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lunes, 14 de noviembre de 2011

Títulos


Roberto Payró (1867-1928), el de la foto, fue escritor y periodista argentino. Un buen día escribió la que para mí es su mejor obra: 'Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira', que cuenta el ascenso al poder de un político de provincias poco escrupuloso. El interesado puede leerla aquí.

Con todo y que la obra es muy recomendable, lo que me inclinó a leerla fue el título, o más bien el enigma que se esconde tras él.

En la casa familiar, cuando yo era joven, había quizás diez o quince mil libros para elegir. Yo por aquel entonces leía muchas novelas, algo que casi he dejado de hacer hace años como método de ocio, entre otras cosas porque trabajo con ellas. Así que cuando terminaba una, iba a la biblioteca de mis padres y pasaba allí horas eligiendo la siguiente.

En una de aquellas ocasiones encontré esa novela de Peyró. Era una edición de bolsillo, argentina, de los años 50 o puede que algo más, desvaída, con cubierta color crema y páginas macilentas, olor a papel encerrado; perdida la obra en medio de tantas otras mucho más lustrosas, escondida ella, asomada apenas, llamándome entre tímidos susurros como queriendo ser la escogida y bla, bla, bla. Chorradas.

El caso es que encontré una nota del editor, quien compungido advertía al lector: aquella obra, 'Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira' no guardaba relación alguna entre título y contenido:
 "Lo que el lector encontrará aquí -decía- no son divertidas, ni son aventuras, ni son del nieto de Juan Moreira". 
La leí entera, aunque como el editor, no conseguí desvelar el secreto del título probablemente aleatorio. Aunque quizás obedezca a algún motivo que el autor se llevó a la tumba, imagino que simplemente quiso engañar a sus lectores.

Conozco otro caso más, igualmente de una gran obra. Es 'La novela número 13', de Fernández Flórez. En ella sí hay una explicación que brinda el propio autor, curiosamente en una nota que dirige al editor:
"Esta novela, señor Editor, no tiene título. Bien podría hallar para ella quince o veinte, atractivos y relumbrantes. Pero he sentido de pronto la necesidad de rebelarme contra la pretendida obligación de bautizar cada nuevo libro.
Así como a los músicos les es permitido numerar sus composiciones y la séptima sinfonía de Beethoven, la quinta de Dvorak o la rapsodia 14 de Liszt son universalmente conocidas por tan simples y modestos apelativos que no señalan intenciones líricas, sino orden de aparición, así yo quiero designar esta obra con un sencillo número.
Las páginas que siguen componen la décima tercera de mis novelas. Pues bien: se llamará La Novela número 13..."          

viernes, 21 de octubre de 2011

La gloriosa retirada de ETA




Cuando España empezó a perder una a una las joyas de su imperio en África, en América y hasta en Asia, los sucesivos gobiernos trataban de vender aquellas grandiosas derrotas como gloriosas retiradas. Los generales y los almirantes que perdían las guerras eran recibidos como héroes y a algunos hasta les erigían monumentos. Fernández Flórez llegó a contar con mucha gracia la historia ficticia de un general que para alcanzar la mayor de las glorias organizó la madre de todas las retiradas, haciendo recorrer a sus tropas miles de kilómetros durante años para demostrar que él se retiraba mejor que nadie.

En esa tesitura se encuentra ahora ETA. Hace años que emprendió la retirada y cada paso atrás que da, y ya van unos cuantos, alza la cabeza orgullosa y vende la nueva derrota como un acto de grandeza. Pero no hay nada más ridículo que esos etarras que siempre van de tres en tres, sentados debajo de una txapela y ocultando sus rostros con capuchas de diseño, que no se sabe si tras ellas se encuentra la cara de un euskaldún o la del Hombre Elefante, leyendo comunicados en los que nos van contando cada episodio de su rocambolesca retirada.

Si no fuera por que en el camino han quedado miles de víctimas sería para descojonarse de risa. Cuando esos generales de los que hablábamos regresaban a España tras sus gloriosas retiradas, tanto ellos mismos, como los que los ensalzaban, como el sufrido pueblo sabían que aquellos militares no eran más que alfeñiques derrotados, pero todos fingían lo contrario por la gloria de España. Pues eso. Por la gloria de Euskal Herria, alabemos la  retirada.

viernes, 3 de junio de 2011

Envenenando pepinos


Deberíamos coger ahora sí nuestros pepinos, meterles una bacteria chunga y mandarlos a Alemania.

Un relato de Fernández Flórez titulado "Un error judicial" narra una historia que viene muy a cuento. Un hombre es acusado de un asesinato. Los testigos declaran con todo lujo de detalles cómo se ha cometido el crimen, incluso cuentan que el asesino ha usado porciones de carne del cadáver como cebo para pescar. El acusado ingresa en prisión y cumple condena.

El mismo día en que queda libre, aparece la presunta víctima, vivita y coleando. Dice que simplemente se ausentó porque quiso. Entonces el acusado comete el crimen tal como se suponía que había hecho años atrás. Hasta utiliza la carne como cebo. Ya que ha cumplido la pena, comete el crimen.

Siguiendo ese ejemplo, los agricultores que han sido acusados de asesinar a un puñado de alemanes y han pagado por ello, estarían en su perfecto derecho de envenenar arios. Lo que les jode a los alemanes es que somos casi el único país europeo que nunca han invadido. Desde que perdimos Alemania nos tienen envidia. Se impone una reconquista armada y la vuelta de los Austrias al gobierno europeo.