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martes, 29 de noviembre de 2011
Iñaki Urdangarín
Hace no mucho tiempo la principal responsabilidad de un monarca era saber casar a sus hijos. Para todo lo demás tenían los reyes, como hoy, gente que decidía por ellos. Se pasaban horas enteras firmando cédulas que les venían ya redactadas y no se molestaban en leer, si es que sabían leer, y solamente intervenían en alguna decisión cuando ésta era más o menos importante, y aún en esos casos solían hacer lo que le sugerían sus consejeros.
Buscar yernos y nueras era, entonces, su gran objetivo. Tiene su lógica, ya que la realeza solamente existe para perpetuarse. Los matrimonios eran cuestión de Estado y servían además para forjar alianzas y acrecentar poder. Se daba por supuesto, acertadamente, que príncipes e infantes, fueran hombres o mujeres, no sabían elegir pareja y por ello se les otorgaba carta blanca para tener cuantos amantes quisiesen. El amor era el amor y la esposa o el marido tenían una función muy diferente y bien definida: traer al mundo principitos con mandíbulas exageradamente absurdas y no dar problemas a sus mamis y sus papis.
Y en eso nuestro rey ha sido un desastre. De Marichalar casi es mejor no decir nada. Todos sabemos cómo acabó aquello; Urdangarín, por su parte, se ha convertido en el máximo exponente del pelotazo del nuevo milenio.
Antes los pelotazos había que currárselos. Uno tenía que comprar una empresa y venderla a los seis meses por un valor diez veces superior, o pedir dinero a cambio de una licencia irregular, y eso llevaba un trámite y unas negociaciones; había que montar una red, en fin, hacer cosas. Urdangarín inventó un nuevo tipo de pelotazo que consiste en recibir dinero a cambio de nada.
La culpa es del rey por casar a sus hijas con el primero que se cruzó en su camino. Ahí el rey ha incumplido su sagrada responsabilidad. Un jugador de balomnano, ¿qué carajo de consorte es un jugador de balonmano? Un día de estos el rey aparecerá con un ojo hinchado por una hostia de Sofía: "Esto para que aprendas a no casar a la niña con un jugador de balonmano".
Ahora la niña tendrá que divorciarse y Urdangarín acabará con Marichalar, desapareciendo de la foto familiar como aquellos personajes de la URSS, que iban siendo borrados a medida que caían en desgracia, convirtiéndose en entes etéreos, carne de gulag, y dejando a Stalin cada vez más solo en las fotos. A este paso, cuando nos demos cuenta, en las imágenes oficiales de la Casa Real sólo van a salir el rey con la cara amoratada y la reina fulminándolo con la mirada.
Etiquetas:
Humor,
Marichalar,
Urdangarín
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