Cuando era un niño de apenas diez años, Jiddu Krishnamurti (1895-1986) fue elegido por la Sociedad Teosófica como futuro "Instructor del Mundo", una especie de Mesías que salvaría a la humanidad. Fue educado en Londres, por aquello de preparase para la gran tarea, formado como el futuro líder espiritual de la poderosa Sociedad Teosófica.
Se creó al efecto una secta de la que Jiddu K., con dieciséis años entonces, fue nombrado líder. Las donaciones empezaron a llover: un castillo en Holanda, millones a mansalva, tierras, casas... La secta, llamada 'Orden de la Estrella', llegó a tener más de 45.000 seguidores en todo el mundo que adoraban a su líder. Así llegamos a 1929, año en que Krishnamurti ya con la madurez de sus treinta y cuatro años debía ser investido como "Instructor del Mundo". Dieciocho años llevaban todos esperando el gran momento.
Ante tres mil adeptos y muchos más siguiendo arrebolados el solemne acto por la radio, el día señalado, Krishnamurti dejó a todos pasmados al pronunciar un discurso muy diferente al previsto: disolvió la 'Orden de la Estrella' y pidió a sus fieles que renunciasen a todo tipo de organización, asociación y liderazgo. Un discurso cuya lectura completa, que no lleva más de cuatro minutos, es perfectamente recomendable. Inmediatamente después de pronunciarlo, mandó devolver las donaciones millonarias, las casas, las tierras y el castillo de Holanda.
"Seguramente recordarán la historia, cuando el diablo y un amigo caminaban por una calle y vieron frente a ellos cómo un hombre se detenía y recogía algo del suelo, lo miró y lo guardó en su bolsillo. El amigo le preguntó al diablo: "¿Qué recogió ese hombre?". "Recogió un trozo de la Verdad", le contestó el diablo. "Eso es entonces mal negocio para ti", dijo su amigo. "Oh, no, en absoluto", replicó el diablo, "voy a dejar que la organice."Jiddu Krishnamurti dedicó el resto de su vida a dar charlas recomendando a sus oyentes que, ante todo, aprendieran a tener criterio propio y a no crear jaulas mentales en las que encerrarse.