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lunes, 30 de enero de 2012
Carme o Alfredo
Entre Carme y Alfredo hay notables diferencias: él tiene barba y es calvo; ella no. Ninguno de los dos será presidente del Gobierno dentro de cuatro años. Alfredo si se convierte en Secretario General será un candidato de transición. Sus oportunidades se acaban por razones de edad. Dentro de ocho años tendrá setenta, y a los setenta años un político sólo puede ser senador o estar muerto. Creo que el próximo presidente que dará el PSOE está ahora en el instituto haciendo lo que hacen de toda la vida los jóvenes socialistas: fumar cosas ilegales disfrazados de terroristas palestinos.
Carme, por su parte, es una bienintencionada que envejece prematuramente. Si gana el congreso, en cada una de las bolsas de sus ojos pronto cabrá un portaaviones, y puede que entonces sí se convierta en una mujer poderosa. Lo que no se entiende es que alguien quiera ahora gobernar el PSOE, un partido en caída libre que pronto puede que ya no mande ni en Ferraz. Ahora mismo, a la sede del PSOE llega uno de la Ejecutiva y pide un café y no se lo traen: "que te lo traiga tu puta madre, que tú ya no eres nadie, compañera o compañero". Ser Secretario General del PSOE es un cargo tan apetecible en este momento como la presidencia de España o de Nueva Rumasa, que ya vienen siendo la misma cosa: la responsabilidad de administrar la ruina y la imposibilidad de sacarnos de ella.
Así que da un poco igual quién gane el congreso. Me entretiene más por ejemplo la próxima asamblea del BNG, donde hacen estas cosas como hay que hacerlas: a hostias, con dos modelos diferentes y divergentes y amenaza de escisión. Ahí es donde los gallegos nos jugamos algo más que en el congreso socialista, que aquí parece cosa entre madrileños y catalanes y para eso ya están Mou y Pep.
Yo a Carme y Alfredo les diría aquello que le escribía Horacio a Vinio Asina al final de su Epístola XIII: "Vete, ten salud y procura no equivocarte", aunque para no equivocarse llegan tarde los dos.
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lunes, 7 de noviembre de 2011
Rubalcaba
Rubalcaba pasa por la campaña con la tranquilidad de saber que es el único de todos los candidatos que no se juega nada. Es un hombre sin objetivo.
Rajoy aspira a una mayoría absoluta, partidos como UPyD o Izquierda Unida confían en crecer o consolidar resultados anteriores, todos los nacionalistas quieren grupo parlamentario propio. Incluso los partidos minoritarios o excéntricos albergan la secreta esperanza de conseguir representación.
Rubalcaba no. Rubalcaba es como uno de esos que corren el maratón de Nueva York solamente para ver qué pasa. Saben que no van a ganar, que no van a mejorar su marca personal, que ni siquiera van a llegar a la meta. Por jugar, ni se juegan una apuesta con un cuñado: "No tienes huevos a correr el maratón de Nueva York". Simplemente van allí, se ponen un dorsal a la espalda y ni ellos sabrían decir qué hacen allí. Cuando suena el pistoletazo de salida no tienen claro si echar a correr o mejor ir tranquilamente caminando al bar más cercano a ver la carrera mientras se beben una cerveza.
Rubalcaba sólo sabe que no va a ser presidente, que no volverá a ser candidato, que quizás ni le dejarán ser jefe de la oposición. Tampoco parece preocupado por ello. Se ha vestido el dorsal sin saber muy bien por qué y ha salido al trote, un trote borriquero, perplejo y dubitativo que lo encamina a ningún lado. No se ha molestado ni en ponerse una peluca rosa para llamar la atención, no busca una cámara para que la familia lo vea saludando por la tele, ni se pica con el que corre a su lado para al menos encontrar una excusa que justifique su presencia en la carrera. No sabe qué hace allí, ni sabe a dónde va ni quiere averiguarlo.
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jueves, 8 de septiembre de 2011
Las claves de la entrevista perfecta
Sé de pocos entrevistadores buenos, y ninguno de ellos ha hecho la entrevista perfecta. Oriana Fallaci se aproximó en alguna ocasión, mucho antes de volverse nazi.
Un periodista se desplaza a la sede de un partido para entrevistar al líder. Cree que va a hacer la entrevista de su vida. No se da cuenta hasta que la cosa acaba, pero tanto él como el entrevistado y los lectores saben de antemano cuáles son las preguntas y las respuestas. Tanto derroche inútil de tiempo y esfuerzo.
Ir con Rubalcaba o con Zapatero y preguntar sobre economía, pongo por caso, es una estupidez: en primer lugar porque ninguno de los dos tiene ni puta idea sobre economía; luego, porque la respuesta será invariablemente una mentira prefabricada. Y finalmente porque la economía española la dirigen los alemanes, que de siempre han sabido de esas cosas mucho más que nosotros, que somos más de echar la siesta que de echar las cuentas.
Lo que el periodista debería preguntar es si existe la vida extraterrestre, por ejemplo, o qué pasa cuando nos morimos. Una respuesta razonada sobre esos asuntos nos permitiría conocer al candidato mucho mejor que cuando habla de política. Y ya puestos, sería muy útil preguntar sobre lo que de verdad interesa a los españoles: "¿Cree usted, señor Rubalcaba, que la herida de Víctor Sandoval fue provocada por la picadura de una araña o si, tal como mantiene su ex-marido Nacho Polo, se autolesionó con un cortauñas?"
Y, ya que los políticos son mentirosos por definición, el entrevistador podría acudir con un polígrafo. No entiendo que en Telecinco, que tienen un almacén lleno de polígrafos, no los utilicen para entrevistar a un candidato: "A la pregunta de si considera que Belén Esteban es realmente la princesa del pueblo, el señor Rajoy ha contestado que no. Y el polígrafo determina (pausa dramática)... que miente".
Debería aprovecharse además para pedir a los políticos que muestren sus habilidades: "¿Sabe usted bailar? Pues baile, que yo lo vea". Y con pie de foto: "Esperanza Aguirre baila claqué sobre la mesa de su despacho".
Porque estudiar una carrera y encontrar un trabajo para acabar preguntando a un político sobre política es la peor manera de tirar toda una vida por la ventana. Y no puede haber nada más frustrante que la vuelta a casa.
- ¿Qué tal el trabajo, hijo?
- He entrevistado al alcalde.
- Ah, vaya, otra vez. ¿Qué ha dicho?
- Nada, como siempre.
- ¿Has cenado?
- Déjalo, mamá.
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