CAP XXI: EN EL QUE, MUY A MI PESAR, TENGO QUE PONER DOS VECES LA PALABRA FIN.
Es martes hoy, señores, llevo tres días escribiendo casi sin interrupción. El domingo por la mañana, siguiente día del último al que nos hemos referido, aquel en que perdí a Joaquinito, al llegar a casa tras despertar en el escenario del Teatro Principal por motivos que escapan a mi comprensión, llegué a casa, decía, ojeroso y malhumorado. En el contestador había un mensaje de mi dulce Felicita:
-Eugenio, ¿está usted en casa?, en caso afirmativo conteste, por favor, durante esta breve pausa... Bien, no está usted en su casa. ¿Se encuentra bien?, estoy gravemente preocupada, he llamado un sinnúmero de veces y no me contesta. No me he atrevido a dejar mensajes hasta ahora, pero su ausencia, dadas las circunstancias y la situación de riesgo que, sabemos, vive usted, me ha empujado a decidirme. Lamentablemente, tengo que partir a un viaje inexcusable del que regresaré sin falta este próximo jueves. Espero ansiosa sus noticias. El jueves iré a verle en cualquier caso. Mientras tanto, permanezco en ascuas. Por favor, llámeme en cuanto escuche este mensaje. Nos veremos el jueves-. Éste es el mensaje de Felicita, mi amada.
Despechado por esa ausencia, resacoso como he dicho, decidí hacerla sufrir durante unas horas. "Ya la llamaré", pensé. No tenía sueño y a pesar de la hora intempestiva decidí no acostarme. Me puse a jugar con el Tubo de Mirar, para matar el tiempo.
Y así llegué a la triste e inesperada situación en que me encuentro y que describo así:
Se me ocurrió, desafortunada idea, dirigir el Tubo hacia alguna parte de mi cuerpo. Nunca antes había experimentado con un ser vivo. Si en cualquier objeto inerte e inanimado había encontrado mundos llenos de vida, ¿qué encontraría en mi interior?, me pareció buena idea averiguarlo.
Así que cogí el Tubo con mi mano derecha, me senté en un taburete de tres patas, aprisioné mi mano izquierda en una mordaza previamente atornillada a la pesada mesa de mármol de mi salón, mesa ésta laboriosamente ejecutada y garigoleada por el Maestro Mateo y fruto de una apuesta ganada por mi ancestro Bartolomé del Río el Manga Larga, sexto Marqués del Valle de Ostende durante una memorable partida de póker perdida a altas horas de la madrugada por el Rey Don Alfonso XI el Dubitativo VII también llamado Alfonso XI El que Juega con las Cartas Vueltas Hacia su Adversario MMCMXLVIII.
A partir de ahí, los acontecimientos se suceden de manera tan trágica como inesperada:
Yo sentado en el taburete de tres patas con la mano izquierda presa en la mesa antes descrita, la mano derecha sujetando el Tubo y mi ojo bueno, el que no supura sustancias, aplicado al extremo con la mancha de ketchup.
Es miércoles ya.
Lógicamente, el ritmo al que escribo se va debilitando por momentos, igual que yo mismo.
Había puesto sobre la mesa mi libreta y un bolígrafo, como siempre, y la cámara de fotos por si surgía un nuevo descubrimiento.
Y surgió, vaya si surgió. No era un mundo nuevo. Es un Universo, lleno de galaxias, de estrellas, de planetas, muchos de ellos con vida. Tal fue mi impresión que salté del taburete con tal mala fortuna que, al tener mi mano izquierda sujeta a la mordaza, y ésta a la pesada mesa, mi caída no fue en absoluto un incidente sin consecuencias, sino que por el contrario, creo que me partí el espinazo a la altura casi de la cadera, con lo que mis extremidades inferiores y temo que también mi amable pipí quedaron inertes. No puedo moverme de cintura para abajo, con lo fácil que sería ponerme en pie y liberar mi mano izquierda, de la que permanezco colgado.
Desde entonces me desenvuelvo con mi brazo derecho, único de mis miembros útil y libre.
Afortunadamente, que no hay mal que por bien no venga, ni rosas sin espinas, ni moneda sin dos caras, ni bobo sin pandereta, al caer cayeron conmigo y quedaron a mi alcance la libreta y el bolígrafo, con los que he conseguido matar el tiempo elaborando este relato certero en espera de que el jueves, mañana, venga mi dulce amada tal como prometió y me rescate.
Al principio el noble Cancerbero me ayudó a sobrevivir atendiendo órdenes simples tales cual "prepárame un tazón de Crunchy Fruits chocolateados con leche, caliéntalo en el microondas y tráemelo", o "acércame la botella de Tío Pepe que guardo en el segundo cajón de mi mueble más preciado para una ocasión memorable".
Con el paso de los días mis provisiones se terminaron y desde entonces subsisto alimentándome de los restos del propio Cancerbero, mi fiel amigo a quien he tenido que sacrificar para procurarme alimento. Sólo vivo gracias a mi amiga la Virgen Peregrina, quien me alienta en esta larga espera que se hace cada vez más incómoda y trabajosa.
Ahora lamento la broma que durante años he gastado a mis vecinos, consistente en gritar fingiendo desesperación:
-iPor favor, ayúdenme, estoy solo en casa y no puedo mover las piernas. Creo que me estoy muriendo!- y me viene a la memoria el cuento de Pedro y el Lobo. Evidentemente, sospecho, creen que esta vez tampoco va en serio.
Ahora pienso que lo que más me apetecería hacer es dar una vuelta por Pontevedra. Luego ir a la disco a bailar y emborracharme y ya dejar de sentir porque me quedaría así como si estuviera anestesiado, y me carcajearía alegremente meneando al tiempo mi melena.
Desde que me encuentro en esta insólita situación he tenido tiempo para pensar en algunos asuntos:
Primero he pensado en lo ridículo que debo verme así, un tío pomposo como yo, con una mano agarrada por una mordaza y medio cuerpo inmovilizado, todo cagado y orinado, aunque esto último es lo de menos, que ya me pasaba cuando estaba entero, aún el otro día.
Luego pensé en los flecos que quedan sin resolver de esta apasionante historia de incierto fin, así como en las dudas que me embargaban, sin descartar que mi afición a la bebida sea causa de ciertos olvidos.
¿Cuál es exactamente el papel del muchacho de la tienda de fotografías, si es que tiene alguno?, ¿están o no implicados los hermanos de Felicita, Armonio y Amoroso?, ¿cómo es que, perseguido durante todo este tiempo por tanta gente, no hay una sola persona que se acerque hasta aquí, mi casa, el primer lugar donde deberían buscarme?
Sólamente el saber que Felicita, mi amada, mi dulce bien, vendrá mañana en mi rescate me mantiene con un hilo de vida. Debo resistir y por tanto resisto, ya no queda nada, unas horas apenas.
Y mi consuelo es que ella, si tengo cura, me ayudará en mi convalecencia, y si no la tengo, pasará el resto de sus días acarreando devotamente mi silla de ruedas y cambiándome los pañales.
Y me ayuda, Doctor Padín, la oración. A lo largo de estas largas horas he tenido tiempo de hablar largo y tendido con el Galileo, y con su Madre, mi Señora, la Virgen Peregrina, y con San Sebastián, nuestro patrono. Ellos me dan estas fuerzas y llenan de aire mis pulmones.
Y luego esto que escribo, que va llenando mi tiempo y alargando mi agonía que pronto terminará en cuanto llegue Felicita, que, ducha en el cuidado y recuperación de ejemplares de nuestra fauna, pronto reconocerá mi estado y rauda, angustiada, hará venir a una ambulancia y me procurará alivio.
Hoy por fin es jueves, mi jueves. Ya ahora sí las fuerzas se agotan, tengo un hambre atroz y siento que por momentos se me va la cabeza. Pero no debo dormir. Me mantengo despierto para poder demandar auxilio cuando ella llegue cual princesa, a salvarme y darme todo su cariño, ella es así, dulce y cariñosa.
Acabo de hacer una solemne promesa.
Cuando salga de esto, amaré a mi prójimo, ayudaré a los menesterosos y daré un nuevo sentido a mi vida. A medida que mi salvación se va aproximando siento como un hombre nuevo renace de mis cenizas y ocupa mi cuerpo y mi mente.
Y conseguiré que mi madre se sienta por fin orgullosa de mí, y seré merecedor del respeto de las gentes.
Y compensaré a Felicita, que será, créanme, la mujer más feliz de esta tierra. Yle buscaré a usted, Doctor Padín, que ha sido mi segundo padre, para atenderlo en su vejez y devolverle con creces todo cuanto me ha dado.
Y aquí doy fin a mi relato y me quedo a la espera, reservando mis últimos momentos de desvelo para recibir a mi amada con una sonrisa.
Señores, hasta pronto.
FIN
Resulta que ya es viernes. Ella no ha venido.
Y yo me estoy muriendo, y ya me enconmiendo al Galileo y a su madre, y a sus abuelos, Santa Ana y San Joaquín, y a la Peregrina y a San Sebastián. Y a la Virgen de la O.
Y me cago en Felicita, esa gorda guarra hija de puta.
Comprenderá más adelante, Doctor Padín, al llegar este relato a su término, que las circunstancias en que me hallo al escribirlo no son ni mucho menos cómodas o placenteras, ni siquiera llevaderas, y me quedan todavía tres días, hasta el próximo jueves. El caso es que al ritmo que escribo tardaría apenas unas horas en llevar esta aventura hasta este mismo momento, y no quiero. Quiero finalizarla el mismo jueves, y no tengo otra cosa que hacer hasta entonces que escribir, comer y beber, de tal suerte que ademas de racionar la comida y la bebida debo estirar la escritura. De cualquier otro modo convertiría las últimas páginas en el novelar de una agonía, y tampoco quiero. Además, necesito distracción.
¿Sabe usted de donde procede el marquesado del Valle de Ostende? No, seguro. Es una historia real, acaecida siglos ha, la de un valiente hombre, mi antecesor, que prestó inimaginables servicios a su señor, el rey. Puedo parecer pretencioso si digo que gracias a mi familia la historia de este país no se escribe con otras palabras pero el caso es que así es. Quién sabe lo distinto que hubiera sido todo si el señor aquel no hubiese tenido tan gran vasallo. Aquel lejano ascendiente mío, llamado Romualdo del Río, también nombrado Romualdo el Hideputa fue el primero de una saga que llega hasta estos días encarnada en mí. Era el Porquero Mayor de Don Bartolomé do Porto, un noble portugués enfrentado a su Rey y al de Castilla, casado con Doña Ana la Veleidosa. Don Bartolomé no prestaba atención a Doña Ana y desplazaba sus preferencias hacia un hidalgo llamado Pedro el Afeminado, de quien se decía que era uno de los diecinueve hijos varones del obispo de Valença, João el Promiscuo. El Rey de Portugal, en connivencia con el de Castilla pretendía hacerse con las tierras de Don Bartolomé do Porto para incorporarlas a sus dominios. Bartolomé, fingiendo interés en congraciarse con el Rey de Portugal, le envió unos cerdos apestados, especialmente criados por su porquero, diciéndole que eran los mejores cerdos de su porqueriza. El Rey y su familia murieron a los pocos días de ingerir los puercos y de esa manera don Bartolomé se hizo con el trono de Portugal y nombró a su porquero mayor Conde de Caminha. Ese fue el primer contacto de mi familia con la nobleza aunque ni mucho menos el último. Poco más se sabe de aquel primer del Río, autor de la receta de los morritos de lechón que se ha transmitido a cada generación de los del Río, y que guardamos tan celosamente.
Dos siglos mas tarde, en el XII, aparece otro del Río descendiente de aquel. Se trata de Salvador del Río el Poeta. Era un caballero a las órdenes del señor de Soutomaior, ya en tierras de Pontevedra. Había perdido el título y las tierras de Romualdo, no se sabe bien por qué y ahora guerreaba contra la monarquía lusa. De sus virtudes como poeta solamente se conserva un pequeño fragmento de los versos de un cantar:
Ai meu amigo
Xa non me beredes mas
pois perdestes los dous ollos
en un lance sin fortuna
ni eu veré máis a vos
pois estais desfigurado
y me causa desagrado.
Ai meu amigo
Xa non me beredes más
ni eu beré máis a bos.
Erades home xentil
e las damas te adoraban
e tus fillos xa sen pai
e túas muxeres sen home
pois quedaches sin coxones
en un lance sin fortuna.
Ai meu amigo
xa non me beredes máis
ni eu veré máis a bos.
Sus virtudes como poeta no desmerecían en absoluto de su valor como caballero, tal como demostró al asaltar la fortaleza del arzobispo de Tui, a quien encerró en una torre colgando de los tobillos. Alonso el Poeta mandó avisar al señor de Soutomaior. Este tardó tres meses en llegar hasta allí para tomar posesión de la plaza, tiempo que Salvador empleó en desmenuzar albaricoques para la preparación de la fiesta del solsticio de verano. Cuando por fin llegó el de Soutomaior a Tui nombró capitán al Poeta y lo dejó al mando de la plaza con instrucciones de que negociara el rescate del arzobispo en tanto él emprendía la conquista del reino de León. Salvador el Poeta murió poco después apuñalado en la barriga por su propio hijo, Alonso el Parricida, Alonso del Río. En los últimos momentos de su agonía pidió absolución al arzobispo, quien por supuesto se la denegó aduciendo que las absoluciones eran impracticables y, más aún, no válidas, si el que las concedía se encontraba boca abajo pues podían constituir un acto de herejía. Alonso el Parricida, temeroso de las represalias que contra el podía tomar el señor de Soutomaior, liberó al arzobispo, aliándose con él en favor del Rey de Castilla y contra el de León. Viviendo grandes aventuras consiguió llegar al monasterio de Palencia donde el monarca castellano pasaba unos días de oración y ayuno. Este Rey, Pedro III el Taciturno VII era hijo de Juan IV el Taciturno VI y acogió a Alonso el Parricida como si de un hijo se tratase, lo que le costo la vida, pues Alonso lo apuñaló en la barriga tras haber dejado embarazada a la Reina Ana de Windsor esposa de Pedro III y hermana del Rey de Inglaterra. Tuvieron un hijo y la Reina, que tomó posesión del trono como Ana III la Inglesa, nombró a don Alonso Marqués del Valle de Ostende. Al morir Ana misteriosamente apuñalada en la barriga fue sucedida por su único hijo, Alonso II el Putativo, pero al ser menor de edad, su padre el Marques del Valle de Ostende asumió la regencia de Castilla durante unos años. Se casó con una noble gallega, hija del arzobispo de Tui, su aliado y tuvieron otro hijo que fue el segundo Marqués y se estableció nuevamente en Pontevedra, ciudad de la que nunca salieron más los del Río. Hubo desde entonces muchos del Río que ennoblecieron la casta y le fueron dando abolengo, pero esas ya son otras historias.
-¿Y tú qué?, ¿piensas pasarte la vida ahí, sin nada que hacer ni nada que aportar?, sabes que estoy aquí, como quien dice con la soga al cuello, o con el agua al cuello, moviéndome en la cuerda floja, caminando sobre el filo de un acero toledano, arriesgando mi vida a cada segundo que pasa, preocupado por el Tubo de Mirar y esto y aquello y lo de mas allá y tú ahí, como si nada, limitándote a ver pasar la vida, como Dios. ¿No tienes nada que decir?
-...
-Eso sí, que te lo den todo hecho, tú tienes tu comida, estás ahí calentito sin colaborar en nada, viviendo como un principito de cuento de hadas y los demás a servirte y a trabajar para ti, claro, claro, pues debes saber una cosa, ¿eh?
-...
-Debes saber que no todo en la vida es recibir y recibir sin dar nada a cambio, sin darte a los demás, ¿es que no tienes principios?
-...
-Lo que eres, ¿sabes lo que eres?, eres un cobarde que cree que todo se arregla con una carantoña, ¿no?
-...
-Pues de ésta no pasa, a partir de ya voy a empezar a exigirte al menos el mismo trato que recibes, por que tú no sabes lo que yo me sacrifico por ti.
-...
-¿Te has parado a pensar alguna vez, por un sólo instante, en los sacrificios que yo hago para mantenerte?
-...
-¡Estás acabando con mi paciencia, te digo!.
-Arf.
-¿Como dices?
-Arf, arf.
-¡Ah!, pensé que se te había comido la lengua el gato, hombre.
-Arf, arf, uau.
-Bueno, al menos parece que vas entrando en razón, así está mejor.
-Uau, uau, arf.
-Bien, anda , bien, Cancerbero, esa es la actitud que esperaba.
-Arf.
-Que al menos haya un mínimo de comunicación entre nosotros.
El Tubo de Mirar. Capítulo XIX: Joaquinito. Felicita.
-A pesar de que he vivido y ocupado lugares inmundos desde que abandoné el hospicio, Dr. del Río, nunca había visto sitio tan sucio ni descuidado como su taller. Cualquier otro se hubiese negado simplemente a poner un pie allí, no digo ya a limpiarlo, pero agradecido como le estoy y decidido a no fallar en mi primer día de trabajo, me puse manos a la obra. Barrí y fregué el suelo, exterminé alimañas, ordené la herramienta. Y cuando estaba a punto de encaminarme a esta su casa para comer, hambriento, oí a alguien llamar a la puerta, preguntando por usted. Estoy acostumbrado a esconderme, y tengo un instinto especial, que me ha dado mi corta experiencia, que me alerta en casos de peligro. Oí después unas voces y entre ellas me pareció escuchar la palabra Tubo .
Acongojado, con los congojos en la garganta, emprendí una arriesgada acción consistente en apropiarme del tubo, mientras ellos, pues advertí que eran varios, atacaban la puerta con determinación de bombero. De camino aún tuve agallas para hacerme con el revólver del Sr. Evans, y esconderme en ese altillo inexpugnable que usted sabe y allí permanecí silencioso presenciando como aquellos execrables individuos arrasaban el taller buscando el tubo.
A medida que veían frustradas sus malévolas pretensiones, se enfurecían y sus esfuerzos destructivos, casi diría depredadores, se acrecentaban y ellos alzaban la voz cada vez mas y discutían entre sí.
-¿Donde está el dichoso Tubo?- preguntaba uno que pareció ser el responsable.
-¿Es un tubo lo que estamos buscando?, aquí hay uno- contestaba otro asiendo su pipí, medio en broma, medio en serio pero para mí que estaba borracho o influido por alguna sustancia sicotrópica.
-Debe ser como un tubo para guardar planos- terciaba otro al parecer más instruido.
El caso es que así anduvieron un buen rato.
-¿Y si no lo encontramos no cobramos?- preguntaba el del pipí.
Luego otro sugirió buscar o comprar o robar un tubo similar y presentarlo como el auténtico, tan siquiera para que paguen, opción que fue descartada de plano por el superior. Total, que entre pitos y flautas se retiraron mientras el borracho farfullaba: "lo que no está bien es comulgar con ruedas de molinos" una y otra y otra vez.
Permanecí achantado un buen rato en mi escondrijo por si se les ocurría volver, sin mayor esfuerzo, por costumbre, y al encontrarme seguro agarré la bicicleta, que según las instrucciones de usted estaba limpia como una patena y engrasada y raudo me dirigí a esta dirección dejando el taller tal como lo dejaron los desaprensivos. Pedaleé con todas mis fuerzas hasta llegar aquí y aquí estoy, sin más novedades que las referidas, Doctor.
Apenas terminado el relato de Joaquinito sonó el timbre. Abrí la puerta con el corazón galopante al advertir que quien llamaba era ni más ni menos la dulce Felicita Fidalgo, la que ocupaba mi mente, aquella a quien yo amaba. Entró como un trombo en mi casa.
-Eugenio, gracias a Dios, pensé que le habría pasado algo. Un poco preocupada por el estado en que lo dejé ayer por la noche, pasé hace un momento por su taller. Lo vi todo destrozado. Temí por su vida e inmediatamente me dirigí aquí para cerciorarme de que estaba usted a salvo, ¿quien es este niño, sobrino de usted?
-No exactamente, se llama Joaquinito, el niño expósito y es como si dijéramos mi hijo adoptivo.
-Vaya- Felicita me miro con nuevos ojos- nunca me había hablado de él.
-Ya ve, Felicita, también sé tocar la flauta y tararear el Himno del Perú. Como puede usted ver soy un pozo de sorpresas.- respondí autosuficiente, soltándome la trenza.
-¿Tiene usted el Tubo de Mirar?
-En efecto. El pequeño Joaquinito logró salvarlo de las garras de esos quienes fueran, no tengo palabras para describirlos y me lo ha traído aquí. El Tubo, señorita, está a salvo.
-Por poco tiempo si no toma usted medidas. No puede tenerlo aquí ni en el taller. Necesita usted un sitio seguro, ya que por lo que se vé hay mucha gente muy poderosa dispuesta a hacerse con su maravilla.
-Si yo en realidad no quiero jugarme la vida. Si en lugar de ir a las malas hablaran conmigo como individuos que somos, civilizados, así como amablemente, sin amenazas, con consideración, de ser humano a ser humano, proponiendo, sabe usted, respetuosamente, una cantidad generosa o algo, pues quizás llegáramos a un acuerdo amistoso que beneficiara a ambas partes. Yo tendría dinero para retirarme y llevar una vida regalada, pedirla en matrimonio y procurar un futuro mas que digno a Joaquinito y al bravo Cancerbero, con colegios y universidades privadas para el uno y croquetas de sabores para el otro, que a fin de cuentas la rentabilidad que puede proporcionar mi Tubo de Mirar convertiría en calderilla el dinero que les costaría. Pero no, son malos de nacimiento y se empeñan en conseguir lo que ansían a la brava, y así nos luce el pelo, en lugar de negociar las cosas y miel sobre hojuelas pues van a acabar con mi vida. Ahora ni me atreveré a seguir con mis investigaciones descubriendo nuevos y maravillosos mundos, tendré que esconderme con el Tubo para que no me maten y abandonar al bueno de Joaquinito el niño expósito nuevamente a su suerte y renunciar a mis esperanzas con respecto a usted, adorada Felicita, y tal y tumba ...- y prorrumpí en un sollozo desgarrado que me impidió continuar con mi sentida exposición.
-Tranquilo, Eugenio, si puedo hacer algo por usted ...
-¿Puedo apoyar mi cabeza sobre su pecho?- pregunté esperanzado, todavía con la respiración entrecortada.
-La siento, no creo que sea buena idea.
-Si era sólo para llorar, señorita.
-Ya, pero no.
-¿Y yo?- preguntó Joaquinito.
-¿Qué?.
-¿Puedo yo apoyar mi cabeza en su pecho para llorar, señorita Fidalgo?
-Si, Joaquinito, tú sí, que habrás pasado el susto de tu vida.
Y así, mientras el cabroncete fingía llorar sobre el pecho de mi amada, yo me fui a cama, solo y abandonado, con la única compañía del Tubo, al que no pensaba vo1ver a dejar solo. Recé mis oraciones, pidiendo a la Virgen Peregrina por mí, por Joaquinito, por Felicita, por mi madre y mi padre, por el Papa y los obispos, por aquellos que sufren injusticias, por los desamparados, por mi hermana que ya era al fin fiel a su marido, por las ánimas del purgatorio y por que los hijosputa que me querían joder la vida fueran víctimas de las siete plagas y sus hijos y los hijos de sus hijos hasta la séptima generación.
No dormí, señores, no pegué ojo en toda la noche, pensando, temeroso de mi sino. Oí como Felicita acostaba al niño y le contaba un cuento para dormirlo. Y luego, silenciosa, abandonaba mi casa quedándome yo triste y solo, y los libros empeña-a-dos en el monte, en el monte de pieda-a-a-ad.
La noche se me hizo larga, claro, con tanto problema. Ni pensar podía en volver a instalarme en el taller, como mucho llegarme hasta allí sigilosamente para recoger mis notas y mis pruebas, para no perderlas. Tampoco mi propia casa era segura, pues de sobra sabrían donde vivía yo. Para mayor inri ahora tenia a mi cargo al pequeño Joaquinito. Conmigo no estaba a salvo, pero no podía tampoco abandonarlo a su suerte. Sería una traición que no merecía el niño, ni por su edad, ni por lo mucho que había sufrido ya, ni por ser él quien había salvado mi Tubo y el revólver de Yomfili Sebas. Él confiaba en mi, por primera vez en su vida dormía en algo mínimamente parecido a un hogar.
Decidí empezar por resolver el problema del niño antes que ningún otro, no arriesgar su vida ni un minuto más.
Bien de madrugada me acerqué a su cama para cerciorarme de que dormía. Luego busqué en la guía de teléfonos el número del internado de los maristas. A Dios gracias solo había uno en toda la provincia.
-Ave María Purísima- contestó una voz somnolienta.
-Sin pecado concebida- repliqué yo educado en los usos de conventos y monasterios- quisiera hablar con el padre responsable de los internos.
-¿A estas horas?
-Dígale que es un asunto de la máxima importancia, me agradecerá el que le interrumpa el sueño, créame. Además sé que ustedes son muy madrugadores. Pronto llamarán a maitines. No le robaré mas que un minuto.
Se oyeron unos pasos y al rato llegó el cura.
-Ave María Purísima.- dijo.
-Sin pecado concebida -contesté.- ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
-Soy el padre Tarsicio.
-Encantado de conocerle, padre Tarsicio, soy un benefactor anónimo.
-iAh, vaya, ejem, quiere hacer una donación!.
-No exactamente. padre. ¿Conocen a un niño llamado Joaquinito, el niño expósito?.
-¿Sabe usted algo de él, se encuentra bien?
-Si. el niño está perfectamente. He tenido noticias de él y estoy buscando la manera de devolverlo, aún en contra de su voluntad.
-Lo entiendo. Espero que no sea usted un degenerado y el niño no haya sufrido ningún tipo de abuso.
-¡ Por Dios, padre!, ¿con quién se cree que está usted hablando? El pobre chiquillo ha estado vagando por ahí, solo, yo estoy intentado devolverlo.
-Bien, bien. ¿Cómo podemos hacerlo?
-En primer lugar debe garantizarme que Joaquinito será bien tratado, y no me lo mandarán a un reformatorio o algo por el estilo.
-Señor benefactor anónimo, nuestra labor es cuidar niños, educarlos y prepararles un futuro. No tratamos a los chicos como a delincuentes. Tiene mi palabra de que no se moverá de aquí y será atendido con especial esmero.
-Quiero también garantía de que podré visitarlo cuando me plazca y llegado ese día se respetara mi anonimato. A cambio les haré llegar un generoso donativo de, digamos, dos mil euros.
-Primero el niño debe confirmarnos que usted no le ha hecho sufrir.
-El estará resentido conmigo por entregarlo.
-No se preocupe, lo tendremos en cuenta.
Acordamos la hora y el lugar de encuentro y nos despedimos.
Lo dejé dormir todavía un par de horas. Cuando despertó desayuné con él un buen tazón de Crunchy Fruits chocolateados. En dos días aquel chiquillo me había dado más que nadie en toda una vida, y yo a cambio estaba a punta de entregarlo a los maristas, pero ¿qué otra cosa podía yo hacer por él? Barajé la posibilidad de dejarlo al cuidado de la dulce Felicita, pero luego llegué a la conclusión de que quien me seguía a mí debía también conocerla a ella. Nada. El pobre tenía que proseguir con su educación, abandonada desde hacía varios años, relacionarse con otros chicos y tener un estatuto jurídico que no fuese el de "desaparecido".
Luego lo acompañé a dar una vuelta en bici. Quería que sus últimas horas conmigo las recordase con alegría, por lo que no paré de gesticular y reír como un poseso. Incluso, ya llegada la hora de comer le dejé montar en la bici.
Luego fuimos a comer una hamburguesa, que según tengo entendido es afición muy del gusto de los menores. No se la dejé probar , por eso del colesterol y el riesgo de sobrepeso, pero aún así parecía feliz, felicidad que me partía el alma. El pobrecillo me miraba dulcemente y sonreía. Próxima la hora de la cita le ofrecí ir al cine a ver una peli de chinos que se pegan. Nunca había ido al cine, confesó, y era aquella y ninguna otra la mayor de sus fantasías, su mas grande anhelo. Precisamente era en el centro comercial con ocho salas de cine donde yo había acordado con el padre Tarsicio la entrega de Joaquinito. Acostumbrado a no fiarme ni de mi sombra había elegido ese lugar y no otro por la gran afluencia de personas que se daban cita allí. Muchos niños, para que el padre no pudiese identificar a Joaquinito al instante y no más que un cura (yo había exigido al padre Tarsicio que acudiese con sotana, alzacuellos, birrete y paraguas para reconocerlo sin tardanza).
Pero llegando a la puerta del centro comercial Joaquinito el niño Expósito comenzó a dar muestras de enorme nerviosismo, carraspeando y haciéndose el remolón a medida que nos acercábamos.
Traspasamos la puerta de acceso y enseguida reconocí al padre Tarsicio. Vi que también el chico lo reconocía pues empezó a tirar de mí hacia atrás.
-Doctor, lo he pensado mejor y no quiero ir al cine.- dijo.
-Vamos niño Expósito, es lo mejor para ti- contesté con el corazón en un puño.
-No lo entiende, Doctor, no me quieren a mí, quieren el Tubo.
-¿Quienes?
-Ese que va disfrazado de cura, Doctor del Río, no es el padre Tarsicio, sino uno de los secuaces de John Philips, ni yo soy un niño huérfano, pues respondo al nombre de Rodolfo y tengo cuarenta y ocho años y mis padres, a Dios gracias, gozan de una envidiable salud. Pertenezco a una red internacional de traficantes de ingenios ópticos y me han utilizado para secuestrarle a usted. Me han elegido para interpretar el papel de un niño huérfano por mi capacidad camaleónica para la caracterización y por mis dotes interpretativas, pues soy un actor frustrado, ¡cómo si no iba a representar el papel de un mocoso a mi edad y midiendo un metro noventa y cuatro? Créame, le cuento todo esto porque me ha demostrado usted ser una persona con un gran corazón, quiero salvarle la vida y dejar de una vez y para siempre el oscuro y sórdido mundo de las redes de traficantes de ingenios ópticos.
Anonadado, como si me hubieran metido un carallazo en los huevos cogí a aquel farsante de la solapa de su mandilón y lo aparté lejos del campo de visión del fraudulento padre.
-¿Si?- pregunté iracundo- ¿y cómo es que hablé por teléfono con el si no es un marista de verdad?
-Doctor, es usted un ingenuo. No hay ningún internado de maristas en toda la provincia. Sólo tuvimos que dar de alta un número de teléfono a su nombre y poner un anuncio para que el número apareciera en todas las guías y servicios de información telefónica. El plan era ponerlo a usted contra las cuerdas y fingir que mi vida corra peligro para que usted no tuviera otra opción que contactar con ellos, ¿no lo entiende?
-¿Y por qué no me habéis robado el tubo a la primera ocasión?
-Nuestro proyecto era que John Philips se hiciese con él, pero al ver como usted se deshacía del americano discurrimos un plan mas sofisticado. En realidad creo que la capacidad de respuesta de usted fue sobreestimada, y por eso decidimos que no nos bastaba con tener el Tubo. Tras el fracaso de John Philips, o Yomfili, como le llama usted, se acordó que no bastaba con poseer el tubo si dejábamos con vida a su creador. Ahora el plan es secuestrar al Dr. del Río, usted, que nos enseñe a crear un tubo y a utilizarlo y luego asesinarlo para no dejar rastro. Si se acerca a ese falso sacerdote sera usted hombre muerto, y tanto el fiel Cancerbero como Felicita, los dos únicos seres que en la tierra sienten cierto aprecio por usted tendrían motivos para llorar, créame.
-¿Y cual es el motivo de que me confieses esto precisamente ahora?
-Ya se lo he dicho, Doctor. Mire, llevo muchos años inmerso en este mundillo, y estoy harto, quiero hacer mi buena acción, tengo dinero de sobra. Ademas estoy acostumbrado al espionaje industrial, a robar secretos a grandes empresas carentes de escrúpulos, y no a pobres hombres sin oficio ni beneficio. Usted tiene el secreto del Tubo de Mirar, aunque francamente le considero incapaz de crear una maravilla como esa, pero el caso es que de alguna fortuita manera esa obra maestra de la óptica ha caído en sus manos. Quiero que viva para ver si es capaz de hacer algo de provecho con una mano de cuatro ases.
-¿Y qué propones entonces?
-En primer lugar largarnos de aquí antes de que el falso marista nos reconozca.
Luego yo desapareceré, iré a las Islas Caimán para cancelar mis cuentas y me retiraré en mi isla del Pacífico, y usted se las arreglará solo. Únicamente me permito darle un consejo. No se fíe usted de nadie, ni de Felicita, pues sé que sus hermanos Armonio Y Amoroso han estado por ahí haciendo preguntas.
-¡Jesús, qué mundo este, que ya no puede uno confiar en nada ni en nadie! exclamé perdiendo los estribos.
-No grite, diantre, que nos van a oír.
-Perdón, es que todo me sale mal, hombre.
-Doctor del Río, tengo que irme. Le deseo de corazón lo mejor.
-Vete, vete, abandóname a mi suerte, pero antes dame un besito.
Y el falso huérfano me dio un besito y se largó corriendo.
Yo, por mi parte, cogí mi bici y salí también de allí, rumiando de camino mis desgracias e intentando buscar una solución a todas ellas. Resultaba que Joaquinito, tras haberme engañado me acababa de salvar la vida, que la dulce Felicita no era de fiar, ¿sería Cancerbero realmente un perro?
Decidí hacer un alto en el camino de mis problemas y parar en Casa Paca. Me recibió la propia Paca cantando a voz en grito una vieja melodía lombarda, le pedí una taza de vino, me la sirvió, pedí luego una tapa de oreja y otra de calamares a la romana y otra taza de vino y luego otra y otra más. Ya un poco mas animado me dirigí a la disco, aparqué la bici en la puerta y una vez dentro, ya en plan bailón me convertí como siempre en el rey de la pista provocando la envidia de todos los ligones que bailaban y para disimular su rabia fingían mofarse de mi.
Desperté, curiosamente, en el medio y medio del primer paso de peatones que hay en la avenida de Vigo, según se sale, bañado en orín y vómitos propios, con la bici a mi lado. Pasé por la Herrería, tomé una camelia en propiedad y, mas arreglado, subí hasta mi casa, me metí en cama y en ella terminé la noche ya mas tranquilo.
Me levanté y desayuné, Crunchy Fruits chocolateados. Comprobé que el Tubo estaba donde lo había dejado, sano y salvo, y el noble Cancerbero vivito y coleando, jugando con sus deposiciones como si de palomas se tratara. Todo en orden, gracias a Dios y a la Peregrina.
Ni yo mismo sé, por motivos que, Doctor, conocerá a su debido tiempo, como terminará esta historia, que cada vez me cuesta mas escribir y no sé aún si tendrá término, sea este o no feliz. Lo que si sé, y aquel día pensé en ello, es que todos los protagonistas, de una u otra manera, no permanecían mucho tiempo en ella, lo que da buena medida de la soledad en que me hallaba. El Dr. Padín salió nada más entrar, mi amigo y asesor Antonio Desleal murió antes de llegar, el americano Yómfili Sebas, violentamente fenecido al rato de su llegada, y ahora mi hijo, mi querido Joaquinito, mi ayudante, mi pupilo, se largaba para no volver , pues no regresó hasta hoy ni de él sé nada. Solamente permanecíamos mi bravo y fiel Cancerbero y yo, pues la dulce Felicita ni terminaba de salir ni acababa de entrar.
Y el Tubo de Mirar. El maravilloso Tubo de Mirar, culpable de todo y auténtico desencadenante de estos garabatos, quizás el único que al final permanezca. Pero no quiero adelantar acontecimientos ni ejercer de agorero. Es martes hoy, me duele la mano de tanto escribir sin interrupción. Quedan dos días para el jueves. El jueves, si llego a él, todo estará resuelto en buen o mal fin. Tengo bebida para resistir, voluntad para terminar y ganas de vivir.
Capítulo XVIII: En el que pierdo el Tubo de Mirar, a Joaquinito y mi Smith and Wesson, y de cómo los recupero.
Dormí, Doctor Padín, como no lo había hecho nunca antes, si exceptuamos las anteriores ocasiones en que había dormido a lo largo de mi vida. Me levanté, me duché, me tomé mi tazón de Crunchy Fruits chocolateados, recorté el cupón de la caja de cereales, lo guardé con los otros cupones. 17 más, pensé, y podré optar al sorteo de otra caja de Crunchy Fruits. Con ese pensamiento, me vestí alegremente, camiseta de Alice Cooper, sandalias de charol, pantalones bombachos, una sola trenza, ladeada. Me acerqué a la plaza de la Herrería, robé una camelia hermosa de un árbol, jugueteé con las palomas, me acerqué a la tienda para gourmets de la calle Peregrina y compré trufas, caviar, un kilogramo de angulas, morritos de lechón, tarta de almendras de Fina Rei, una botella de Vega Sicila del mejor año. Nunca antes había tenido invitados a comer en mi casa. El dinero del americano era largo y quería yo agasajar a mi ayudante Joaquinito con manjares tales que consiguieran hacerle olvidar en un instante, y de una vez para siempre, toda su triste infancia. Subí a casa, me encontré con el padre corpulento del muchacho del segundo, le dije que la bici, guardada en el taller, me prestaba servicios impagables, como medio de transporte y como mayor bien de mi empresa ahora que me había establecido por mi cuenta, y que nunca olvidaría ni dejaría de agradecer tan magno presente y le pregunté por su hijo, el muchacho del segundo, que estaba bien. Seguí subiendo las escaleras y llegué a mi puerta. Sin perder la alegría comencé a preparar los morritos, siguiendo al pie de la letra la receta de mis antepasados.
Joaquinito no llegaba, así que me bebí la botella, me comí los morritos, la tarta de Fina Rei, el caviar, las trufas y las angulas, en este orden. Una buena siesta y a trabajar. Me dirigí al taller, caminando, con las sobras de la comida para Joaquinito y Cancerbero, igualmente en este orden, claro, que primero los de mi especie si son como si fueran mis hijos adoptivos. Iba con la ingenua idea de reprender a mi recién estrenado ayudante por su incomparecencia.
Mas al llegar al taller mi mal humor devino en grave preocupación. Nada más cruzar la puerta noté que algo no iba bien. De un primer vistazo caí en que el Tubo de Mirar no estaba en su sitio. Los archivos, fotografías incluidas, se encontraban sin orden ni concierto desperdigados por el piso. Un examen más atento y pormenorizado me llevó a la certeza de que tampoco estaban Joaquinito ni mi revólver. Cancerbero compareció a los pocos segundos quejoso y con mirada perpleja, renqueante.
Nunca antes había perdido tanto en tan poco tiempo, máxime teniendo en cuenta que sin el Tubo también daba por perdida a la dulce Felicita. Así, mi novia, mi hijo adoptivo, mi Tubo de Mirar y mi Smith and Wesson se habian volatilizado en una suerte de arte de birlibiloque, sea eso lo que sea, y en menos que canta un gallo. Frenético, comencé a esbozar teorías, una tras otra. ¿Me habría traicionado Joaquinito, el Nino Expósito? No, concluí. Hubiese esperado a comerse los morritos. ¿El chico de la tienda de fotos?, probable. Acaso las personas que habían mandado al americano Yómfili Sebas, habían decidido cortar por lo sano, robando el Tubo y secuestrando o asesinando al niño. Tampoco cabía descartar a la propia Felicita, tan esquiva como poco veleidosa, aunque, pensándolo bien, si ella ambicionase el Tubo yo se lo hubiera entregado al primer pestañeo y sin condiciones.
Llevaba mi bolsillo lleno de dinero, así que opté por ir a Casa Paca, liquidar mi deuda y beber algo. Cogí al bueno de Cancerbero, monté en mi bici, y a Casa Paca.
Allí, unos vinos, unas copas y a la disco, a mover la trenza. Rechacé amablemente varias incitaciones al baile y al consumo desaforado de sustancias prohibidas. Olvidando a Felicita, al Tubo, a Joaquinito y el arma, estuve bailando inconscientemente hasta altas horas de la madrugada. Llegué a casa guiado por Cancerbero, éste enfadado por haber permanecido tanto tiempo en el guardarropa de la disco, al cuidado, eso si, de la encargada, una chica de confianza que le hizo carantoñas.
Al día siguiente, por la mañana temprano, me despertaron unos violentos golpes en la puerta de mi digno domicilio. Salté de la cama y antes de abrir apliqué mi ojo bueno a la mirilla, no fuera a ser que, estando como estaban las cosas, algún desaprensivo pretendiera atentar contra mí, o alguna linda muchacha viniera a violarme.
Alegremente abrí la puerta al ver a Joaquinito, el Nino Expósito, que traía en una mano el Tubo y en la otra el revólver.
- Pasa Joaquinito.
- Doctor, -respondió el chico- ¿puedo comer algo?, estoy hambriento.
Le abrí paso, le preparé Crunchy Fruits con leche y escuché con paciencia y resaca las explicaciones que me debía y que traslado al siguiente capítulo.
-No conocí madre ni padre, aunque sé que los tengo, o los he tenido, pues a pesar de mi corta edad sé que para nacer los mamíferos necesitamos de ambos, salvo que se recurra a la clonación, que entiendo que no se ha practicado con humanos todavía. Tampoco los he echado de menos, pues nunca he sabido lo que es una familia, ni el cariño de un ser querido. Me crié en un orfanato dirigido por unos hermanos maristas que proporcionaban a los niños que allí vivíamos educación y sustento. Allí pasé mi primera infancia, y creo que era feliz, pues naturalmente y a falta de otras referencias, creía que todos los niños del mundo vivían en iguales condiciones. Por aquella época no me sentía yo diferente, eso vino después. Los maristas nos trataban con respeto, y a pesar de que imponían una disciplina férrea no nos maltrataban ni abusaban de nosotros como luego he sabido que sucede en algunos lugares. Nos dedicábamos principalmente al estudio y a la oración y nuestra vida creo que era en líneas generales agradable. Al menos no guardo recuerdos de lo contrario.
"Fue un poco después, acaso con cuatro o cinco años, leyendo la Biblia o escuchando comentarios de niños algo mayores cuando empecé a tomar conciencia de nuestra singularidad, bien porque los relatos bíblicos aludían una y otra vez a la protección que padres y madres prestaban a sus hijos, bien porque llegaban rumores de que algunos de nuestros compañeros eran algunas veces adoptados por padres, incluso se dijo de alguno al que había ido a recoger su madre biológica cuando las circunstancias se lo permitieron.
"Comencé a sentir una curiosidad tremenda por aquello, y a hacerme preguntas que por mi corta edad y el respeto casi temeroso que me inspiraban los maristas no me atrevía a trasladar. Me parecía un tema vetado para mi, casi pecaminoso, a causa de mi corta edad. ¿Le aburro, señor?
-No. Continúa, Joaquinito.
- Bien, pues vera, yo...
- Un momento, niño, ¿dices que con cuatro años te dedicabas a la oracion y el estudio de la Biblia?, me parece un poco pronto.
- Quizas fueran cinco años o seis, señor, no sé qué edad tengo ahora.
- ¿Y cómo es eso?
- Entenderá, si me deja proseguir.
-Prosigue entonces.
-Una vez nos llevaron de excursión, a una romería popular, de esas que la gente va en peregrinación y venden pulpo y rosquillas. Bien, aquel día cambió mi vida pues a pesar de mi corta edad tomé una decisión sin vuelta atrás. Por el camino vi cosas que nunca hubiera imaginado. Calles, coches, gente, era como si un nuevo mundo se abriera ante mis ojos. Luego, ya en la romería vi algo mas, vi familias, grupos de amigos, niños de mi edad jugando alegremente, oí por primera vez música profana. Comprendí que nunca disfrutaría como toda aquella gente mientras estudiase en el orfanato, y nadie salía de él hasta cumplir la mayoría de edad, que se me antojaba muy lejana. Tuve una idea, como le decía antes. Decidí escaparme, ese mismo día en aquel mismo lugar y en ese mismo instante. Fue fácil, claro, perderse entre aquella maraña de personas, palcos, mesas, puestos..., y lo hice. Me alejé primero unos metros y al advertir que nadie se daba cuenta proseguí avanzando, por el monte, entre los árboles, y seguí luego corriendo durante horas hasta encontrar un camino que tomé y recorrí hasta el final, hasta la hermosa ciudad de Pontevedra. Era un niño asustado, por supuesto, pero con una voluntad de hierro.
"Mis conocimientos sobre la vida empezaron realmente ese día. Comprendí que cuanto había aprendido hasta entonces no tenía más utilidad que la de saber comportarme en una mesa, el respeto al prójimo y poco más, pero nada práctico. ¿Como procurarme sustento, techo?
"En situaciones extremas al individuo se le aviva el ingenio y desarrolla la inteligencia, esa es una de aquellas primeras cosas que aprendí. Aprendí también que en los países como éste, democráticos y con cierto nivel de civilización, un niño que camina solo por la calle, máxime en horarios lectivos, es visto con recelo. Los adultos se preguntan qué hace ese niño tan guapete que no está en el cole, y dónde están y quiénes son esos padres que en lugar de ocuparse de su educación lo abandonan a su suerte, tan pequeñajo.
"Pero me adapté. Permanezco escondido la mayor parte del tiempo. Por las noches, sigilosamente, salgo a por algo de dinero, no necesito mucho. Normalmente desvalijo a borrachos que duermen, como usted, a quien ya he vaciado los bolsillos en varias ocasiones, circunstancias y lugares, que en su caso, señor, son normalmente inverosímiles, como hoy mismo. Luego, por la mañana temprano o al atardecer, cuando los demás niños salen del colegio, voy a hacer la compra a un gran supermercado, para pasar desapercibido y hago una lista de la compra con una letra primorosa por si alguien se pone curioso, para enseñársela y decirle que me envía mi mami. Y esa es, en líneas generales mi historia, que como usted ve, es corta e intensa.
"Hoy volví a verle a usted, subiéndose a este camión de transporte de prensa, borracho perdido como casi siempre, y subí a mi vez con ánimo de robarle, pero mientras estaba yo agazapado tras esa pila de revistas de ahí, esperando a que usted quedara inconsciente, el camión arrancó, y aquí estamos ahora usted y yo camino de Valladolid.
- ¿Valladolid?
- Si, señor. El camión va todos los días con la prensa que no se ha vendido, y allí lo espera otro que trae la prensa de Madrid. Se intercambian la carga y cada uno vuelve a su sitio. Lo sé porque algunas veces me escondo cerca de la casa del chófer, junto a su taller, y soy muy observador.
-Ya me doy cuenta, ya. Y dime, Joaquinito, cuando llegué yo, ¿venía solo?
-No, señor. Lo traía a usted una dulce señorita que ya ha estado alguna vez en su taller. Usted salió del coche lujoso de ella, babeando, musitando estupideces. Me extrañó el hecho de que ella, lejos de mostrarse enojada como suele ser cuando una persona lleva toda la noche aguantando a un borracho, por el contrario, mostraba una sonrisa indulgente. Se despidieron y cuando ella arrancó, usted en lugar de entrar en su taller se subió trabajosamente a este camión. Supongo que su primera idea fue la de dirigirse a su casa, pero en su estado...
Siguiendo las instrucciones de Joaquinito, el Niño Expósito, cuando el camión paró nos bajamos inmediatamente y estuvimos escondidos mientras los conductores procedían al intercambio de cargas. Luego, justo antes de que arrancara nos volvimos a subir y vuelta a Pontevedra. Aproveché para echar un vistazo, pues como ya he dicho nunca había salido de mi ciudad. Valladolid, Doctor Padín, es una mierda, yo esperaba algo más, la verdad. Consta de una gasolinera con tienda y cafetería en la que trabajan no más de cinco habitantes. Tiene un estacionamiento grande para que paren los camiones con prensa de Madrid. No se puede pedir más a una ciudad de nueva construcción plantada en una autovia.
- Niño, ¿quieres trabajar?
- ¿Trabajar para usted?
-Sí, ayudándome en mi taller. Yo empecé así, como ayudante del Doctor Padín, y mírame, ahora soy mi propio jefe. Así yo tendría mas tiempo libre...
- ¿Más? Si usted no pega golpe...
- ... y tú podrías vivir en mi taller, y dejar de esconderte. Yo sería tu cobertura.
- Señor, no quiero ofender, y no me malinterprete, pero los lugares donde yo me escondo son palacios al lado de su inmundo taller, pero acepto, ¿me pagará?
- Bueno, algo sí te pagaré, y te daré cobijo. Seré tu maestro y algo así como si dijéramos un padre adoptivo. No me volverás a robar al menos hasta que tengas edad. ¿Aceptas?
- Bueno. Gracias.
- Oh, no me des las gracias. Tu historia me ha conmovido, ¿sabes?, algún día te contaré la mía, que no es mas grata.
- ¿Señor?
- ¿Sí, Joaquinito, el Niño Expósito?
- Yo he visto como mataba usted al extranjero, pero no diré nada. Usted se defendía.
- ¿Lo viste?, ¿viste como lo neutralicé con un golpe certero primero y con la bici después? Estuve hábil, y todo sin dejar de menear la melena, ¿eh?
- Bueno, bueno, sí, aunque también el pobre señor aquel tenía más de cien anos y ni podía casi con su Smith and Wesson.
- En fin, niño, vamos a dormir un rato.
- ¿Me dejará jugar con su bici?
-Claro, cuando a mi no me haga falta, pero sin quitar los ruedines, ¿eh?, y a cambio tu te encargarás de mantenerla limpia y engrasada.
- Bien.
- Y no me llames señor. Me llamo Doctor Eugenio del Río, pero puedes llamarme Doctor a secas.
- ¿Me dejará mirar con su Tubo?
- ¿Tú sabes lo del Tubo de Mirar?
- Ya le dije que soy muy observador.
- Ya hablaremos, ahora duérmete.
- ¿Señor?
- Doctor.
- ¿Doctor?
- Dime
- Ya estamos en Pontevedra.
- Vaya, hombre, necesito dormir. Toma las llaves del taller. Descansa un poco y después límpialo bien. No toques el Tubo, bajo ningún concepto. ¿Sabes dónde vivo?
-No.
Le di la dirección de mi casa e instrucciones para que cuando terminara de limpiar viniese a comer algo.
Y así fue como conocí a mi ayudante, Joaquinito, el Niño Expósito.
Invitaba ella. Entramos en el restaurante, pedimos una mesa y la ocupamos. El camarero nos presentó la carta y yo pedí los platos más caros sin molestarme en leer el texto. Me sirvieron de primero unas cocochas que rechacé por su aspecto gelatinoso, y un segundo plato que recibí con vítores por su alegre colorido.
- Debe usted tener mucho cuidado, Eugenio -recomendó Felicita a los postres-, es evidente que alguien que carece de escrúpulos sabe algo y no parará hasta obtener lo que le interesa. Si usted quiere puedo hablar con mis hermanos. Ellos podrán protegerle.
- ¡Oh, es usted muy amable, amiga mía, pero creo que me las puedo arreglar de momento!
Todavía la paliza que me propinaran Amoroso y Armonio pervivía nítidamente en mi memoria y las secuelas de aquello, para mi desgracia, eran notorias, pues por más que lo intentaba, no conseguía mantenerme en pie sobre la pierna izquierda si simultáneamente pelaba melocotones. No. Definitivamente no quería más encuentros con los hermanos Fidalgo.
-Entiendo que no quiera involucrar a más personas pero usted necesita protección, Eugenio, no puede seguir solo con esto, y yo no soy más que una confidente fiel pero de poca ayuda en caso de peligro.
-¿Teme usted por mi seguridad?-inquirí esperanzado.
-Sí, sí, claro, y por el Tubo.
-Felicita, es hora de que me sincere, empujado por este vino tan caro y animoso. Vaya por delante que yo confío plenamente en usted, pero mi vida se ha visto en peligro, por primera vez un hombre me ha apuntado con un arma de fuego y, créame, nunca antes mis pantalones se habían manchado con mis deposiciones estando yo despierto, o sereno, o ambas cosas. Debo preguntárselo aunque conozca la respuesta. Felicita, ¿me ha traicionado usted?.
- Comprendo su recelo, Eugenio,-contestó ella-entiendo que desconfíe de todo el mundo, pero créame, soy su amiga, quizás la persona en la que más pueda confiar usted.
- Quería oírselo decir.
- ¿Me cree?
- ¿Nos desnudamos?
- No.
-Bueno, ¿puedo pedir un Sol y Sombra?
- Sí.
-Gracias. Señorita -mi mente, separada del cuerpo por efecto del alcohol, hablaba sin permiso-, ¿por qué es usted tan dura y cruel? Sabe lo que siento por usted, sabe que mi vida gira en torno a su mirada, ¿será capaz de rechazarme una y otra vez hasta que yo languidezca y muera de pena y desamor? Si su corazón no está ocupado en otra persona o ser vivo, ¿por qué no me da otra oportunidad? No encontrará, así viva usted mil años, al menos de los 55 en adelante, un hombre dispuesto a entregarse a usted como lo estoy yo. Sólo vivo con la esperanza de verme algún día correspondido. Dígame, dulce Felicita, ¿puedo albergar esa ilusión; ¿hay posibilidades de alcanzar a ver sus pechos, cántaros de miel, cómo reverberellan?
- Si me lo pide así, tendré que pensármelo -contestó riendo.
- Con eso me basta -y de pura esperanza vomité el plato multicolor sobre la propia muchacha, y tras formular una disculpa sentida, desmayéme.
Desconcertado, desperté al notar que alguien hurgaba en mis bolsillos, situación tanto más extraña cuanto me encontraba durmiéndola entre montones de periódicos y revistas, en el interior de un camión de reparto, camino de Valladolid, a saber cómo y porqué.
Un chiquillo pretendía robarme. No tendría más de una docena de años, según calculé mientras le apretaba el pescuezo.
- ¿Quién eres?
- ... -el niño, claro está, no podía hablar-
- ¿Quién eres? -repetí aflojando un poco la presión.
- Joaquinito -respondió jadeante.
- ¡Joaquinito qué! -apremié.
- Joaquinito, el Niño Expósito.
- ¿Por qué intentas robarme, chaval?
- Para tener dinero, señor.
A pesar del miedo que denotaba su desencajado semblante, me miró como si no entendiera la pregunta.
- Tranquilo, no voy a hacerte daño.
- Gracias.
- ¿Qué haces tú aquí, dónde están tus padres?
Joaquinito, el Niño Expósito, me refirió entonces su historia, que consigno en capítulo aparte.
Escondí provisionalmente el Smith and Wesson en el primer cajón de mi mesa, y esto hecho, examiné detenidamente el contenido de la cartera, que paso a enumerar:
4.000 euros en billetes de 500 euros, que pasan a mi bolsillo.
30 dolares a los que doy igual destino.
7,42 euros en calderilla que pasan a mi bolsillo.
7 tarjetas como la que me dio a mí, que sumadas a esta ultima hacen un total de 8 tarjetas que quemo inmediatamente para no dejar pruebas.
Otros papeles que también quemo al instante por el mismo motivo, escritos presumiblemente en inglés u otro idioma pagano.
Y nada más.
Intento destruir la propia cartera pero al ser de piel no arde con facilidad. Rompo la cartera por las costuras obteniendo como resultado nueve rectángulos de piel que guardo en el archivo de los objetos estudiados con mi Tubo. Precipitadamente les pongo a cada uno una etiqueta con un número y la leyenda "pendiente de nuevo estudio".
Apenas hecho esto, suenan unas sirenas y acto seguido unos golpes en la puerta. Acudo a abrir sin demora. Un policía nacional uniformado.
- Buenos días -me mostraba la placa.
- Buenos días.
- Soy el inspector Papichulo. Tengo que hacerle unas preguntas. Un hombre ha aparecido muerto frente a su puerta, ¿sabe usted algo?
- ¿Un hombre muerto?, ¡por Dios, la Virgen y todos los santos!- exclamé- no tenía ni idea.
- ¿Le importa acercarse? Tal vez sea un vecino y pueda usted ayudarnos a identificarlo.
- En absoluto, inspector Papichulo, aunque en honor a la verdad espero no conocerlo -salimos y allí estaba Yómfili Sebas tal y como yo lo había dejado, si acaso un poco verde.
Papichulo tomó una libreta de su bolsillo y extrajo un bolígrafo del interior de su chaqueta.
- ¿Reconoce al difunto?
- No.
- ¿Ha oído usted algún ruido o notado algo sospechoso en las últimas horas?
- No.
- ¿Vive usted por aquí?
- No.
- ¿Trabaja usted aquí?
- Sí -trataba yo de dar respuestas cortas para no comprometerme.
Mi experiencia me había enseñado a comportarme en un interrogatorio, siendo yo culpable como era en este caso y los otros, con gran circunspección. Pero nunca antes me había visto involucrado en un asunto de tal magnitud como la muerte de un ser humano y temía que respuestas largas y evasivas alargaran el asunto y consiguieran comprometerme.
- ¿En qué trabaja?
- Aquí en mi taller.
- ¿A qué se dedica en su taller?
- Soy inventor.
El inspector me miró así como entre sorprendido e incrédulo.
- ¿Inventor, dice usted?
- Sí.
- ¿Y ha inventado usted algo?
- Sí.
- ¿Como qué?
- No se lo puedo decir, inspector. Mis inventos son secretos.
-Ya, ¿su nombre?
Tomó mis datos y me pidió que no me moviera del sitio. Él se dirigió a su coche y estuvo unos minutos hablando por la radio.
- Eugenio del Río Pérez -dijo al volver- parece usted un hombre problemático, a juzgar por sus antecedentes.
- Marqués del Valle de Ostende -añadi para ganarme su respeto- soy un grande de España, inspector Papichulo, y esos antecedentes a los que usted alude no me convierten en sospechoso de asesinato, creo.
- Yo no he dicho que este hombre haya sido asesinado.
- Pero se comporta usted como si lo hubiera dicho, inspector, con tanta pregunta y tanto antecedente.
- El caso es que el cadáver presenta claros signos de violencia. A simple vista se observan golpes en una pierna y en la cabeza.
De pronto, surgidos de la nada, comenzaron a aparecer personas que encontraban al azar instrumentos y todos empezamos a tocar y a cantar. El resultado dejaba algo que desear, lo que parecía natural si tenemos en cuenta que la pieza que interpretábamos era el Magnificat de C.P.E. Bach completo, pieza de difícil ejecución. Debo decir que para ser una obra que nunca antes había escuchado, mi papel de barítono tenor resultó al menos digno, si bien flaqueé en un par de notas inalcanzables desde el momento en que la orquesta llegaba tres octavas por arriba. El "gloria" final quedo algo menos apoteósico de lo esperado, aunque el coro no desmereció. Tristes fueron los solos de la soprano, a cargo del inspector Papichulo, que movían a vergüenza ajena. Nada que añadir.
- ¿A qué hora llegó usted a su taller? - preguntó Papichulo cuando nos hubimos quedado nuevamente solos.
- No sabría decírselo con exactitud. Cerca de una hora, quizás.
- ¿Tiene testigos?
-No lo sé, inspector, pero inmediatamente antes de venir hacia aquí pasé por una tienda de fotos a revelar un carrete. El dependiente se lo confirmará.
- Bien, señor del Río. Con esto me basta por el momento. No obstante le hago entrega de una tarjeta por si recuerda algo que pueda ser de importancia para mi. No dude en llamar.
- Lo tendré en cuenta.
- Y no se aleje de la ciudad. Es posible que vuelva a necesitarlo.
- Descuide, nunca he salido de la ciudad.
Tras la marcha del inspector quedé sobrecogido. Tal sucesión de acontecimientos sin pausa cuando menos movían a reflexión. El comportamiento del empleado de los revelados, la súbita aparición del norteamericano, el consecuente interrogatorio. No me pesaba la muerte de Sebas, fuera quien fuese. Al cabo había sido él quien me amenazara a mí.
¿Quién me traicionaba? Por descontado, mis sospechas recaían sobre el muchacho de las fotos, toda vez que la otra persona que estaba al tanto de mis hallazgos era la única en quien yo confiaba, mi amada, mi amiga, la causa de mis desvelos y mi inspiración.
Doctor, la dulce Felicita Fidalgo.
A pesar de todo necesitaba salir de dudas, y por ello decidí llamarla, hablar con ella y que de sus sensuales labios saliera la confirmación.
- ¿La senorita Fidalgo, por favor?
- Al habla.
- Felicita, es urgente que nos veamos.
- ¿Quien habla, por favor?
- Soy yo, Eugenio.
- ¿Eugenio?
- Si, Eugenio, ya sabe, el de las sandalias de charol, que Ie llevó un pato cojo para arreglar.
- ¡Ah, Eugenio, es usted!, ¿hay novedades con el Tubo? - el Tubo, siempre el Tubo, sólo le interesaba el Tubo.
- Pues sí y no, Felicita. Es un asunto muy delicado, tengo que hablar con usted en persona.
- Bien, veamos..., ¿podemos comer?, ya es casi la hora, yo salgo en quince minutos y puedo tomarme la tarde libre.
- Bien, ¿puede recogerme en mi taller?
-Espéreme en el taller.
Mientras dábamos vueltas en el coche de Felicita, un formidable vehículo tan nuevo como caro como limpio como grande, le puse al tanto de lo sucedido. Al fin encontramos un restaurante que nos pareció propio. Ella invitaba.