martes, 26 de mayo de 2009

Corrección de textos.



Comenzaremos aquí una serie de artículos bajo la etiqueta "Corrector de textos".
Intentaremos aquí responder las preguntas más frecuentes que se hace un escritor antes de decidirse a entregar su obra a un corrector. Daremos una serie de pautas que debes seguir antes de elegir a tu corrector y te indicaremos aquello que te puede resultar de utilidad en tu relación con él.

Si eres corrector de textos, o quieres serlo, también encontrarás aquí consejos que te serán de utilidad.

Hemos comprobado los correctores, a lo largo de estos años, que a los autores (sobre todo a los noveles), con frecuencia les resulta difícil dar el paso de mostrar su obra. En realidad no se dan cuenta de que el paso más complejo ya lo han dado al escribirla. Ya son escritores, por tanto. Y un escritor sin lectores es un jardín sin flores. El proceso de escritura obedece por lo general a una necesidad o a un deseo de comunicarse. Para eso precisamente surgió la escritura.

Si ese es tu caso, lo primero que debes comprender es que el corrector está acostumbrado a manejar todo tipo de textos, todo tipo de géneros literarios, y, más aún, está acostumbrado a trabajar con todo tipo de autores. El buen corrector no juzga tu obra. El buen corrector tiene la obligación de dar a tu obra el acabado perfecto para que la puedan leer aquellos que la juzgarán: editores y lectores. El corrector sabe lo que necesita un texto, pues ante todo, el corrector es lector y escritor (o debe serlo). Aún así, ese temor es comprensible. Has de entregar tu obra a una persona desconocida. ¿Cómo saber si es la persona adecuada?

Para responder a esta pregunta debes saber ante todo qué es lo que debes exigir a un corrector, y qué es lo que puedes esperar de él. Y, sobre todo, debes saber cuál es tu posición como autor. Es cierto que debes poner tu obra en manos de otra persona, pero ante todo has de tener claro que tú eres el autor, que tú eres el que paga y, por tanto, tú eres el que exige. También has de saber que cada sugerencia o indicación que proponga el corrector viene de una experiencia que él tiene y tú no. Dicho esto, tú eres el dueño de la última palabra, de la decisión final. Tú eres el autor, tú firmas la obra y sólo tú responderás por ella, para lo bueno y lo malo.

Cuando le digo a un autor, o autora, “tú decides”, suelen tener una primera reacción de sorpresa. Alguno me dijo hace poco, mientras buscábamos la solución a un problema argumental: “entonces, ¿para qué te contraté?”. Mi respuesta fue sencilla: “para que tú tengas todas las opciones de control sobre tu obra. Podemos dejarlo como está, podemos cambiar un par de párrafos, podemos eliminarlos, o ampliarlos. Incluso tú, como cliente, puedes ordenarme que la decisión sea mía. Mi consejo es que te lo pienses y me comuniques tu opción.”
Al día siguiente me envió un correo: “Tienes toda la razón. Pero aún así no mataré al camarero hasta el capítulo XIV. Tengo otra solución.”

Esa es una de las principales premisas. El corrector nunca debe decidir sobre el hilo argumental, más que para señalar alguna incoherencia que se le haya podido colar al autor, como era el caso. El argumento es intocable, y es potestad única del autor. Cuando un corrector decida por ti, sin tu permiso, despídelo. Otra cosa es que lo hayas contratado como redactor o como “negro” literario (yo prefiero la palabra “mercenario”, que se ajusta mucho más a la realidad y es, por supuesto, más correcta), pero de eso hablaremos cuando toque.

Pero aún seguimos sin concretar la respuesta a nuestra anterior pregunta: ¿cómo puedo saber que un corrector es la persona adecuada? En posteriores entradas resolveremos definitivamente esta cuestión.
rocogo2005@hotmail.com


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