIN
Eso es el Periplo de Hannón. Un viaje de exploración que se realiza como se realizaban en aquellos tiempos. Sin perder de vista la costa, lo que imposibilita atravesar el Atlántico. El mayor período de navegación es de "doce días, costeando el litoral". Todas las islas descritas se divisan desde la costa, y la palabra "costa" es la más repetida a lo largo de todo el relato. Y el único espacio de mar abierto al que se refiere lo ven, una vez más, desde la costa.
Elefantes, caballos, cocodrilos, hipopótamos... eso no es América.
Y pastores. Y mujeres cubiertas de pelo. Por cierto, la palabra "Gorila" es lo único útil que ha dejado el "Periplo de Hannón" a la humanidad. Y a Hannón, en buena medida, debemos hacer culpable de esta canción de Melody. El baile del gorila.
Entre finales del S. XVI y principios del XVII, la Isla de Ons apenas estaba habitada por un puñado de vecinos. Pertenecía a los descendientes del matrimonio formado por Lope de Montenegro Sarmiento, nieto de Tristán de Montenegro, y Ana de Sotomayor, nieta de Pedro Madruga. Estos descendientes dueños de la isla de Ons también tenían entre sus ancestros a los Mariño de Lobeira, a los Moscoso y a los Enríquez de Monroy, entre otros. Llevaban la sangre de los mejores linajes que diera la Pontevedra del S. XV. La isla acabó en poder de un tal Payo Sorred de Montenegro y Sotomayor, un don nadie a pesar de sus apellidos. No figura en la mayoría de las genealogías y si sabemos de él es porque existen un puñado de documentos, únicamente en el Archivo de los Marqueses de Mos, que nos hablan de su celo por demostrar su señorío sobre la Isla de Ons.
La isla no generaba ingreso alguno. No tenía casa señorial, ni cultivos, ni puerto comercial o pesquero con actividad que permitiera cobrar impuestos. Aun así, Payo Sorred se empeñaba en demostrar que la isla era suya, y en cuanto alguien ponía un pie en ella y Payo se enteraba, corría a denunciar al intruso, fuera quien fuese. Los intrusos solían utilizar Ons para llevar a pastar a su ganado, actividad que molestaba a Payo.
Los bisabuelos de Payo se jugaban la vida todos los días tomando fortalezas y moviendo sus tropas por toda Galicia, y se mataban literalmente entre ellos. Jugaban a poner y quitar reyes en Castilla. Pero a Payo aquella frenética actividad guerrera ya le quedaba muy lejos. Sus enemigos eran por lo general pastores que llegaban a su isla con un par de ovejas.
Su ira ante la invasión no perdonaba ni a los ermitaños. Ya en octubre de 1585 había sido denunciado un ermitaño de Cangas por cazar conejos en Ons. El juez de Cangas fue requerido para poner preso al cazador furtivo.
No mucho después, el 26 de abril de 1605, el juez de Portonovo fue llamado:
"(...) para que notifique a Antonio Díaz, ermitaño en la ermita de San Fins (Pontevedra), la denuncia contra él interpuesta por pastar ilegalmente ganado vacuno y equino en dicha isla."
Así que Payo perdía su tiempo en denunciar a los ermitaños, pobres por definición y vocación, dedicados a la meditación, a la oración, a la vida contemplativa y esas cosas de ermitaños. La briosa sangre que llevaba Payo en sus venas se había diluido con el paso de las generaciones. Sus antepasados hubieran tomado una de las siguientes opciones: desollar vivo al ermitaño o dejarle seguir su camino con los conejos cazados o el ganado alimentado. Pero Payo era demasiado débil para tomar ninguna de las dos decisiones. Payo corría a chivarse a los jueces.
Los documentos referidos a Payo, en la sección Mos-Valladares del Archivo Histórico Nacional.
Arriba, San Pablo, el primer ermitaño. Al mezquino Payo de Montenegro y Sotomayor dedicamos "Don Samuel Jazmín" de Cánovas, Rodrigo (otro que no soy yo), Adolfo y Guzmán.
El 2 de junio de 1858, el médico José María Ponto fue requerido por el alcalde de Meira, parroquia del municipio de Moaña (Galicia) para firmar un certificado de defunción. La difunta era Dominga Santomé, casada con Francisco Villaverde. Dominga había fallecido durante un parto.
El Dr. Ponto "(...) se negaba á dar el correspondiente certificado de la defunción de Dominga Santomé, porque si bien esta había fallecido de resultas del parto, podria, sin embargo, haber influido en su muerte el mal régimen y malas operaciones del facultativo que la asistia (...) "
El alcalde, entonces, solicita al juzgado una autopsia, para la que reclama médicos, pues no había otro que el propio Dr. Ponto. Pero mientras estas diligencias seguían su curso, el ayudante de Marina de Cangas apareció por el lugar oponiéndose a que se practicase autopsia alguna y, por encima, obligó a los guardias que custodiaban el lugar a retirarse de allí prometiendo que de no hacerlo "las consecuencias serían funestas".
En realidad se trataba de un conflicto de competencias muy habitual en la época. La Marina tenía su propio juzgado y reclamaba su derecho a hacerse cargo del asunto. Por aquellos tiempos todos, alcaldes, gobernadores, jueces y casi cualquiera que pasara por el lugar de un suceso se sentía con autoridad para juzgar lo que fuera. Ello daba lugar a lentos y engorrosos procesos que acababan en una instancia superior, normalmente en el Tribunal Supremo, con sede en Madrid, quien debía dirimir cuál de los postulantes era el competente para hacerse cargo del caso. Aquí, en una esquina, el Juez de Marina de Cangas, y en la otra esquina el Juez de Primera Instancia de Pontevedra. En el caso que nos ocupa, el juez de Marina trataba de hacerse con el caso porque el marido de Dominga, Francisco Villaverde, era marino. La pelea por el cadáver duró largas semanas. Ya que se trataba de investigar si la pobre Dominga había muerto por culpa del médico que la tratara antes de su muerte y por tanto, si había o no causa criminal, la autopsia era obligada y urgente, pero el celo de los jueces impidió que llegara a realizarse.
El 5 de agosto, más de dos meses después de la muerte de Dominga, el Tribunal Supremo falla en favor del juez de Pontevedra, toda vez que ni la víctima ni ninguno de los médicos que la atendieran, posibles encausados, pertenecían a la Marina. Que el viudo de Dominga fuera marino no capacitaba al Juzgado de la Marina a intervenir. Estas sentencias siempre llegaban con gran retraso, cuando la autopsia era ya impracticable. Los cadáveres no podían conservarse durante meses en espera de una autopsia, ni el Supremo se encargaba de que, mientras se decidía sobre el caso, metieran el cuerpo en un tanque de formol o en una cámara, que no las había. Así, cuando el Tribunal Supremo tomaba una decisión lo normal es que el cadáver estuviera ya enterrado. Por encima, el fallo del Supremo no tenía efecto en el momento de ser dictada la resolución, sino que había que esperar todavía a que la sentencia fuera publicada en la "Gaceta" de la Corte, lo que llevaba unos días más.
En nuestro caso, como en tantos otros, una posible causa criminal quedaba reducida a lo que se llamaba "Contienda de Competencia". El Supremo sostiene que, en el caso de Dominga Santomé:
"Considerando que mientras este caso no llegase, y se limitasen, como se limitaban, las diligencias de los Jueces ordinarios, á poner en claro si existia ó no delito que perseguir y castigar, no debió la autoridad judicial de Marina interrumpirles en el ejercicio legal de sus funciones, con grave daño de la pronta administracion de justicia."
La sentencia, en "Jurisprudencia Civil (Segunda Época)", publicada por los directores de la "Revista General de Legislación y Jurisprudencia" en 1859.
Nos quedamos, como en muchos otros casos, sin saber lo más importante, que es si el bebé llegó a nacer y si Dominga Santomé murió a causa de los malos cuidados médicos.
Kiko Veneno nos canta "Memphis Blues Again". Oh, mama, esto puede ser el fin, esto puede ser el fin...
Francisca Rubiales era soltera, natural de Segovia, huérfana o abandonada, pues se había criado como una niña expósita. Era pareja de Antonio Freire, viudo sin trabajo estable, de oficio "albañil o lo que sale", nacido en la parroquia de Santa María de Reboreda, en Redondela, Reino de Galicia.
Vivían en el barrio de San Andrés, en Valladolid. Para ocultar su condición de amantes se hacían pasar por padre e hija, lo que a los ojos del vecindario justificaba que compartieran vivienda. El amancebamiento era delito y de esa manera vivían tranquilos alejando cualquier atisbo de sospecha sobre su auténtica relación. Es de suponer que paseaban por el barrio disimulando, tratándose como lo que parecían, padre e hija, y dejando los gestos cursis propios de los recién enamorados para la intimidad de su hogar. Públicamente ella se dirigiría a él como "papi", y él fingiría un afecto paternal muy diferente al que realmente sentía. Los vecinos, que no tenían motivo alguno para sospechar, veían lo que tenían que ver: a un hombre de cierta edad recién instalado en el barrio con su joven hija. Esa diferencia de edad justificaba el engaño, y todos contentos.
Todo fue bien hasta que un buen día la chica quedó embarazada. Pronto se supo y la feliz pareja fue detenida, acusados por un tipo llamado Roque Martín, alcalde de San Andrés. Puestos en situación de encarcelados, su ficción era mucho más grave que la realidad con Francisca embarazada, y optaron por confesarlo todo. Comprobadas sus declaraciones, ya que siendo ella una niña abandonada no podía ser hija de Antonio Freire, fueron acusados de "mantener relaciones ilícitas haciéndose pasar por padre e hija, a consecuencia de las cuales Francisca estaba embarazada". El expediente se inicia el 10 de diciembre de 1776 dando lugar a un proceso criminal contra los amantes.
Fernando Arjona, que era Alcalde del Crimen de la Real Audiencia y Chancillería de Valladolid se hizo cargo del caso. Francisca y Antonio permanecieron detenidos hasta una fecha indeterminada de 1777. Fernando Arjona no debía ser mala persona y es de suponer que su acusación no fue muy enérgica, pues la sentencia impuso como todo castigo que los amantes regularizaran su situación contrayendo matrimonio, algo no muy habitual en la época.
Todo se resolvió favorablemente cuando Francisca y Antonio acataron la sentencia. La boda se celebró en Santa María de Reboreda, el pueblo del novio, lo que nos deja una historia con final feliz. Así queda reflejado en nota anexa al documento, en la que podemos leer:
"Los acusados contraen matrimonio. Santa María de Reboreda, parroquia aneja de Redondela (Pontevedra)".
De esa manera evitaron también que el niño o niña fruto de su relación fuera condenado a una vida como hijo de madre soltera, algo que no presagiaba un buen porvenir en aquellos tiempos.
La documentación referida al caso la podemos encontrar en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, Salas de lo Criminal, Caja 358,5
Durante los años 1581, 1582 y 1583, Felipe II escribió varias cartas dirigidas a "nuestro regente de la nuestra audiencia del nuestro reino de Galicia". Tras título tan pomposo se escondía un señor llamado simplemente Antolínez. La primera carta, escrita el 19 de marzo, ya muestra el interés del Rey por suministrar vino a sus tropas:
" (...) por quedar las galeras de España que están en el rio della con mucha necesidad de vino, por hacer mucho que no lo bebe la gente dellas (...) conviene que sean proveidas dello con gran brevedad (...)"
El 22 de abril, pide más vino Felipe a Antolínez:
"(...) nos avisais que habían partido (...) hasta trescientas y veinte pipas de vino que estaban cargadas en Pontevedra lo harían en el primer tiempo para Lisboa (...)"
El 6 de mayo no pide vino, pero encarga "cinco o seis mil pipas"... para vino. El 20 de mayo vuelve a escribir el rey insistiendo en que envíe las pipas o bien madera "labrada o sin labrar" para "seis mil pipas o la mayor cantidad". El 28 de mayo insiste una vez más.
Antolínez debió escribir entretanto a Felipe diciéndole que el vino y las pipas costaban dinero, y no lo había, pues a 12 de junio vuelve a escribir el rey diciéndole que si no tiene dinero lo saque "de lo que menos falta hiciere para otras cosas".
Cinco días después, el 17 de junio, vuelve Felipe a la carga: "(...) si no hobieren partido los que traen el vino, hareis que lo hagan con el primer tiempo, sin perderle, derecho a la dicha Lisboa."
Por esas fechas, Antolínez envía vino, y Felipe se lo agradece el 29 de Julio:
"Las trescientas treinta y cuatro pipas de vino que teníades para enviar aquí, han llegado ya, y la diligencia que en todo poneis, os agradecemos mucho, y así os encargamos la continueis."
Tras unos meses de sobriedad, en diciembre vuelve el rey al asunto y pide "alguna provisión de vino para la dicha armada y gente que ha de servir en ella".
A 21 de enero, y estamos ya en 1582, pide más cantidad "de vino y pipas para agua y vino". Durante ese año no pide mucho vino Felipe, pero en noviembre Antolínez recibe la orden de enviar a comisarios y alguaciles por todos los rincones de Galicia para "embargar, proveer y tomar cantidad de vino", y pocos días después, insiste el rey:
"Aunque soy cierto de la diligencia que poneis en lo del vino (...) os he querido tornar á encargar y mandar con mucha instancia que pongais en todo ello lo que veis convenir (...)"
Y tres días después:
"(...) está bien que hobiésedes despachado comisarios á embargar vino para las mil y quinientas botas que se os encargó (...)"
12 de diciembre, insiste Felipe:
"(...) me avisais del vino que habeis hecho tomar y de todo el que teneis embargado (...)"
Pasan los años, y llegamos a 1583:
"(...) os he respondido y ordenado lo que se ha de hacer en lo del vino (...)"
En febrero insiste el rey. Quiere pipas. Tras una extensa carta en la que recuerda el celo que ha de ponerse en el asunto, acaba diciendo:
"En lo del navío francés corsario, que arribó a Puerto-Marín cerca de Pontevedra y echaron los del un portugués atado á la mar, (...) se verá lo que el dicho Lara de Buyea me escribió sobre ello."
Que es una manera como otra cualquiera de decir: "tú manda vino y lo del portugués atado y arrojado al mar ya se verá".
No acaban aquí las cartas de Felipe II al bueno de Antolínez pidiendo vino, pero con esto llegamos a lo que queríamos demostrar: que Felipe II construyó su imperio emborrachando a sus tropas con vino gallego embarcado en Pontevedra.
Y haremos una anotación. Si bien nos hemos centrado en el vino, en ocasiones, pocas, el rey también pide tocino, carne salada y, sobre todo, bizcocho, suponemos que para mojar en el vino.
La correspondencia de Felipe II a Antolínez, fue publicada en 1867 por la Real Academia de la Historia, y las podemos leer en la "Colección de documentos inéditos para la historia de España", volumen 50.
Casi por casualidad encontré un periódico de 1842, llamado "Fray Gerundio, Boletín de Noticias". Un tomo en el que se reúnen todos los números que van del 5 de enero al 30 de junio de aquel año. Contiene un total de 9 noticias referidas a Pontevedra, la mayoría de poca relevancia: movimientos de tropas, pagos de impuestos y cosas de esas. Pero entre ellas hay unas pocas destacables.
El día 11 de marzo de 1842, por ejemplo, se publican dos noticias que puede que guarden relación entre sí. Así comienza la primera:
"Nuestro corresponsal de Pontevedra nos dice con fecha 5 del corriente lo que sigue: Hace ocho días que seis ladrones robaron una casa de un labrador honrado, distante de esta capital media legua (...)"
Ya podemos extraer una primera conclusión: el corresponsal cree, o sabe, que hay labradores que no son honrados, pues de otra manera la distinción sería innecesaria.
"(...) no contentos con dicho robo, dieron muerte al dueño de la citada casa y de puñaladas a la hija única que se hallaba en ella (...)"
Además de ladrones, asesinos. El labrador honrado perdió el producto robado y la vida. El corresponsal de "Fray Gerundio" aun así, pone el asesinato en segundo término, y en tercero el apuñalamiento de la hija única. Y continúa:
"(...) y por último prendieron fuego a toda la casa, en donde ardieron todo el ganado vacuno y lanar que se hallaba en ella."
Ladrones, asesinos y pirómanos. Y así sabemos de paso que el ganado arde, sea vacuno, sea lanar. No era muy segura nuestra Pontevedra en 1842. La noticia inmediatamente posterior, publicada el mismo día es la que sigue:
"Hace tres días apareció a un cuarto de legua de esta capital una partida de ladrones en número de doce armados. Salieron en su persecución los nacionales de esta capital fugindose aquellos a los montes y no han podido ser hallados."
Si bien, como decíamos, las noticias pueden no tener nada que ver una con otra, no podemos descartar que el primer grupo de seis ladrones que robó al labrador honrado, luego lo asesinó, apuñaló a su hija prendiendo después fuego a la casa y al ganado, perteneciera al mismo grupo de doce que luego huyó a los montes. De otra manera, tendríamos a dos grupos de ladrones operando en las mismas fechas en nuestra ciudad, sumando entre ambos un total de dieciocho bandoleros.
Otra noticia debemos reflejar, aunque por suerte no tiene el carácter peligroso de las anteriores. Un par de meses después, concretamente el 26 de mayo, siempre del año 1842, el jefe político interino de Pontevedra, señor Juan Falomir:
" (...) vestido de uniforme de comandante de la milicia nacional ha presidido la procesión del Corpus cubierto con un paraguas."
También podía haberse dedicado a perseguir a los ladrones, podríamos pensar, pero tan demagógico argumento no quitará peso a la parte sustancial de la noticia, y es que nuestro jefe político interino presidió la procesión cubierto con un paraguas. Una cosa podemos asegurar: el 26 de mayo de 1842, doce ladrones se mojaron en los montes que rodeaban Pontevedra, pues aquel día llovió.
El texto al que nos dedicamos hoy, publicado en 1731, es uno de los más extraños de cuantos podamos leer. Yo, de hecho, pensé en un primer momento que se trataba de una obrilla humorística y hasta que procedí a su lectura no supe que el autor, Luis Antonio de Mergelina y Muñoz, lo escribió muy en serio, lo que resulta todavía más humorístico. Este Mergelina, por lo que pude averiguar, fue abad en Sant Feliu de Girona, aunque quizás algún/a amigo/a catalán/a nos pueda proporcionar más o mejores noticias.
Es inevitable entrar en antecedentes. Tobías es un personaje bíblico. Un ciego que iba siempre acompañado de su hermana y de su perro. La hermana era Anna y del perro no se da nombre. En resumidas cuentas, un ángel se presentó ante Tobías para curarlo. Anna avisó a Tobías de la presencia del ente sobrenatural y Tobías ni caso. El perro, ante el desinterés de Tobías, comenzó a mover el rabo, golpeando a su amo con él y así fue como Tobías al fin se enteró. Se acercó al ángel, quien le ordenó hacer unas liturgias con la hiel de un pescado para asustar al demonio y Tobías recuperó la vista. Algo así. Si quieres conocer los detalles, te lees el Libro de Tobías, que cuenta la historia del ciego.
El caso es que nuestro abad de Sant Feliu opinaba que el perro de Tobías era marginado por religiosos, teólogos y creyentes. Y decidió sin más convertirse en su abogado. Escribió este "Memorial en que el perro de Tobías representa sus derechos y los de su pobre cola a los Sabios, expresando sus quejas, con los que han desestimado las expresiones que de él hace la Sagrada Historia, descubriendo sus misteriosas significaciones en el sentido Alegórico y Moral". Lo más curioso es que está redactado como si lo escribiese el propio perro. Empieza así:
"El Perro de Tobías (sentido de que los Sabios no hagan el aprecio que se merece la memoria que hace de él, y de su cola, la Sagrada Historia), con el debido rendimiento a Vuestra Sabiduría hace saber, que así por haber sido compañero de un Ángel como por tener un Amo Santo, merece más atención su cola (...)"
Sigue una lista de agravios, que incluyen comparaciones con otros animales bíblicos que, a juicio de Luis Antonio de Mergelina, reciben inmerecidamente más atenciones que el perro de Tobías, e insiste en la importancia de su cola, con frases como ésta:
"Júntase a esta clara Justicia del Suplicante, que el examen prolijo que pretende del misterioso movimiento de su cola será trabajo sin comparación (...)"
A modo de conclusión, el perro de Tobías:
"Suplica rendidamente a Vuestra Sabiduría le desagravie con su vigilante aplicación y celo, pues no hay trabajo que no merezca la verdad, y la nobleza del autor de esta Historia, concediendo al mismo tiempo benigna aprobación a estas noticias."
Y acaba así:
"Y por no saber escribir el suplicante firmó por él con la sumisión que debe un humilde Católico, Don Luis Antonio de Mergelina y Muñoz".
Sumémonos a la petición de justicia para el perro de Tobías y para su pobre cola, aunque sólo sea por el trabajo que se tomó el extravagante abad Mergelina.
No va a ser este uno de esos conciudadanos de los que nos podamos sentir orgullosos. El elemento del que toca hablar hoy se llamaba José Budiño y Fervenza. Poco sabemos de él, salvo lo que nos cuenta el "Boletín Oficial de la Capitanía General de la isla de Cuba". En 1863 el tipo fue liberado tras cumplir dos años de condena. Su delito, "asalto y robo de una onza de oro y cuatro reales al negro Ricardo". Ricardo era un esclavo, propiedad del hacendado Hilario González. El sueldo de un esclavo negro (los chinos cobraban menos), era de unas seis onzas de oro, como la que vemos arriba o parecida.
También es cierto que José Budiño, todo hay que decirlo, que robó a Ricardo una onza y cuatro reales, le habrá causado menos perjuicios que Hilario González, propietario de Ricardo, que le robaba todos los días, pero no por eso vamos a perdonar a Budiño, pontevedrés que marchó a hacer las Américas y acabó asaltando a un esclavo. Hubiera sido más inteligente, más rentable para el asaltador y más justo para las tres partes que Budiño en lugar de asaltar a Ricardo hubiera elegido a Hilario como víctima, pero en fin, eso ya no tiene solución a estas alturas.
Tras salir de su cautiverio, Budiño decidió trasladarse a Macagua, y así lo hizo saber a las autoridades, como era preceptivo en la época y lugar. Pero Budiño nunca apareció por Macagua, por lo que la policía facilitó su descripción para ser vigilado en caso de que diera señales de vida. Así era nuestro asaltador de esclavos, tal como lo describió la policía:
"Es hijo de Benito y de Manuela, natural de Pontevedra, vecino de Regla, labrador, soltero, de 32 años de edad, estatura 5 pies, 2 pulgadas, color trigueño, cara cuadrada, boca grande, nariz afilada, ojos pardos, pelo castaño, cejas ídem, barba cerrada, una mancha de color achocolatada sobre el vientre."
Si alguien lo identifica, que haga el favor de dar cuenta a la Capitanía de la isla de Cuba. No olvides, en caso de encontrar a alguien que responda a la descripción anterior, verificar que tenga una mancha achocolatada sobre el vientre. Puedo asegurar, por mi experiencia en los últimos días, que la gente se muestra reacia a enseñar su vientre cuando es requerida para ello. De seis personas con las que lo intenté cinco se negaron en redondo y la última malinterpretó mis intenciones, desnudándose de cuerpo entero. Fue una situación tremendamente incómoda y desconcertante, lo juro, con toda aquella gente mirando.
La Historia suele verse como un conjunto de datos. Fechas y cifras. Tal día se celebró una batalla que ganó uno de los bandos. Murieron tantas personas y se gastaron equis barriles de pólvora. Eso nos lleva a considerar a las personas como parte de una cantidad y nos permite abstraernos de una realidad por lo general dramática que afectó a individuos concretos, con nombre y apellidos y una vida por delante y otra detrás. Algunos documentos, como los que tenemos aquí nos ponen de bruces frente a una de esas personas.
Había algo mucho peor, a mediados del S. XIX, que ser un esclavo: ser un esclavo chino. Su caso es mucho menos conocido que el de los esclavos procedentes de África. Tanto que hay quien sostiene que los africanos eran mano de obra esclava, mientras que los chinos eran trabajadores contratados. Y así era formalmente. Los chinos firmaban un contrato como el que vemos arriba, con sus dos versiones, en chino y castellano. Un documento excepcional por cuanto no es fácil verlos de estas características.
La alta demanda de esclavos disparó el precio, lo que hizo que los traficantes, siempre atentos al surgir de nuevos mercados, volvieran su mirada a China. Allí comenzó una masiva compra de esclavos destinados principalmente a EEUU (los famosos "coolies" que construyeron las vías de tren) y Cuba. A diferencia de las compras de esclavos africanos en las que se formalizaba un contrato de compra-venta, en el caso de los esclavos chinos lo que se hacía era un supuesto contrato laboral. En este caso, el contratado es Chiong-Mui, embarcado en el "Charlotte". Chiong-Mui tenía treinta años. El "contrato" que firma contiene una serie de cláuslas que nos dan idea de lo desesperado que tenía que estar el pobre hombre para ponerse a las órdenes del malnacido Domingo de Aldama, que era el agente que lo contrató. El tal Domingo de Aldama era un poderoso terrateniente vasco, propietario del opulento Palacio de Aldama en La Habana. Veamos a qué se comprometía Chiong-Mui:
El contrato tenía una duración de ocho años, durante los cuales podría ser transferido a cualquier patrón sin conocimiento del contratado. Las jornadas serían de 12 horas, seis días a la semana, aunque el trabajador debía ocupar más horas diarias así como su jornada de descanso en labores de servicio doméstico si era requerido para ello. Chiong-Mui tenía derecho a ropa, comida, atención médica y un sueldo de cuatro pesos al mes, una miseria. Durante los primeros meses se le descontaría un peso al mes para pagar los gastos del viaje, que corrían por cuenta del trabajador. Chiong-Mui también firma que:
"Bajo ningún concepto podré, durante los ocho años de mi compromiso, negar mis servicios á la persona á quien se traspase este Contrato, ni evadirme de su poder, ni siquiera intentarlo por causa alguna (...)"
Al finalizar los ocho años, el pobre Chiong-Mui tenía sesenta días para encontrar otro trabajo en la isla, o de lo contrario, volver por su cuenta a China. Pero lo más sangrante es lo que viene a continuación:
"DECLARO también que me conformo con el salario estipulado, aunque sé y me consta ser mucho mayor el que ganan otros jornaleros libres y los esclavos en la Ysla de Cuba (...)"
El contrato está fechado en Macao, a 28 de noviembre de 1864.
Descendientes de aquellos esclavos chinos, puede que incluso de nuestro Chiong-Mui, que admitía ser peor tratado que otros esclavos, viven hoy todavía en el pintoresco Barrio Chino de La Habana. ¿Alguien conoce o recuerda que alguno de ellos haya pertenecido a la clase dirigente de Cuba? Pues eso, que es de temer que durante el último siglo y medio hayan sido tratados como lo eran en 1864.
Hemos de hacer una advertencia: la copia en chino del contrato puede que no haya sido colocada en su posición correcta. Hay un 50% de posibilidades de que esté boca abajo. Yo la pongo así porque hay algunos signos que parecen casitas y las he puesto con el techo hacia arriba. Me temo que no sea ese el criterio que se haya de seguir. Si está al revés, puedes voltear la pantalla.
Durante el XVIII, llamado "el siglo de las luces", ciertas costumbres vigentes en Europa hasta entonces comenzaron a relajarse. A España y sus territorios de ultramar ese ramalazo liberal fue llegando con retraso y mengua, pero fue llegando. Y frente a la Ilustración, los poderes trataban de responder con más Inquisición. En ciertos territorios el celo de los inquisidores llegaba a extremos que sobrepasaban el límite de lo absurdo.
En México, por aquel entonces virreinato de la corona española, una de sus víctimas fue el llamado Poeta Laxe. A nadie le sonará el Poeta Laxe porque su obra ha permanecido inédita hasta hace apenas unos años, en que Georges Baudot y María Águeda Méndez rescataron los poemas de Laxe y los publicaron en su obra "Amores Prohibidos", una recopilación de textos censurados por la Inquisición. El caso de nuestro Poeta Laxe es especialmente sangrante, pues el pobre no había publicado una sola línea el día en que fue encarcelado.
El Poeta Laxe era de profesión peluquero. Los inquisidores, a saber cómo, se enteraron de que el pobre chaval, que aún no había cumplido los 28 años a la fecha de su detención, escribía versos en sus ratos libres. Al parecer, utilizaba sus poemas para intentar seducir a algunas mujeres. A eso la Inquisición le llamaba "proposiciones heréticas". Tras su detención registraron su casa y allí encontraron un cuaderno en el que Laxe escribía sus versos.
Su nombre real era Francisco Mendoza, según la acusación:
"natural de San Pedro de Bordoneo (sic, por Bordones o Bordóns), distante dos leguas de Pontevedra, en el Reino de Galicia, de edad de veintiocho años algo menos, de oficio peluquero, de estado soltero y que vino preso al Santo Oficio el día 19 de mayo."
El Poeta Laxe permanecía en las mazmorras de sus captores el 17 de junio de 1784, fecha en que se redacta la acusación. Hasta ahí llegan las noticias sobre nuestro desgaraciado poeta. Nada hay sobre la suerte que corrió ni sobre cómo terminó el asunto. Confiamos en que el bueno de Laxe haya salido bien del trance. Lo que sí nos queda son sus poemas. Reproducimos apenas los primeros versos de su cuaderno, recuperado de los archivos del Santo Oficio en México. Ante ustedes, señoras y señores, un fragmento del grave delito cometido por nuestro vecino el gran Laxe. Sirva como desagravio al peluquero poeta. El título, "Décimas a una esquiva dama para obligarla a querer y convencerla de errores." Comienza así:
"Si dudaras inclinarte a quien como yo te adora, en estos versos señora verás como sé obligarte. Y también he de probarte con bastantes fundamentos, en sólo tres argumentos, que me debes estimar pues así haces penar afligido entre tormentos."
La imagen de arriba nos viene al pelo. Es la portada del disco "Perseguidores de herejes" del grupo mexicano "Santo Oficio". Y la música, lo mismo. Serrat canta a otro poeta perseguido, Machado.