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sábado, 11 de septiembre de 2010
Ricardo Outeiriño.
Tuvimos durante la primera mitad del siglo pasado grandes escritores que hicieron periodismo y grandes periodistas que hicieron literatura. Estaba Julio Camba, o Fernández Flórez, dos de los más grandes. En Pontevedra tuvimos también a los Landín y en Ourense al genial Ricardo Outeiriño, que es al que nos dedicaremos hoy.
Tenían todos ellos una prosa impecable y en sus tiempos gozaban de merecidísima fama. Escribían como se escribía entonces, con claridad cristalina y con elegancia.
La Historia ha sido terriblemente injusta con aquellos grandes autores, o lo es de momento, pues algunos pueden tener todavía la suerte de ser rescatados en adelante.
El caso de Outeiriño es especialmente doloroso. Baste decir que tras mucho buscar alguna imagen suya para ilustrar este texto, apenas encontré tres, todas ellas imposibles de robar, dicho sea de paso, con mis nulos conocimientos de informática. Tres imágenes desvalidas para quien fue director de La Región durante casi cuatro décadas, desde principios de los años treinta hasta finales de los sesenta. Los homenajes, las pompas y la calle dedicada, todo eso, se lo envainaron los orensanos, olvidando a quien durante tantos años fue el motor cultural de su ciudad.
Yo recibí hace poco uno de los mejores regalos que me han llegado en mi vida, en forma de ejemplar de la obra "Cuentos de Orense", de Ricardo Outeiriño, publicada en 1979. Una recopilación de más de cien relatos escritos por el gran autor, sospecho que a lo largo de su vida (1904-1986), y así fue como tuve noticia de su obra y de su propia existencia.
Se encuentran muchas cosas en "Cuentos de Orense", y principalmente un sentido del humor casi tierno. Mientras otros, como Fernández Flórez o Camba eran especialistas en el golpe de efecto, en la búsqueda del gag desternillante, el humor de Outeiriño es un humor reposado, pausado, lento, constante e igualmente efectivo. Fue un escritor y un humorista que no sacrificaba el argumento por la consecución de un resultado efectista. Eso es algo muy difícil de conseguir. Arrancar al lector una sonrisa emocionada es inalcanzable para la mayoría de los escritores.
Cuando un autor sabe que es bueno escribiendo no suele hacerlo con humildad. Necesita demostrar en cada línea su genialidad, quizás porque eso es lo que se espera de él, o tal vez por un ejercicio de autocomplacencia incontrolable. Eso no es malo siempre que funcione, pero el caso de Outeiriño es bien distinto. Se sabe bueno, se sabe grande, y acaso necesita cada día un ejercicio de introspección para no caer en la llamarada estilística. Esa lucha contra su vanidad le convierte en un genio. Es enternecedor cómo cuenta su pelea diaria con sus hijos (tuvo 16) para rezar el rosario. Y es un logro que eso resulte emotivo para una persona como yo, que ni he rezado un rosario en mi vida ni tengo intención de hacerlo en un futuro.
Ricardo Outeiriño es un escritor alegre, limpio, eficaz. Escribe como siente y siente lo que escribe; es sincero, directo, y llega al fondo de sus personajes con una facilidad pasmosa. Es uno de esos pocos autores que te dejan el deseo de ir a buscarlos a su casa para que te inviten a un café y te hablen durante horas. Y sobre todo, que es algo que siempre viene bien, consiguen que recuperes la confianza en la literatura, que es algo que hoy se pierde con extrema facilidad. Ya solamente leemos a autores acomplejados y atormentados. La obra de Ricardo Outeiriño es la genialidad de una persona normal. Hace más de medio siglo que eso ha dejado de existir.
Y como no era cosa de poner a Ricardo Outeiriño música de Los Suaves, escuchamos a otro grupo orensano, Burgas Beat. "Cuando llegue el buen tiempo". Sea.
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