sábado, 20 de agosto de 2016

Rafa Córdoba






Hace no sé cuántos años, un día, conocimos todos a Rafa Córdoba. Apareció por Pasarón con su megáfono y empezó a incordiar. Se metía con los árbitros, con los entrenadores, con los presidentes, con los linieres, con los jugadores que calentaban en la banda, con los concejales que iban al palco. En cosa de dos o tres partidos, era un personaje imprescindible. Y aparecía después en el Entroido, en la Feira Franca o en cualquier oro evento. Empezamos a quererlo mucho antes de saber quién era. Pasó de ser un vecino como cualquier otro a convertirse en una de las personas más apreciadas de la ciudad.

Hace unos siglos, los bufones eran personas tan respetadas que se institucionalizaban. Los reyes tenían en la Corte a bufones oficiales y les ponían un sueldo grandioso. No es que tuvieran el derecho de reírse de los poderosos; era su deber. Les pagaban por ello cantidades obscenas. Con el tiempo, su papel se fue desdibujando y el bufón, como luego el payaso, se convirtió en un personaje despreciable. La explicación es sencilla: mientras el bufón era mantenido y designado por el rey, sus bromas eran permitidas y escucharlas era obligatorio. A medida que la democracia fue avanzando, los objetivos del bufón fueron adquiriendo poder y el bufón fue perdiendo influencia en la misma medida en que la ganaban sus víctimas.

Para Pontevedra, la entrada de Rafa Córdoba supuso la reaparición del bufón: el personaje que se ríe de todos y todas, sin distinguir entre colores, ideologías o géneros. El buen bufón, que además no se fija en quién se sonroja más o menos. Cuando Rafa se sienta a tomar un café y habla de cómo funciona el humor, se pone tan serio como cuando Filgueira Valverde hablaba de Historia o Bóveda (bendito Bóveda, que hoy lo recordamos), hablaba de nacionalismo. Para Córdoba el humor es importante, y cuando todos tiemblan al verlo aparecer, temiendo ser su próximo blanco, él es el hombre más feliz del planeta. Rafa Córdoba es un bufón vocacional que jamás ha pedido nada a cambio de hacernos reír, un bufón callejero y gratuito que nos pone frente a un espejo y nos dice quiénes somos y nos explica el porqué.

A Rafa Córdoba lo queremos por eso, porque nos enseña tanto sobre nosotros, porque nos retrata, porque sabe reírse de los demás como de sí mismo; porque otros cobramos por hacer lo que él hace gratis; porque es la persona más honesta que ha dado esta ciudad. Porque, según la edad que tengamos, lo apreciamos como a un hermano, como a un marido o como a un hijo. A Rafa sólo podemos odiarlo durante un par de segundos, cuando nos convierte en su objetivo, pero lo amamos el resto del tiempo. Rafa nos ha devuelto a la era de bufón. Yo solamente quiero llegar a ser Rafa Córdoba algún día, el mejor bufón de la Corte, el más talentoso, ocurrente y cariñoso.





sábado, 16 de enero de 2016

Fray Antonio no hacía milagros



Lo conocimos en Pontevedra como Antonio del Águila, aunque fue bautizado en 1424 como Antonio Torriani. El apellido Águila se lo pusimos aquí por ser natural de la localidad italiana de Aquila. Apareció en Galicia hacia 1464. Tras haber cursado estudios de humanidades y medicina en la universidad de Pavia decidió hacerse fraile agustino. Y luego, ya con 40 años, una edad que en su época casi lo convertía en un anciano, entró aquí como un extraño, peregrinando desde Italia hasta Compostela.

Eran tiempos en los que la ciencia estaba reñida con la religión. Notable médico y cirujano, una vez aposentado aquí, Fray Antonio decidió recorrer de ida y vuelta, una y otra vez, el camino entre Compostela y Pontevedra, siempre a pie, curando a los peregrinos y a cualquier otro doliente al que se pudiera encontrar. Todos acudían a él, pues pronto adquirió fama de sanar a enfermos que otros médicos daban por perdidos. Al poco de llegar a Pontevedra se extendió la noticia de que sus curaciones eran milagrosas. Él lo negaba indignado, diciendo que eran sus estudios en Pavia, sus muchos años de práctica y algunas técnicas que había desarrollado por su cuenta los que le permitían curar a sus pacientes, pero nadie le creía. Sus curas eran milagrosas, Antonio del Águila tenía un don divino y punto. Cuando un paciente se le moría era porque Dios había decidido no obrar el milagro.

Los médicos de Pontevedra y Santiago pronto se enemistaron con él, por varios motivos: no cobraba por sus servicios, era mejor que ninguno y obraba milagros, lo que lo convertía en un competidor desleal. Comenzaron a prohibirle la entrada en posadas y hospitales. Águila tuvo que pedir una licencia al arzobispo Fonseca, que se la concedió, convencido también él del carácter milagroso de sus métodos. Cuando extirpaba un tumor, como buen fraile, hacía sobre la frente del doliente la señal de la cruz, y el paciente curado salía de ahí contándole a todo el mundo que lo que lo había sanado era la bendición, no la cirugía. Así pasó el hombre seis años por aquí, tratando de convencer a todo el mundo de que no hacía milagro alguno sin que nadie le hiciera caso.

Un buen día él mismo sufrió una enfermedad que le provocó una cojera permanente y por más que explicó cuál era el origen de la enfermedad y los motivos de su cojera, todos creyeron que era una prueba divina. Comenzó a caminar apoyado en un báculo que según todo el mundo era un báculo que le había dejado Dios. Al pobre fraile le indignaba aquella insistencia en el carácter milagroso de todo lo que le rodeaba. Cuanto más se esforzaba en negarlo, más insistían todos, que achacaban esas negativas a un exceso de humildad que impedía al fraile reconocer que era Dios quien curaba a través de su elegido.

Por fin se fue de Pontevedra. Desde su orden lo mandaron de vuelta a Aquila y allá se fue caminando de vuelta, convencido de que dejaba en Pontevedra su fama de santo milagroso, entre otras cosas porque aquí se extendió la noticia de que no eran los agustinos quienes lo mandaban marchar, sino una revelación divina que había recibido en sueños. Se equivocaba. Llegó a Italia y la fama había llegado antes que él. Plantó un olivo y la gente iba allí, a rezarle al olivo, mientras él los miraba perplejo y les pedía que dejaran de hacer el ridículo. Los médicos italianos eran como los de Pontevedra. Un día, cuatro de ellos decidieron matarlo y planearon una emboscada en el camino a la iglesia a la que acudía cada domingo. Antonio del Águila llegó antes que ellos. Los cuatro médicos, que no sabían que el hombre llevaba más de dos horas en el interior del templo, se convencieron de que había pasado ante ellos pero no lo habían visto porque se había hecho invisible. Entraron en la iglesia y llorando de rodillas le pidieron perdón. Y por más que el fraile explicó ante todos los presentes que él no se había vuelto invisible, que simplemente aquel día había llegado antes, nuevamente nadie le creyó, por lo que tuvo que pasar el resto de su vida como un hombre capaz de volverse invisible. A su paso los vecinos hacían reverencias y se santiguaban mientras él insistía una y otra vez en que ni era un santo, ni hacía milagros, ni se volvía invisible, ni su báculo era sagrado, que se lo había dado un peregrino en Compostela. Que simplemente era un buen médico. Dio igual. Todos seguían yendo a rezarle al olivo y venerándolo como a un santo mientras el pobre hombre se desesperaba.

Murió a los setenta años sin convencer a nadie de nada. Su tumba se convirtió en lugar de peregrinación y aquel olivo que había plantado también. Para colmo, lo hicieron beato. Tuvieron que pasar varios siglos hasta que se le reconociera como uno de los mejores médicos de su tiempo, aunque él nunca lo sabrá. Lo verdaderamente milagroso es que, en vida, no consiguió convencer a nadie de que era totalmente incapaz de obrar un milagro.