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lunes, 8 de noviembre de 2010

Ramoncín.


Jano/Cota

Poco habrá que destacar de los más de 30 años de carrera musical de Ramoncín. En sus comienzos cometió varios errores, entre ellos la elección de un nombre artístico que demuestra que esperaba para sí un recorrido corto como cantante. No tenía fe en sus posibilidades y se hizo llamar Ramoncín, un alias a todas luces imaginado para ser efímero. Son decisiones que luego pesan como una losa. Si hubiese elegido otro nombre, Felipe, por ejemplo, no le hubiera ido mejor, pero tiene más gracia insultar a un tío que se llama Ramoncín que a un Felipe. Como sobrenombre alternativo el público le puso el de "El Rey del Pollo Frito", que es más gracioso, si cabe. Ese fue otro error. La canción estaba dedicada a un ejecutivo de la industria discográfica, pero la letra fue malinterpretada por el público y el apodo se lo quedó el propio Ramoncín. Las canciones de aquel primer disco, por cierto, fueron robadas al coautor, Jero Ramiro, ex-miembro de su banda. Aún no sentía Ramoncín el apego a la propiedad intelectual del que haría gala años después. Tampoco ha desmentido jamás esa acusación ni ha dado un único paso para cerrar las páginas que relatan aquel atraco, incluida la del propio Jero Ramiro. Así, quien sería el paladín de los derechos de autor, comenzó su carrera apropiándose de la autoría de sus primeras canciones.

Luego, su trayectoria artística estuvo llena de altibajos, con claro predominio de los bajos. En los ochenta, años antes de intentar empapelar a un adolescente que se descarga una canción, cantaba una pieza titulada "Hormigón, Mujeres y Alcohol" en la que recomendaba el consumo desmedido de alcohol. Muchos le hicimos caso. Llegó a rozar la dignidad con la yema de los dedos con otro tema, "Como un Susurro", en el que colaboraba Brian May. Alguien, seguramente un representante heroinómano con necesidad de dinero fácil, convenció al guitarrista de Queen de que aquello era una buena idea. No lo era.

Ramoncín siguió dando tumbos. Escribió un "Tocho Cheli", sea eso lo que sea, que nadie necesitaba; se convirtió en un contertulio de aire chulesco, apoyado en ese hablar barriobajero que nunca le abandonó. Se operó la nariz y le quedó peor. Y luego vino la SGAE. Consciente del daño que puede causarse con el robo de una propiedad intelectual, quizás porque él mismo había robado la de sus compañeros, se convirtió en el azote de los top manta. Al respecto, dijo Sabina que en los top manta no había discos de Ramoncín porque estaban más baratos en las tiendas, y es verdad.

Con la SGAE, y eso es un mérito que algún día se le reconocerá, nuestro personaje consiguió algo que nadie había logrado. Ni el Imperio Romano, ni los Reyes Católicos, ni Napoleón: poner de acuerdo en algo a todos los habitantes del Estado español. Por una vez en nuestra larga Historia, mujeres y hombres de izquierdas y derechas, nacionalistas, independentistas, homosexuales, homófobos, blancos, negros, asesinos, misioneros, extranjeros, emigrantes, enanos y bomberos, absolutamente todos, coincidimos en odiar a Ramoncín. Tiene algo de emotivo ver a todo un pueblo unido por una causa común.

Ahora está intentando relanzar su carrera artística, si es que algún día existió. Fue expulsado a pedradas de un festival de Rock, y lo último que sabemos de él, aparte de que cerró el canal de El Jueves en Youtube, es que pisoteó la memoria del pobre Kurt Cobain destrozando una de las emblemáticas canciones de Nirvana sin que nadie lo haya puesto a disposición judicial.

Nadie tampoco se ha preguntado si Ramoncín merece otra oportunidad. Por si acaso, la respuesta está en el viento.

Hablando de viento, podemos ver y escuchar el último intento de suicidio de Ramoncín, "Viento de Otoño".  Aquellos que no estamos especialmente dotados para la danza recibiremos una lección impagable. ¡Así se baila, maestro!