sábado, 20 de agosto de 2016

Rafa Córdoba






Hace no sé cuántos años, un día, conocimos todos a Rafa Córdoba. Apareció por Pasarón con su megáfono y empezó a incordiar. Se metía con los árbitros, con los entrenadores, con los presidentes, con los linieres, con los jugadores que calentaban en la banda, con los concejales que iban al palco. En cosa de dos o tres partidos, era un personaje imprescindible. Y aparecía después en el Entroido, en la Feira Franca o en cualquier oro evento. Empezamos a quererlo mucho antes de saber quién era. Pasó de ser un vecino como cualquier otro a convertirse en una de las personas más apreciadas de la ciudad.

Hace unos siglos, los bufones eran personas tan respetadas que se institucionalizaban. Los reyes tenían en la Corte a bufones oficiales y les ponían un sueldo grandioso. No es que tuvieran el derecho de reírse de los poderosos; era su deber. Les pagaban por ello cantidades obscenas. Con el tiempo, su papel se fue desdibujando y el bufón, como luego el payaso, se convirtió en un personaje despreciable. La explicación es sencilla: mientras el bufón era mantenido y designado por el rey, sus bromas eran permitidas y escucharlas era obligatorio. A medida que la democracia fue avanzando, los objetivos del bufón fueron adquiriendo poder y el bufón fue perdiendo influencia en la misma medida en que la ganaban sus víctimas.

Para Pontevedra, la entrada de Rafa Córdoba supuso la reaparición del bufón: el personaje que se ríe de todos y todas, sin distinguir entre colores, ideologías o géneros. El buen bufón, que además no se fija en quién se sonroja más o menos. Cuando Rafa se sienta a tomar un café y habla de cómo funciona el humor, se pone tan serio como cuando Filgueira Valverde hablaba de Historia o Bóveda (bendito Bóveda, que hoy lo recordamos), hablaba de nacionalismo. Para Córdoba el humor es importante, y cuando todos tiemblan al verlo aparecer, temiendo ser su próximo blanco, él es el hombre más feliz del planeta. Rafa Córdoba es un bufón vocacional que jamás ha pedido nada a cambio de hacernos reír, un bufón callejero y gratuito que nos pone frente a un espejo y nos dice quiénes somos y nos explica el porqué.

A Rafa Córdoba lo queremos por eso, porque nos enseña tanto sobre nosotros, porque nos retrata, porque sabe reírse de los demás como de sí mismo; porque otros cobramos por hacer lo que él hace gratis; porque es la persona más honesta que ha dado esta ciudad. Porque, según la edad que tengamos, lo apreciamos como a un hermano, como a un marido o como a un hijo. A Rafa sólo podemos odiarlo durante un par de segundos, cuando nos convierte en su objetivo, pero lo amamos el resto del tiempo. Rafa nos ha devuelto a la era de bufón. Yo solamente quiero llegar a ser Rafa Córdoba algún día, el mejor bufón de la Corte, el más talentoso, ocurrente y cariñoso.





sábado, 16 de enero de 2016

Fray Antonio no hacía milagros



Lo conocimos en Pontevedra como Antonio del Águila, aunque fue bautizado en 1424 como Antonio Torriani. El apellido Águila se lo pusimos aquí por ser natural de la localidad italiana de Aquila. Apareció en Galicia hacia 1464. Tras haber cursado estudios de humanidades y medicina en la universidad de Pavia decidió hacerse fraile agustino. Y luego, ya con 40 años, una edad que en su época casi lo convertía en un anciano, entró aquí como un extraño, peregrinando desde Italia hasta Compostela.

Eran tiempos en los que la ciencia estaba reñida con la religión. Notable médico y cirujano, una vez aposentado aquí, Fray Antonio decidió recorrer de ida y vuelta, una y otra vez, el camino entre Compostela y Pontevedra, siempre a pie, curando a los peregrinos y a cualquier otro doliente al que se pudiera encontrar. Todos acudían a él, pues pronto adquirió fama de sanar a enfermos que otros médicos daban por perdidos. Al poco de llegar a Pontevedra se extendió la noticia de que sus curaciones eran milagrosas. Él lo negaba indignado, diciendo que eran sus estudios en Pavia, sus muchos años de práctica y algunas técnicas que había desarrollado por su cuenta los que le permitían curar a sus pacientes, pero nadie le creía. Sus curas eran milagrosas, Antonio del Águila tenía un don divino y punto. Cuando un paciente se le moría era porque Dios había decidido no obrar el milagro.

Los médicos de Pontevedra y Santiago pronto se enemistaron con él, por varios motivos: no cobraba por sus servicios, era mejor que ninguno y obraba milagros, lo que lo convertía en un competidor desleal. Comenzaron a prohibirle la entrada en posadas y hospitales. Águila tuvo que pedir una licencia al arzobispo Fonseca, que se la concedió, convencido también él del carácter milagroso de sus métodos. Cuando extirpaba un tumor, como buen fraile, hacía sobre la frente del doliente la señal de la cruz, y el paciente curado salía de ahí contándole a todo el mundo que lo que lo había sanado era la bendición, no la cirugía. Así pasó el hombre seis años por aquí, tratando de convencer a todo el mundo de que no hacía milagro alguno sin que nadie le hiciera caso.

Un buen día él mismo sufrió una enfermedad que le provocó una cojera permanente y por más que explicó cuál era el origen de la enfermedad y los motivos de su cojera, todos creyeron que era una prueba divina. Comenzó a caminar apoyado en un báculo que según todo el mundo era un báculo que le había dejado Dios. Al pobre fraile le indignaba aquella insistencia en el carácter milagroso de todo lo que le rodeaba. Cuanto más se esforzaba en negarlo, más insistían todos, que achacaban esas negativas a un exceso de humildad que impedía al fraile reconocer que era Dios quien curaba a través de su elegido.

Por fin se fue de Pontevedra. Desde su orden lo mandaron de vuelta a Aquila y allá se fue caminando de vuelta, convencido de que dejaba en Pontevedra su fama de santo milagroso, entre otras cosas porque aquí se extendió la noticia de que no eran los agustinos quienes lo mandaban marchar, sino una revelación divina que había recibido en sueños. Se equivocaba. Llegó a Italia y la fama había llegado antes que él. Plantó un olivo y la gente iba allí, a rezarle al olivo, mientras él los miraba perplejo y les pedía que dejaran de hacer el ridículo. Los médicos italianos eran como los de Pontevedra. Un día, cuatro de ellos decidieron matarlo y planearon una emboscada en el camino a la iglesia a la que acudía cada domingo. Antonio del Águila llegó antes que ellos. Los cuatro médicos, que no sabían que el hombre llevaba más de dos horas en el interior del templo, se convencieron de que había pasado ante ellos pero no lo habían visto porque se había hecho invisible. Entraron en la iglesia y llorando de rodillas le pidieron perdón. Y por más que el fraile explicó ante todos los presentes que él no se había vuelto invisible, que simplemente aquel día había llegado antes, nuevamente nadie le creyó, por lo que tuvo que pasar el resto de su vida como un hombre capaz de volverse invisible. A su paso los vecinos hacían reverencias y se santiguaban mientras él insistía una y otra vez en que ni era un santo, ni hacía milagros, ni se volvía invisible, ni su báculo era sagrado, que se lo había dado un peregrino en Compostela. Que simplemente era un buen médico. Dio igual. Todos seguían yendo a rezarle al olivo y venerándolo como a un santo mientras el pobre hombre se desesperaba.

Murió a los setenta años sin convencer a nadie de nada. Su tumba se convirtió en lugar de peregrinación y aquel olivo que había plantado también. Para colmo, lo hicieron beato. Tuvieron que pasar varios siglos hasta que se le reconociera como uno de los mejores médicos de su tiempo, aunque él nunca lo sabrá. Lo verdaderamente milagroso es que, en vida, no consiguió convencer a nadie de que era totalmente incapaz de obrar un milagro.

domingo, 10 de enero de 2016

Eladio Vaz, el poeta perdido



Cuando las tropas franquistas entraron en Toledo, Eladio Vaz Gallego (Compostela, 1894) era director de la prisión en la que la República internaba a los presos políticos. Su destino era ser fusilado. El motivo por el que salvó la vida tiene algo de milagroso: los propios presos enviaron una carta a Franco pidiendo clemencia para quien fuera su carcelero. Se trata de un extrañísimo documento, hoy en poder de su familia, firmado por un centenar de internos ya liberados en el que se dice que Vaz Gallego siempre los había tratado con dignidad y respeto, que había hecho todo lo posible para mejorar las condiciones de los reclusos y que en ocasiones lo había hecho “con gran riesgo de su vida”.

Un buen día, unos milicianos republicanos entraron en la cárcel con intención de llevarse a unos presos para matarlos. Eladio Vaz les dijo: “Sin una orden judicial nadie sale de aquí, y si ustedes mantienen su empeño, cojo un fusil y defiendo a tiros a mis presos”. Quizá la cosa no pasó de ahí aquel día por su amistad con Azaña, pero el caso es que nunca nadie lo intentó de nuevo.

Intrigado por aquella carta, Franco hizo llamar a Vaz Gallego y le puso España a sus pies. “¿Qué quiere usted, señor Vaz?”. Él le dijo que no quería nada, que él era funcionario de prisiones y que lo único que esperaba era recuperar su trabajo y volver a Galicia con su esposa, Conchi. Le concedió ambas cosas.

Galleguista y poeta, el 6 de julio del 36, pocos días antes del golpe franquista, formalizó su ingreso en el Partido Galeguista. Fue el propio Alexandre Bóveda quien cubrió a mano su nombre, su edad, 42 años y su profesión, funcionario. Y fue el nieto de Bóveda, Valentín, quien buscó y encontró el nombre de Eladio Vaz en el listado de militantes, guardado en el Arquivo Municipal de Pontevedra. Los poemas los escribió en gallego y castellano entre 1937 y 1947. La mayor parte de su producción se ha perdido. Sólo se conservan medio centenar de poemas en castellano. De todo lo que escribió en gallego, lo más querido para él, apenas quedan un par de estrofas. El resto se lo llevó un cantautor para poner música a algunos de ellos y lo perdió todo. Lamentablemente, hasta que Batallán busque esos poemas y los encuentre, hay un tesoro perdido que no sólo nos permitiría conocer buena parte de la obra de Eladio Vaz, sino cubrir un hueco excepcional en la literatura gallega. No hay mucha poesía en gallego de los años treinta y cuarenta escrita en España. De sus obras en castellano, la primera de ellas es ‘Himno a Galicia’:

“Quisiera verte, Galicia,
libre de inmensas tutelas,
libre, desplegar tus velas
en el mar que te acaricia”.

Su hija, Carmen Vaz, dice que no hablaba en casa de la guerra. Sufrió la guerra y la odió. Su opinión la conoció la familia leyendo otra de sus obras, escrita en 1937, que describe cómo entendía él la sinrazón del conflicto:

“En la guerra está el artista,
en la guerra el forjador,
en la guerra el ebanista,
en la guerra el labrador,
también el malabarista
que hace de enterrador.

La tierra en sangre empapada,
de la juventud en flor,
la vida depauperada
de miseria y de dolor;
más fruto daría, regada
no con sangre, con sudor”.

Eladio Vaz murió en Pontevedra el 2 de diciembre de 1957, con 63 años. Visitaba a su hija y a su yerno, el médico Miguel Domínguez, fundador del Hospital Domínguez. Paseaba con su nieto Rafael cuando una cornisa se desprendió de un edificio y le cayó encima. Murió en el acto. Sobrevivió a la guerra, a las milicias de su propio bando, al fusilamiento por Franco, al odio que vivió a su alrededor y a los primeros años de la dictadura, que mantuvo siempre viva su ficha como rojo. Y lo mató una cornisa. Su nieto se salvó de milagro.

Eladio Vaz Gallego es un personaje, otro, que merece un estudio profundo. La memoria de un pueblo se mantiene rescatando a quienes lo amaron. Sería una gran noticia la recuperación de su obra en gallego. Mientras tanto, apenas nos queda esta hermosura:

Aló no Ceo prantado
ós pés do Noso Señor,
choroso i acongoxado
dixo-llel avergonzado:
Señor, Galicia é millor.

Millor co Ceo da Groria
xa sei que non pode ser,
pero Señor, fai memoria.
Si fixeses ti outra Groria,
tiña en Galicia que ser.

sábado, 12 de diciembre de 2015

La búsqueda


Google Trends es una formidable herramienta que nos muestra gráficos, cifras y porcentajes sobre las entradas que los internautas hacen en el buscador más utilizado. Entre otras cosas, el invento permite comparar búsquedas generadas por diferentes personas, agrupaciones o instituciones. Se puede comparar, por poner un ejemplo, a Napoleón con la Deputación de Ourense. En las últimas semanas, por cierto, pierde Napoleón.

Como la estadística puede acotarse geográfica y temporalmente, me he tomado la molestia, que yo me curro estas cosas, de comparar a los cuatro líderes que compiten por la presidencia de España y los partidos a los que representan. El más visitado es Pablo Iglesias, seguido de Rivera, Rajoy y Sánchez en último lugar, aunque es verdad que a Rajoy lo acompañan muchas búsquedas sobre Soraya, de momento la estrella de su campaña. Ciñendo la comparativa a los últimos siete días, resulta curioso que entre las búsquedas sobre los candidatos, destacan las que se refieren a su estatura o a sus respectivas parejas. De las siete búsquedas que más han aumentado relativas a Albert Rivera, tres son sobre cuánto mide. Llama la atención que sobre el líder de Ciudadanos, las tres cuestiones más buscadas son en relación a Pablo Iglesias, a Pedro Sánchez y a Soraya Sáenz. La cuarta más buscada es “Albert Rivera drogado”. Eso da una idea de lo que realmente le interesa a la gente, o a una mayoría, sobre Rivera.

Sobre Pedro Sánchez, nuevamente varias preguntas sobre su estatura entre las primeras, y también sobre su edad. La colleja que Rajoy le propinó a su hijo en la radio también ha generado su interés, y nuevamente su estatura y también su edad. Pablo Iglesias puede consolarse pensando que además de la consabida búsqueda de su estatura, su actuación en el debate a cuatro ha tenido gran repercusión.


Si hacemos lo mismo pero buscando los nombres de los partidos en lugar de los candidatos, la cosa no mejora demasiado. En el PP, menos mal, lo que más ha interesado a los internautas ha sido su programa electoral, pero las cinco búsquedas que más han aumentado se refieren al anuncio en el que un hipster bobalicón dice que va a votar al PP porque “los otros tampoco me generan mucha confianza”. El dato demuestra que en campaña es más importante no cometer errores que acertar. Más de 250.000 personas han visto el vídeo, que ha sido objeto de burlas también en Twitter, donde ha estado entre lo más esparcido, y no para bien. Algo parecido ha sucedido con la número tres de Ciudadanos por Madrid. Su error garrafal en el debate de TVE, en el que se enredó con el tema de la violencia machista y su posterior intento de arreglarlo (pronosticado ayer por Ramón Rozas), desdiciendo entre balbuceos todo lo que había afirmado, la auparon ayer a los primeros puestos en Twitter y en las búsquedas de Google.   

domingo, 29 de noviembre de 2015

Pero no pudo jugar: la estaban violando




Estábamos, no mucha gente, el miércoles pasado en un acto contra la violencia machista, creo que organizado por la Plataforma Feminista, en A Peregrina. Dado que aquello se celebraba en el más absoluto silencio, todos pensábamos en lo que aleatoriamente nos venía a la cabeza, que entiendo era la finalidad del asunto, mover a la reflexión de la concurrencia.

Pues a mí lo que me vino a la mente fue el día en que los Payasos de la Tele vinieron a Pontevedra. Gaby, Fofó y Miliki, tal vez ya con Fofito, que mi memoria no llega a tanto, actuaban en el Pabellón y toda la infancia pontevedresa, entre la que me encontraba, estaba en ascuas. Llegado el día, con el local abarrotado de felices padres y madres, niños y niñas, los artistas interpretaron una de sus canciones más celebradas, ‘Los días de la semana’, que contaba la historia de una niña que nunca podía jugar porque tenía otras cosas que hacer, según el día: los lunes tenía que planchar, los martes limpiaba, los miércoles lavaba, luego cosía, barría, guisaba, y al llegar el domingo, obviamente, rezaba. Al llegar al estribillo, Fofó iba sacando alternativamente los elementos necesarios para realizar esas labores y todos con él hacíamos ademán de planchar o de barrer mientras cantábamos: “Así barría, así, así, así barría que yo la vi”.

Eso fue en los años setenta, con Franco todavía vivo, o quizá agonizando o recién muerto, no lo recuerdo. La canción aquella, que contaba la terrible historia de una niña que pasaba todos los días de todas las semanas de su vida haciendo todo aquello contra su voluntad y su naturaleza, era una de las que más nos divertía. Obviamente los payasos no eran sospechosos de ser machistas, pues su trabajo era precisamente el de llevar la felicidad a los hogares de una España tan terrible como la letra de su canción. Simplemente, ni ellos ni nosotros sabíamos lo que estábamos haciendo, que era otorgar a la mujer el rol de sumisa ama de casa, algo para lo que debía prepararse desde niña, como esclava, pues ésa y no otra habría de ser su función en la vida.

Pero luego, con la llegada de la democracia, la cosa no mejoró o incluso fue a peor. Toda España adoptó como himno de la Transición, de las libertades y de la reconciliación un tema de Jarcha, ‘Libertad sin ira’, que en una de sus estrofas dice esto: “Pero yo sólo he visto gente que sufre y calla. Dolor y miedo. Gente que sólo desea su pan, su hembra y la fiesta en paz”. La “gente” eran los hombres que querían vivir la vida tranquilamente, sin ser oprimidos, junto a sus “hembras”, que lógicamente los lunes planchaban, los martes, limpiaban, y así. Lo más desgraciado del asunto es que aquella letra era la que reflejaba las esperanzas de millones de españoles en la reconciliación y en la llegada de una vida, al fin, plena de derechos para todos (aunque no para todas).

Mas tarde, ya en los ochenta, disfrutamos la Movida Viguesa yendo a conciertos de Siniestro Total y coreando alegremente temas como éste: “Hoy voy a asesinarte, nena, te quiero pero no aguanto más. Hoy voy a asesinarte, nena, no me volverás a engañar”. Por aquella misma época, todos y todas recorríamos los pubs de Pontevedra y de toda España bailando una magnífica canción de los Ronaldos: “Estás haciendo mal al dejarme pasar; estás haciendo mal y no sé lo que va a pasar. Tendría que besarte, desnudarte, pegarte y luego violarte hasta que digas sí”.

Nos enamorábamos con ‘Una de dos’, el temazo de Aute que bailábamos arrejuntados mientras nos contaba la historia de un hombre que acudía a la pareja de la mujer deseada proponiendo compartirla, sin que la mujer tuviera conocimiento del asunto: “O me llevo a esa mujer o entre los dos nos organizamos, si puede ser”. Por si la propuesta no era aceptada, ofrecía una alternativa espantosa: “Una de dos. O me llevo a esa mujer o te la cambio por dos de quince, si puede ser”.

No hace falta documentarse demasiado, pues los casos son infinitos. Tampoco es necesario buscar ejemplos en el reguetón, en el rap o en el vallenato, ni acudir a artistas especialmente transgresores. Basta con tirar de memoria y salen nombres de grupos famosísimos que interpretaban temas de éxito y que copaban las listas de ventas. Un Pingüino en mi Ascensor, por ejemplo, un grupo muy cursi, muy pijo y muy malo, alcanzó la fama con una melodía festiva que contaba alegremente una violación en un ascensor. Tras advertir a la víctima de la inutilidad de pulsar el timbre de alarma y notificar que sus padres no la van a oír por mucho que grite, continúa el cantante: “Deja de llamar a la portera, contigo no hay manera. Yo que puse toda mi ilusión en esta violación”. 

Podríamos seguir hasta la eternidad. Los Planetas: “Así que ya sabes que espero que acabes pegándote un tiro cuando veas lo imbécil que has sido”. Platero y Tú con una canción que empieza así: “Me ha cogido la madera, a mi novia yo he matado. No saquéis fotografías, tengo el cuerpo ensangrentado”, y termina a lo grande: “No quiero que con su sangre puedas escribir mentiras. La maté porque la amaba. La maté porque era mía”. Es que el tema es una crítica a los periodistas, no al asesinato machista. The Refrescos, conocidos por ‘Aquí no hay playa’, interpretaban ‘Te pego una paliza que te vuelvo loca’, explícito título de un tema en el que se dice: “Te rompo las piernas, te parto la boca, te pego una paliza que te vuelvo loca”. Loquillo saltó al estrellato definitivo con ‘La mataré’: “Sólo quiero que una vez algo la haga conmover. Que no la encuentre jamás, o sé que la mataré. Por favor, sólo quiero matarla a punta de navaja, besándola una vez más”.

No me parece a mí que estos artistas, o la mayoría de ellos, sean culpables de nada de lo que no seamos culpables todos. Son transmisores de un mensaje y de una realidad que pervive en una sociedad que ha recibido la educación que ha recibido. No soy partidario de censurar nada ni a nadie. Si ellos han tenido éxito cantando estas cosas es porque todas y todos las hemos consumido. Hemos disfrutado y lo seguimos haciendo al escuchar y bailar temas que alaban palizas, abusos, violaciones y asesinatos de mujeres, y lo mismo o más podríamos decir del cine o de la publicidad que vemos a diario desde siempre. La mayoría de estos temas son clásicos y se seguirán escuchando durante décadas. Baste ver las visitas que estas canciones tienen en Youtube. Lo grave es que no generen rechazo obras que enaltecen la violencia machista. Imaginemos qué pensaríamos si cualquiera de estos artistas lanzara una canción que dijera algo así: “Cogeré una mochila llena de explosivos, la meteré en un tren y mataré a toda tu familia en Atocha, en el nombre de Alá”. Igual eso no lo bailábamos entre carcajadas. Pues ya está.





lunes, 19 de octubre de 2015

Cuando Nolo asesinó a Rosa




El sábado 4 de diciembre de 1982, Manuel Crespo, Nolo, se derrumbó ante la policía y confesó el asesinato de su novia, Rosa María Juncal, vecina de Bueu, desaparecida el 29 de agosto. Acompañado de varios agentes y del enterrador, el asesino se dirigió a la finca de su familia en Santo Tomé de Piñeiro, en Marín y señaló el lugar en el que había enterrado el cuerpo. Había plantado un manzano sobre él. Nolo Crespo tenía entonces 17 años y Rosa María 18. Ambos estudiaban en el politécnico de Marín.

El asesino declaró que días antes de la desaparición de su novia, ella le había dicho que podría estar embarazada. Manuel Crespo reconoció que temía quedar en ridículo ante sus amigos cuando el asunto se hiciera público y temía también la reacción de su madre, que no soportaba a la chica. Había planificado el asesinato con precisión. El 29 de agosto los novios quedaron en Seixo para ir a la playa, pero Manuel Crespo propuso un cambio de planes y se dirigieron al río Loira. Una vez allí, en la finca, mientras Rosa se inclinaba para buscar una trucha inexistente por indicación de su novio, éste le asestó varias cuchilladas por la espalda y la remató a pedradas en la cabeza. Había cavado la fosa ese mismo día por la mañana. Tras ocultar el cuerpo, tiró en un basurero algunas prendas de ropa de la víctima y se fue a jugar un partido de fútbol. Posteriormente la autopsia revelaría que Rosa María Juncal no estaba embarazada.

Desde el principio las sospechas de la investigación recayeron sobre Nolo. No así las de sus amigos, que lo consideraban inocente “por tratarse de un muchacho normal, de probada inteligencia y considerado un buen estudiante”, según publicaba El País. Pocas semanas después de la desaparición de Rosa, Nolo ya había sido detenido y puesto a disposición judicial. El juez lo dejó en libertad con cargos. No fue hasta la segunda detención cuando la policía consiguió la confesión. El domingo 5 de diciembre se celebró el entierro, que fue multitudinario. Tras él, los vecinos se dirigieron a la casa de Carmen Fernández, la madre del asesino. No estaban de acuerdo con la versión policial, que consideraba al detenido único responsable. Creían que tanto su madre como el párroco de Santo Tomé de Piñeiro eran copartícipes o encubridores de los hechos, algo que nunca pudo demostrarse. 

La tensión se fue acumulando. El miércoles 8 los vecinos, a través de una emisora de radio, fueron convocados a una nueva manifestación. Otra vez se dirigieron a la casa de Carmen Fernández. Algunos arrojaron piedras a las ventanas y consiguieron forzar la puerta de entrada. Se propuso un linchamiento. Una vez dentro no encontraron a nadie, pero destrozaron la casa. La policía dispersó a los manifestantes lanzando disparos al aire. Las sospechas sobre la madre se soportaban en dos hechos: primero, la manifiesta animadversión que sentía hacia la víctima y su oposición al noviazgo entre los jóvenes; en segundo lugar, cuando el padre de Rosa María acudió a ver a Carmen al día siguiente de la desaparición para preguntar por su hija, ésta lo recibió “hecha una fiera”. Era conocida la perniciosa influencia que Carmen Fernández ejercía sobre su hijo Nolo.

No es fácil el seguimiento posterior de los acontecimientos. El 5 de octubre de 1983 Manuel Crespo, Nolo, fue condenado por la Audiencia provincial a 20 años de reclusión. La noticia aparecía al día siguiente en la prensa. El diario El Burgalés la recogía junto a otros dos breves escalofriantes: una joven de 21 años, natural de Velada (Toledo), era condenada a un mes y un día de arresto por provocarse a sí misma un aborto; otra joven denunciaba que había sido expulsada del concurso de “Maja de Gran Canaria” por ser madre soltera.

El atroz asesinato de Rosa María volvió fugazmente a los medios tras la desaparición de Sonia Iglesias en Pontevedra. Ambas habían desaparecido tras ser vistas por última vez con sus parejas y tenían otro elemento en común. Uno de los investigadores que se encargaban de la desaparición de Sonia era Evaristo Pérez, el mismo que había resuelto el caso de Marín, lo que generaba ciertas esperanzas de una solución que no ha llegado hasta la fecha.

En 1983, el grupo Siniestro Total versionó una canción de Dead Kennedys. Para adaptar la letra se inspiraron el en asesinato de Rosa María que había conmocionado a Marín.

No los has visto caer,
no los has visto crecer,
no lo podrías creer.

Nolo Crespo despertó
y se sintió mucho mejor,
escucha ahora su voz.

La luna brillará sobre la Escuela Naval.







domingo, 4 de octubre de 2015

Juana, que no vino a Caldas







Juana solamente quería venir a Galicia para conocer a la familia de su marido, pasar unos días en Pontevedra y luego irse a Caldas de Reis para beber las aguas e intentar sanar su tuberculosis. Una vez curada pensaba establecerse aquí. El viaje estaba previsto para el 8 de mayo de 1847 y los billetes comprados. Dos días antes, de madrugada, Juana y su marido Ángel de la Riva fueron detenidos en su casa de Madrid. A ella la soltaron al día siguiente. A él lo mandaron a prisión.

El día 4 por la mañana alquilaron una berlina para hacer unos recados y pasear. A las cinco de la tarde Ángel de la Riva, periodista y abogado natural de Compostela, dejó a su esposa en casa. De ahí se fue a una galería de tiro. Los testigos así lo confirmaron, describiéndolo como un hombre con anteojos, menudo, poquita cosa, con la voz delgadita, poco varonil, flaquito, muy rubio, poca persona, con bigotillo. Allí disparó seis tiros con puntería regular. Luego se dirigió a la calle Alcalá y probablemente intentó asesinar a Isabel II. La reina dijo que había sentido las balas pasando cerca, pero que no se había asustado.

De Juana, también gallega, puede que de A Coruña, poco se sabe. Ni su apellido está claro. En el sumario de la causa contra su marido se refieren a ella indistintamente como Verdiales o Berdeales. En el Heraldo de Madrid la llaman Juana Reudeley. Tenía 21 años. Sí parece claro que era sobrina de Ramón de la Sagra, famoso botánico, escritor y editor de prensa anarquista. Llevaba apenas cuatro meses casada con De la Riva. Cuando el jefe político de Madrid entró en su casa a detenerlos los encontró durmiendo. Según declaró refiriéndose al sospechoso, “en su padrón no aparece como casado, y sin embargo se le halló en la cama con una mujer que él dice ser su esposa”. El no haberla empadronado lo hacía todavía más sospechoso.

Juana vivía postrada en la cama, semiinconsciente, agonizando a causa de su tuberculosis. Apenas salía de ahí, como aquel día en que su marido la animó a dar un paseo en berlina. Ángel dedicaba todo su tiempo libre a atenderla, hasta el punto de haber casi suprimido su vida social, sus visitas al Ateneo, a la galería de tiro, las tertulias con sus amigos. Ella no solía comer y él cuando tenía hambre ponía una silla junto a la cama y comía solo, en silencio para no molestar a Juana. El viaje previsto a Galicia para curarla fue utilizado como prueba de que Ángel tenía planeado el regicidio con antelación y preparado el plan de fuga.

A Ángel de la Riva lo condenaron a muerte en un juicio famosísimo. Pero ni la opinión pública ni muchos juristas estuvieron de acuerdo con el fallo. Los testigos declararon que habían escuchado unos petardazos que parecían provenir de la berlina que había alquilado el procesado, pero ni siquiera estaba claro que existieran los disparos. Las pistolas habían sido disparadas, pero quedaba demostrado que el hombre había estado en una galería de tiro. Nadie pudo determinar cómo el acusado sabía con días de antelación que la reina iba a pasar por la calle Alcalá cuando la propia reina no lo sabía ni nadie de su círculo. Más allá de las dudas más que razonables y de la ausencia de pruebas, toda España coincidía en que aquel pobre hombre era incapaz de matar a una mosca, mucho menos a una reina. Poco después la pena fue conmutada por seis años de prisión. Luego se rebajó a un destierro y finalmente fue indultado.

Los médicos que atendían a Juana confirmaron que el viaje previsto a Galicia era una recomendación suya, y “que le convendría salir de Madrid en cuanto mejorase la estación para dirigirse a Galicia, quedarse algún tiempo en Pontevedra, beber después las aguas de Caldas de Reis y permanecer luego en aquel clima más benigno y más a propósito para su curación”.

El viaje, que iba a ser en diligencia, se suspendió. El día 7, tras ser puesta en libertad, Juana envió a una prima a la casa de postas para cancelar los billetes. Recuperó la mitad del dinero.

Exactamente dos meses después de ser detenida, El clamor público, periódico en el que trabajaba su marido, daba noticia de la muerte de Juana: “Anoche se celebró en la iglesia parroquial de San Luis el funeral por el alma de la señora doña Juana Verdiales de la Riva, esposa del desgraciado don Ángel, sobre quien pesa la acusación de conato de regicidio”. El juicio llegó un año y medio después. En su alegato, el abogado defensor dijo que jamás se repararía la precipitada muerte de Juana, “que ha bajado al sepulcro por el susto recibido en la noche de su prisión, y sobre todo por el disgusto de ver a su infeliz marido bajo el peso de una acusación de regicidio”.


Tras su indulto, Ángel de la Riva desapareció. Nadie supo nada de él hasta 1864. Habían transcurrido 17 años desde su boda, su detención y la muerte de Juana. No volvió a enamorarse. La correspondencia de España publicó una escueta nota. Decía así: “El desgraciado Ángel la Riva, que figuró en un proceso de tentativa de asesinato a nuestra augusta Reina, después de pasar muchos años en Roma en una casa de oración, se encuentra hace un mes de misionero en Siria”. No hubo más noticias.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Francisco Javier Brabo. El pontevedrés que supo arruinarse



“Hijo de un recordado negociante de Pontevedra, diome éste, en su clase, tan buena educación como pudiera recibir el vástago de la más noble y rica familia”.  Así empieza a contar su historia Francisco Javier Brabo Franco. Lo cierto es que su padre no es precisamente recordado en Pontevedra, pero inexplicablemente tampoco lo es él, sin género de dudas, el pontevedrés más ilustre de su generación. Abandonó la ciudad en 1842 con 17 años.

Cuando se disponía a dirigirse a Santiago para continuar con sus estudios, la muerte de su madre trastocó los proyectos familiares y con solamente un violín, una caja de pinturas y doscientos pesos, su padre lo embarcó solo hacia Montevideo y se estableció en Canelones, un pueblo cercano. A los 21 años, cuatro después de su llegada, era un famoso militar y diplomático, y eso que los primeros dos años los pasó esclavizado, trabajando 16 horas al día en una tienda en la que también comía y dormía. “En 21 meses no salí de allí más que una vez a la calle”. Fue militar, político, diplomático, empresario, especulador, explorador y filántropo. Su vida desde que dejó aquella tienda fue una montaña rusa de éxitos y fracasos, de ruina y fortuna. Nadie supo arruinarse tanto y tan bien como Francisco Javier Brabo.

Salió de Canelones a Buenos Aires para no hacer el servicio militar. Allí vendió un cargamento de pólvora. Descubierta su participación en los suministros, Brabo se vio obligado a escapar de nuevo, caracterizado como un marinero y con una botella de ginebra en las manos para dar credibilidad al papel. De vuelta en Montevideo, empezó su carrera diplomática al entregar en Paraguay los documentos con los que el Estado Oriental reconocía su independencia. En adelante, fue uno de los principales negociadores, especialmente con Francia, Inglaterra y Brasil.

Brabo empezó también su carrera militar. El general Rivera lo puso a combatir, y le dio una catarata de ascensos hasta que con 21 años lo nombró teniente coronel. Aprovechó sus contactos para, entre batalla y batalla, hacer negocios suministrando todo tipo de material al ejército: comida, armas, caballos. Por aquella época tuvo a sus órdenes a Garibaldi, más tarde artífice de otra unificación, la italiana.

Había adquirido ya tal fama que tras participar en la Batalla de las Ánimas, el enemigo publicó una nota anunciando su muerte: “El salvaje unitario Francisco Javier Brabo quedó muerto en la sierra de las Ánimas”. Él lo desmintió de una manera curiosa, firmando con su nombre otro comunicado: “Hemos sido completamente derrotados, y hasta esta hora, que es la una de la noche, sólo cincuenta hombres han llegado a este punto”. Lo hizo para transmitir a su familia que estaba vivo y porque, como reconoció años después: “Por temperamento y carácter, soy mas aficionado a contar reveses que hazañas”.

Harto de jugarse la vida en batallas decidió presentar su dimisión para dedicarse por entero a los negocios, pero no se la aceptaron. Finalmente, con la ayuda de la embajada española, consiguió abandonar el ejército y la política, pero al poco tiempo fue primero apresado y luego desterrado a Brasil. En un subcontinente en el que todo eran guerras y revoluciones, gracias a sus numerosos contactos, su capacidad negociadora y su facilidad para conseguir suministros a los ejércitos, Brabo aumentó su fortuna de manera considerable. Alternaba épocas de trabajo interminable con otras de vagancia y fiestas a las que acudían todos los artistas y vividores de Río de Janeiro.

En 1851, con 26 años, invirtió todo lo que tenía en un formidable buque, pero la nave y todo su cargamento se hundieron durante su primer viaje a causa de un temporal, dejándolo en la miseria. Fue la primera vez que Brabo se arruinó. Tras liquidar todas sus propiedades y cubrir sus deudas, se quedó con 100 pesos, la mitad del dinero con el que había llegado a Montevideo desde Pontevedra nueve años antes.

También tenía una máquina de picar tabaco que tiempo atrás había comprado para ayudar a un amigo y con la que se reencontró casi de casualidad. Volvió a Montevideo: “Agarreme con fe a mi máquina, hícela colocar en una cochera y comencé personalmente a trabajar en ella”. En pocos meses levantó una pequeña fortuna, dejó el tabaco y volvió a los negocios de suministros militares. Fletó dos barcos: uno también se le hundió y cuando llegó con el otro a vender su mercancía al ejército que sitiaba Buenos Aires, éste se había retirado, con lo que nuevamente quedó en la miseria. En esta ocasión sólo le quedaron cuatro pesos.

No teniendo otra cosa que los cuatro pesos y “mi consabida máquina”, arrancó de nuevo su industria tabaquera. En poco tiempo “manejé millones y llegué por fin a verme rey de los tabacos, tanto del Brasil como del Paraguay”. Tras diez años como rey del tabaco volvió a arruinarse. Cada vez que lo perdía todo mandaba a su familia a Buenos Aires, donde tenía casa. Mantenía a su padre, al que se había traído desde Pontevedra, a su esposa, a sus ocho hijos y a un par de hermanos con sus respectivas familias.

Continuó enriqueciéndose y arruinándose con sus negocios de suministros militares hasta que consiguió una concesión multimillonaria y decidió venderla para no volver a arriesgar la inmensa fortuna conseguida. Viéndose más rico que nunca, rico para siempre, viajó a Europa. Si en algún momento volvió a pisar Pontevedra fue durante unos meses que pasó entre España y Portugal. Afincó en Alemania primero y luego en París. Invirtió en una ruinosa línea telegráfica que unía Europa con América y se hundió de nuevo: hizo primero una inversión en bolsa utilizando información privilegiada. Confiesa que gracias a conocer un “importante secreto de gabinete, hice una operación bursátil que me dio a ganar muchos miles de pesos”. Alentado por lo fácil que había sido ganar aquel dinero, se lanzó a la especulación y volvió a perderlo todo.

Vendió otra vez cuanto tenía, se trasladó a Madrid e hizo donación al Archivo Histórico español de más de 30.000 documentos que había ido coleccionando en las misiones jesuitas abandonadas, asunto al que era gran aficionado y sobre el que escribió varios libros, en uno de los cuales incluyó una breve autobiografía. Esa donación le valió el nombramiento de caballero de la Real Orden de Carlos III. Nuevamente en Sudamérica consiguió el que podía ser el mayor negocio de su vida: un contrato para explorar y colonizar todo el oriente boliviano. Debía construir caminos, puentes y vías de ferrocarril y fundar varias ciudades, la mayor de las cuales se llamaría Brabopolis. Contrató como mano derecha al ingeniero agrónomo Juan de Cominges, otro personaje.

El proyecto fue un desastre. Primero, el ingeniero lo abandonó para irse a vivir con unos indígenas y estuvo varios años haciendo “vida enteramente primitiva con los selvícolas”, según cuenta una crónica de la época. Cominges volvió luego a la civilización, donde escribió un libro titulado ‘Exploraciones’, en el que contaba su experiencia como selvícola. Antes de morir, Cominges dejó una absurda nota manuscrita dirigida a su hijo: “Antonio: no resistiré otro golpe de tos”.

Aparte del abandono de Cominges, sufrió el acoso de los indios, las fiebres que constantemente padecían sus empleados, la deserción de los inversores y finalmente la retirada del contrato por parte del gobierno boliviano. Arruinado por última vez, pasó sus últimos años haciendo modestos negocios y contando en una tertulia toda su vida a quien la quisiera escuchar. Murió en 1913, a los 88 años. Un periódico local recogió así la noticia en Vigo: “Ha fallecido en Buenos Aires el más ilustre, el más insigne de los gallegos de América, el señor don Francisco Javier Brabo. Nacido en Pontevedra, figura en la historia de la República Argentina, Bolivia, Paraguay y otras de América del Sur. Explorador, colonizador, empresario de ferrocarriles, eximio emprendedor... La figura de Brabo es gigantesca”.

De sus raíces pontevedresas sólo podemos decir que fue pariente del pirata Benito Soto y sobrino de un abogado y escritor, José Ramón Franco, que solamente publicó el primer capítulo de una novela extrañísima, escrita mitad en gallego y mitad en castellano. La obra se titula ‘Aaaaaaa!’. Nadie la leyó.


domingo, 13 de septiembre de 2015

La vía láctea gallega



Se quejaba en 1550 el Licenciado Molina de que Galicia tenía tantos ríos que era imposible incluir la mayoría de ellos en su ‘Descripción del Reino de Galicia’. El hombre recorría el reino y solamente veía agua. “Por ninguna parte de Galicia podemos ir que no vayamos por arroyos y fuentes y otras aguas”. Decía también que en los montes había abundancia de vacas bravas, “que para cazarlas es menester gran industria y lazos como para cualquier otra caza”. Obsérvese que cuando dice “cazarlas” quiere decir “capturarlas”, pues matar a una vaca es más bien fácil y para ello no hace falta lazo. Cuando lo que se quería de una vaca era su carne o su piel, se la mataba; cuando  se necesitaba para el trabajo del campo o se buscaba su leche, había que capturarla.

Así comprobamos que hace cinco siglos un litro de agua era más barato que uno de leche. Las razones de que hoy eso ya no sea así pueden deberse a muchos factores, pero principalmente hay uno: la leche ha dejado de protegerse. En nuestro país hasta hace bien poco el ganado se preservaba hasta con la vida. En 1658 según nos cuenta Fray Felipe de la Gándara en ‘Nobiliario, triunfos y armas de Galicia’, y en medio de una guerra contra Portugal, uno y otro bando tenían más interés en robar las vacas del contrario que en matar a sus soldados. Así sabemos, por ejemplo, que tras diferentes combates en los que sobre todo secuestraban vacas, “sacaron los enemigos a pastar el ganado que tenían en Salvatierra, tuvo noticia de él la gente del presidio del Castillo de Aytona y les cogieron 30 bueyes y vacas y degollaron seis hombres, que estaban de guarda del ganado”. El cronista, por muy fraile que era, daba más importancia al robo de las vacas que al asesinato de las personas que las cuidaban. Los seis pastores eran perfectamente reemplazables; las vacas no tanto. La vida del pueblo gallego dependía en gran medida del buen estado de sus vacas, un sector que siempre se ha tenido por estratégico.

Poco antes del suceso de Salvaterra, concretamente en 1628, el Consejo del Reino ordenaba una exención de impuestos para los transportes de ganado. Lo hacía solamente para gallegos y asturianos, razonando que “en el reino de Galicia y principado de Asturias se cría gran cantidad de ganado, y por ser mucha la distancia y la gente pobre”. Se entendía que si los productores de estas tierras tenían que pagar por acudir a ferias de ganado a comprar o vender sus vacas, la cría de vacuno y la producción de leche y derivados serían insostenibles.

Es especialmente esclarecedor y tristemente de rabiosa actualidad un estudio escrito en 1802. Se titula ‘Memoria sobre los ganados de Galicia, considerados relativamente a la economía política’. Refiriéndose a la vaca gallega, dice, “nada hay más digno de la protección del Gobierno. Proporciona los abonos que la tierra necesita; regala la leche, el queso y la manteca, que aminoran el gasto del pan”. Se habla, ya entonces, de los abusos de los distribuidores “que en el bagaje se cometen en beneficio de los más acomodados y son víctimas los más infelices, que a veces pierden en las jornadas sus medios de subsistencia”. Se pedían entonces exenciones de impuestos y “leyes sabias”, que libraran a los productores de leche de los numerosos obstáculos que soportaban. Alguien debió hacer caso, pues en 1860 en el ‘Diccionario de bibliografía agronómica’ se hace referencia al texto y se dice que buena parte de aquellas demandas se habían atendido. Luego se desatendieron.

“Nós somos nós e as nosas vacas”. Es una acertada frase del comunicado leído por Xabier Fortes hace un par de meses en una concentración masiva en defensa del sector lácteo. “En quien siempre ha creído el gallego es en la vaca”, dijo Manuel Rivas. Los gallegos siempre hemos sabido proteger nuestra leche, porque de ella ha dependido la vida: “A vaca é a ama de cría da humanidade”, decía Castelao. “A vaca é o símbolo da paz”.

Según escribió Pascual Madoz en 1850, los primeros filólogos que estudiaron el origen del topónimo Galicia le dieron raíces griegas y sostuvieron que su procedencia estaba en la palabra leche (gála). El error lo cometieron, según Madoz, al atribuir ese origen al modo de vivir que tenían sus habitantes, siempre pegados a sus vacas.


A pesar de todo ello, hay quien sostiene que si las explotaciones ganaderas gallegas no son rentables, bien pueden cerrar. Hay más leche en Europa. Aplicar descarnadamente las leyes que permiten adulterar los precios, convertir la leche en un reclamo de gran superficie, pagar a un ganadero menos de lo que le cuesta producir es un insulto a esta tierra. Creer que el futuro de este país puede darse sin sus vacas es negar la esencia y el espíritu del pueblo gallego. Si algo nos ha demostrado la historia de Galicia es que todo va y viene, abre y cierra, pero las vacas siempre han estado y siguen ahí, nunca han fallado. Conforman una vía láctea que nos conduce a través del tiempo, que nos conecta con nuestros ancestros y nos dirige al futuro. Volviendo a Castelao, también dijo que “o día que seipamos o que val unha vaca, Galiza quedará redimida”. Sin embargo, hoy mismo es más caro en Galicia un litro de agua que un litro de leche.

martes, 1 de septiembre de 2015

Zoltan, el hombre más rico del mundo






 Un día de 2009, un señor encontró en un desván de la casa familiar varios documentos antiguos. La mayoría eran del S. XVIII en adelante, por lo que con cierto esfuerzo pudo descifrarlos. Compras y ventas de fincas, casi todos, testamentos y entregas de dotes matrimoniales que consignaban el antiguo esplendor de la familia. Pero entre todos aquellos papeles había uno demasiado antiguo, imposible de leer. Tras preguntar en varios sitios, alguien le dijo que en Pontevedra vivía un hombre llamado Zoltan que podría ayudarle con la lectura de aquel texto. De vez en cuando venía alguien a ver a Zoltan para pedirle transcripciones. Le dio su número.

El señor llamó a Zoltan y acordaron verse al día siguiente en Pontevedra, frente al Froiz de Benito Corbal. Cuando llegó allí no vio a nadie más que a un hombre pidiendo limosna, así que se quedó esperando, mirando impaciente el reloj, prudentemente apartado del mendigo por si acaso. Pasaron unos minutos sin que por allí apareciera nadie. Sólo gente que entraba y salía del supermercado y aquel hombre inmóvil que extendía la mano aceptando limosnas. Por fin se le acercó el mendigo:

-¿Está usted buscando a Zoltan? –preguntó.
-Sí –contestó el otro asustado.
-Buenas tardes. Yo soy Zoltan. Vamos a ver ese texto.

Los dos hombres se encaminaron hacia la terraza del Carabela. El propietario del documento miraba a uno y otro lado, convencido de que en cualquier instante el mendigo sacaría una navaja para robarle el pergamino y todo lo demás. Zoltan no sacó ninguna navaja. Se sentó a una mesa, pidió una copa, cogió el documento y empezó a leerlo como si fuera un periódico:

-Tome nota. Dice así: “En la villa de Noia, a 18 de febrero de 1568, ante mí, Rui López, notario de la dicha villa y siendo testigos…”.

Cuando terminaron, el otro recogió el documento y preguntó a Zoltan cuánto le debía.

-Pídame otra copa, pague la cuenta, déjeme su paquete de tabaco si puede ser y estaremos en paz.

Zoltan Varga-Haszonits, filólogo por la Universidad de Budapest, se había establecido años antes en Pontevedra con una novia que murió poco después de cáncer. Muerto él también de amor, acordó quedarse aquí como artista callejero. En la plaza de A Peregrina, tras la estatua del loro Ravachol exhibía contra la pared sus dibujos, estampas de calles, plazas e iglesias. Cuando llegó la crisis se llevó por delante su negocio como tantos otros. Una cadena de televisión emitió un día un reportaje en el que se le preguntaba a alguna gente si España estaba entrando en crisis. Uno de los entrevistados era Zoltan, que decía con tristeza que sí: “Ya nadie compra mis dibujos. La gente no tiene dinero”. Se lo comenté un día por la calle y me explicó cómo se detecta una crisis económica: “El mejor indicador lo encontramos al comprobar que un producto es más caro o más pequeño que antes, lo que viene a ser lo mismo, y ya no se puede pagar. Si eso le pasa a una persona, está en crisis esa persona. Si le pasa a todo el pueblo, está en crisis un país”. A Zoltan, más que las ventas que perdía, le atormentaba que la gente que apreciaba sus cuadros no pudiera pagarlos. Un mal día una lluvia repentina le echó a perder gran parte de su obra. Decidió entonces languidecer con sus clientes. Empezó a fotocopiar sus propios dibujos y a vender las copias a cambio de la voluntad, a veces ofreciéndolas a quienes venían a que les leyera documentos antiguos, como pago del favor, con las copas y el tabaco. Fue por aquella época cuando se trasladó a Benito Corbal y cambió los lápices por la limosna. No volvió a pintar.

Además de su húngaro natal hablaba esperanto, arameo, griego clásico, latín, gallego, italiano, catalán, castellano y algunas otras lenguas. Sus aptitudes para el arte eran heredadas de su madre, pintora. Su padre, militar, había sido mandatario y uno de los máximos responsables del fútbol húngaro. Gracias a eso, durante el Mundial del 82 pudo Zoltan salir de ahí y acabar en algún lugar de España. Casi nadie estaba al corriente de aquello, pues no hablaba fácilmente de sí mismo ni de su pasado. Yo supe por pura casualidad que él era el autor de un artículo publicado en el Anuario Brigantino: ‘Los Andrade: una bibliografía histórica’. Se trata de una recopilación de fuentes y una revisión genealógica de la familia Andrade, una de las más poderosas de la Galicia medieval, un trabajo realizado en el Arquivo Histórico de Betanzos, donde Zoltan vivió varios años. Hoy nadie se atreve a escribir sobre los Andrade sin citar el trabajo de Zoltan.

Un día le dije que con todas aquellas habilidades podía ser rico. Claro que él sabía que podía hacer trabajos de traducción, cobrar por aquellas transcripciones, colaborar con alguna universidad, publicar más ensayos o dar conferencias. No quería. “No es el dinero lo que te hace rico”, fue su respuesta.

Cuando murió en marzo de 2010, con 62 años, casi nadie se dio cuenta al principio. La primera noticia la dio este periódico varias semanas después. Luego el Xornal de Betanzos le dedicó otro artículo. Transcurrido casi un año se supo que el periodista mallorquín Emilio Manzano, conmovido al saber de la muerte de Zoltan, había contactado con el escritor Juan Pablo Caja, quien había publicado la novela ‘Cerveza caliente’, uno de cuyos protagonistas está inspirado en Zoltan. Los amigos mallorquines de Zoltan contaron de sus estancias en Palma, en Italia, en Barcelona y en Asturias antes de su llegada a Galicia. También que habían hablado con una hija que vivía en Madrid para darle cuenta de su muerte. Le facilitaron contactos en Pontevedra, pero ella jamás llamó. Al parecer no tenía fuerzas para conocer detalles sobre la estrecha y fructífera relación de su padre con el alcohol, de cómo había pasado sus últimos meses vendiendo fotocopias baratas de sus dibujos callejeros y pidiendo limosna junto a un supermercado.

“Siempre tuve gran facilidad para aprender idiomas, retener datos, asimilar conocimientos”, decía alguna vez Zoltan, “pero eso no sirve de gran cosa. Se cultiva uno más en cinco minutos viendo llover o contemplando una estrella de noche que en toda una vida de estudio”. Zoltan había comprendido el sentido de la vida y no le gustaba. Se dejó morir. La hija se equivocó al no llamar: no sabe que en Pontevedra no se ha visto escena más digna que la de Zoltan Varga-Haszonits, artista, filólogo, políglota, historiador, mendigo sabio y hermoso, agachándose para recoger del suelo una colilla abandonada.


lunes, 31 de agosto de 2015

Catalunya, Conrado y los reptilianos



Hay gente que lleva alarmándonos tanto tiempo con eso de que España se rompe que como al final no se rompa algunos van  a quedar mal. Aunque no desean que España se rompa, lo necesitan para tener razón. Al hilo de este asunto, puedo referir el caso del físico Conrado Salas. Conrado es el mayor defensor en España de la teoría de los reptilianos, según la cual el mundo está gobernado por reptiles. En cuanto al fondo de la cuestión, todos sabemos que, en efecto, el mundo está gobernado por reptiles, pero Conrado sostiene que son reptiles de verdad que adoptan forma humana, como los lagartos de V. Según eso, todos los reyes y presidentes pertenecen a una estirpe de lagartos inteligentes, instalados en nuestro planeta desde siempre y que utilizan a los humanos para esclavizarlos. Para conocer más sobre el asunto, quien esté interesado o interesada podrá buscar “reptilianos” en Google. Hay millones de páginas y vídeos.

Un día llamé a Conrado para hacerle un reportaje. Lo primero que le pregunté, en vista de que él sostiene que la familia real española es reptiliana como todas las demás, y dado que mis conocimientos sobre lagartos son básicos pero certeros, le pregunté, decía, si el entonces príncipe y hoy rey, don Felipe VI de Borbón y Grecia, había nacido de un huevo depositado por su madre, la majestuosa reina doña Sofía Margarita Victoria Federica de Grecia y Dinamarca. La pregunta me parecía necesaria, pues si un defensor de la teoría reptiliana no puede empezar por explicar eso, difícilmente podrá explicar todo lo demás. El reportaje no salió adelante. Conrado Salas se enfadó mucho, me dijo a gritos que yo era un idiota y un ignorante, algo en lo que coincide media Pontevedra empezando por mi señora, añadió que toda la prensa está vendida y que la democracia es una farsa e interrumpió abruptamente la conversación. Me colgó el teléfono, no sé por qué, si estábamos de acuerdo en todo.

No pude hacerle la segunda pregunta: qué pensaba hacer él si un día los reptilianos se deciden a salir de sus disfraces de humanos y comernos a todos. Yo creo, y con esto volvemos al principio, que Conrado no desea que eso suceda, pero mientras no suceda todos seguirán creyendo que está loco y que los destinos del planeta no están regidos por lagartos malos sino por personas malas, lo que a fin de cuentas no marca tanta diferencia. La cuestión es: ¿Tiene Conrado un plan para actuar ante esa eventualidad? La comparación es pertinente. Imaginemos que España se rompe. Eso dejaría en buen lugar a los que llevan toda la vida anunciándolo y que quedan mal mientras su previsión no se cumple. Pero una vez cargados de razón, ¿qué harán? Si Catalunya declara su independencia y rompe Espanya, ¿cómo lucharán contra ello?

Yo tengo un dilema parecido. Llevo seis meses anunciando que la Marea de Pontevedra se rompe. Que salta por los aires de un momento a otro, algo que en virtud del tiempo transcurrido empiezo a temer que no ocurrirá jamás. Pero tengo un plan, tanto para si eso sucede como para si no sucede. Si la Marea salta por los aires, publicaré que eso ya lo venía yo anunciando desde hacía meses; si no salta por los aires haré como siempre, que es pasar del tema. Total, para mi fortuna lo que yo publico cada domingo ya está olvidado al domingo siguiente.

Pero los agoreros de la ruptura necesitan un plan, como Conrado. Igual lo tienen pero no lo dicen. ¿Meterán en la cárcel a todos los diputados independentistas de Junts pel Sí, con Artur Mas y Oriol Junqueras a la cabeza? ¿Llenarán Catalunya de tanques? ¿Registrarán las sedes de Convergencia? Algo deberían estar pensando por si se da la circunstancia de que Espanya se rompa. Lo que parece claro es que lo temen tanto como lo desean, pues mientras los otros hacen campaña por el sí, ellos la hacen por el no, en reconocimiento explícito de que lo que realmente se decide en Catalunya es la ruptura de Espanya o su no ruptura.

De momento el PP se ha puesto a la cabeza de la unidad de Espanya abriendo dos frentes tan contradictorios como complementarios. Uno lo lideran Pablo Casado y Andrea Levy, que actúan como monologuistas del Club de la Comedia. Hacen una afirmación en tono amable y luego se quedan unos segundos callados, mirando a cámara sonrientes y asintiendo con la cabeza, como diciendo: “¿Veis como tengo razón?”. Luego tienen a Albiol, el candidato, quien propone expulsar de Catalunya a los inmigrantes y a los catalanes, lo que la dejaría Espanyola para siempre jamás. La idea es formidable, pero igual no lo vota todo el mundo.

Siguiendo la tesis de Conrado, da exactamente igual que Espanya se rompa o que no lo haga, pues en uno u otro caso el producto resultante estará igualmente gobernado por lagartos, que es lo que en buena lógica debiera preocuparnos y no la división territorial. Si en lugar de preocuparnos por Espanya nos dedicáramos a luchar contra los reptilianos, como hace Conrado, mucho mejor nos iría, a nosotros y a Conrado.

jueves, 20 de agosto de 2015

Asesores, asesores




Hay gente que está mal asesorada. Por aquí hemos tenido esta semana varios casos. Rajoy, por ejemplo. El otro día se fue a Meis y se bañó en una playa fluvial que se llama Pago Negro. Yo soy él y pongo a todo su gabinete de comunicación en la calle. Primero por no advertirle de la inoportunidad de fotografiarse semidesnudo en un lugar que se llama así, Pago Negro. Luego por las propias fotos. Un asesor eficiente se lo hubiera dicho: “Presidente, no puede usted ir a una playa llamada Pago Negro. Además, cuando abre mucho los ojos, que es algo que hace usted habitualmente, se le pone cara de pescado. Si lo metemos medio en bolas con ese gesto saliendo del agua, la foto será terrible”. Por si fuera poco, no mucho antes un vecino de la zona denunciaba un vertido tóxico en esa misma playa, en la que habían muerto varios peces. Fernando Oubiña, que así se llama el denunciante, declaró a la periodista Susana Luaña: “É raro; porque tiñan como un fungo arredor, como os dos peixes dos acuarios cando enferman”.

Luego un especialista le dijo a Luaña: “Eu máis ben penso que están enfermos, o que non sabemos é a causa da enfermidade”. La crónica continuaba diciendo que el especialista “sospecha que se están contagiando unos a otros, y que ese hongo que los rodea es una prueba más de que algo grave les ocurre a los peces del río Umia”. Es decir, que Rajoy se bañó semidesnudo entre peces que tienen una grave enfermedad contagiosa, poniendo cara de pescado en una playa que se llama Pago Negro. Desde entonces no puedo mirar a Rajoy sin imaginármelo enfermo, nadando en un gran acuario. Cierto que los asesores reaccionaron a tiempo y para reparar el desastre se lo llevaron a comer a un sitio llamado Badulaque. Así pasa Rajoy sus vacaciones en Galicia: entre el Pago Negro y el Badulaque. Al menos al Badulaque lo llevaron vestido, lo que ya es un logro.

Pues eso, mal asesorado, como los tres excompis de María Rey, concejala y líder hasta hace unos días de Ciudadanos en Pontevedra. Pues van los tíos, la echan de su cargo como coordinadora, la acusan de tener un pacto secreto con el alcalde Lores y de invadir Palestina, piden su dimisión y exigen que entregue el acta. Desde arriba les dijeron que de eso nada. Que María Rey sigue siendo su persona en Pontevedra, que no tiene un pacto secreto, que no ha invadido Palestina y que en cosa de un par de meses, o ni eso, se reorganizarán las estructuras del partido, lo que previsiblemente dejará fuera a los rebeldes. La respuesta de los tres díscolos, en lo que parece una revuelta de mosquitos, ha sido la de pasar a la clandestinidad y poner a parir a la dirección del partido, aunque ya sin dar sus nombres ni sus apellidos. La carrera política de estos tres se ha terminado esta semana, al menos en Ciudadanos. Cualquiera les hubiera dicho que las cosas no se hacen así, que hay líneas rojas que en ningún partido se pueden traspasar, y la primera de ellas es la de nunca dar un golpe de mano si no se tienen apoyos; la segunda es la de no meterse con el propio partido al que se quiere representar ni con los líderes nacionales que no han dicho aquello que se desea escuchar. Si hay algo que en política no funciona es el suicidio. Han conseguido, eso sí, unas cuantas portadas en las que se lee que la dirección de Ciudadanos respalda a María Rey, lo que no le viene nada mal a María Rey, que en cuestión de semanas recuperará un liderazgo que sólo ha perdido de manera formal y momentánea.


La pregunta es si los tres excompis de María Rey creían que el partido los respaldaría a ellos, o que la militancia se iba a reunir en masa para apoyar la revuelta, o que se iba a incendiar Pontevedra, como si Pontevedra no tuviera otra cosa que hacer que preocuparse de los problemitas internos de un partido que nació anteayer y de momento tiene una concejala. El recorrido mediático de este asunto, o mucho me equivoco, o hasta aquí ha llegado. Y le han hecho de paso a la concejala el favor de su vida: podrá trabajar los cuatro próximos años sin preocuparse de una oposición interna que ha tardado tres meses en lanzarse al abismo. De toda la vida de Dios, en política como en muchos otros ámbitos, la lucha por el poder se libra con paciencia, buscando apoyos y consensos, nunca saltando de la trinchera antes de tiempo. El primero en lanzarse sin cobertura a un campo minado es el primero en saltar por los aires. Carne de cañón. Nadie además lo recuerda como a un héroe, sino como a un inconsciente que no sabía lo que hacía. Claro que no voy a dudar de la limpieza de sus intenciones, pero la estrategia ha sido tan absurda como equivocada y el resultado queda a la vista. Pues eso: mal asesorados, como Rajoy, aunque es de suponer que a diferencia del presidente, en este caso los de C’s se asesoraron entre ellos, que si llegan a tener a su alrededor a todo un equipo de zumbados la cosa sería peor.

lunes, 27 de abril de 2015

Correr la banda



El mejor futbolista de todos los tiempos es Rafa Riaño y no creo que nunca nadie llegue a superarlo. Riaño era un carrilero que recorría la banda izquierda, siempre pegado a la línea. Cogía un balón, bajaba la cabeza y subía hasta alcanzar el córner rival. Una vez allí, levantaba la vista y mandaba un centro que no solía tener destino. Se movió durante 15 años por todos los campos de 2ª B, con alguna incursión en 2ª. Cuando su equipo perdía un balón bajaba a buscarlo y repetía una y otra vez su única jugada.

A lo largo de su carrera metió 25 goles, media docena de ellos en el Pontevedra. Ganó 107 partidos, empató 87 y perdió 127. Con esa estadística, está pensando usted, nadie puede ser considerado el mejor futbolista de todos los tiempos. Pues se equivoca, querida mía. Rafa Riaño sabía que nunca jugaría en el Madrid ni en el Barça. Él solamente sabía subir el balón y mandarlo luego a cualquier lado esperando que hubiera alguien allí, a ser posible de su mismo equipo. Todos sus compañeros, como todos sus rivales, creían que ellos sí ganarían algún día una final europea. El único sobre el césped que conocía sus propios límites era Riaño.

Los buenos aficionados granates lo recuerdan con cariño. Jugó aquí entre 1997 y 1999 y nadie lo reconoció, salvo yo, como el mejor futbolista de todos los tiempos. No lo era por otra cosa que por su honestidad. Jamás intentó hacer nada que no supiera hacer y si alguna vez mandó el centro perfecto fue por casualidad. Pero lo intentaba cien veces en cada partido, con tanta honradez que siempre quise saltar al campo y darle un abrazo como si acabara de meter cuatro goles seguidos. En ese mundo de posturitas era el único que no buscaba a los fotógrafos ni perseguía el aplauso del público, que pocas veces tuvo aunque lo mereciera más que nadie. Todos se comportaban como estrellas y se paseaban por la ciudad como si fueran Maradona. Él no. Él era tan conocedor de sus límites que se convirtió en un gran deportista precisamente por no tratar de sobrepasarse a sí mismo.

Ayer, y con esto no cambiamos de tema aunque lo parezca, Ramón Rozas escribía en esta página sobre el miliario romano instalado en medio del restaurante del Museo de Pontevedra. No estoy del todo de acuerdo con el maestro Rozas. No se ha instalado un miliario en medio de un restaurante: se ha montado un restaurante alrededor de un miliario, que es mucho más grave. Hemos puesto la historia de Pontevedra a la altura de un pincho de calamares, bien que sea servido sobre cama de salsa de curry. Ojo: me encantará probar cualquier plato que se sirva ahí, pero exigiré que nunca me sienten junto al miliario. No quiero ser yo quien accidentalmente derrame una copa sobre un miliario romano que utilizaron nuestros ancestros para saber dónde estaban.

Tengo motivos. Quien ha decidido montar un restaurante alrededor de un miliario, me dijo hace un par de años: “Me acusan de querer meter ahí un miliario y eso es falso”. Escribí entonces una columna con la que se dio por inaugurado el anaisabelismo, una corriente muy popular de la que hoy reniego furiosamente. No soy un amante de la Historia, aunque algunas veces haya escrito sobre ella. Creo más en el presente y hasta en el futuro. Pero hay cuatro normas que han de respetarse y una de ellas, quizá la primera, es la que dicta que no es correcto vomitar sobre la memoria de un pueblo.

El edificio en el que hemos instalado el restaurante está dedicado a Martín Sarmiento, quien curiosamente, a propósito de un miliario como éste, escribía  en el S. XVIII a un ignorante: “Ni te diste por entendido porque no sabes cuántas y cuales consecuencias se podrán inferir de una inscripción desenterrada”.

Así vamos, querida amiga, de vuelta a Rafa Riaño. Él hacía lo que sabía hacer. No engañaba a nadie. No mentía. No ofrecía más que lo que se esperaba de él y lo hacía honestamente, con generosidad y sin algaradas. No buscaba protagonismos tumbándose sobre el césped pidiendo una falta inexistente. No exigía fotos, no daba patadas ni suplicaba adhesiones. Sabía que si plantaba un miliario en medio del campo, tarde o temprano acabaría partiéndose la cabeza contra él.

Uno puede ser el más grande en lo suyo, como lo fue Rafa Riaño, que no sabía hacer otra cosa que correr la banda sin tener a quién centrar. Entonces merecerá todos los elogios. Pero si alguien trata de convertirse en una estrella y ejercer de Maradona, tiene que ser Maradona, porque de no serlo se pierde y acaba montando un restaurante alrededor de un miliario del año 134, cuando Jesús apenas llevaba cien años resucitado. Llovió tanto desde entonces que si el padre Sarmiento levantara la cabeza, lloraría de pena al saber qué han hecho con su apellido: cubrirlo de calamares. Quite usted el miliario, amiga mía, o cámbiele el nombre al edificio. Desprecie nuestra historia, si es su deseo, pero respete al bueno de Sarmiento, que no se metió con nadie. Aprenda de Rafa Riaño: corra usted por la banda, querida, pero no pretenda hacernos creer que es Maradona.


lunes, 9 de marzo de 2015

ENCE sí o sí





El jueves se celebró en el teatro Principal el acto por el premio que ONU Hábitat dio a la ciudad de Pontevedra en Dubái. De los vídeos que allí se exhibieron extraigo una conclusión principal: en Dubái los hombres se visten como señoras mayores. Todos los intervinientes y los asistentes al acto, presentado por Xabi Fortes, coincidieron en que Pontevedra se merece ese premio y los que vendrán. Finalmente todos los grupos políticos representados en el Concello acabaron rindiéndose a la categoría del premio, aunque algunos lo habrán hecho a su pesar. Incluso Jacobo Moreira asistió, quizá tras enterarse por la prensa de la felicitación que Feijóo envió al Concello.

Yo, de hecho, fui porque estaba Jacobo Moreira, aunque eso lo explicaré dentro de un par de párrafos. De momento, vamos conociendo dos avances del programa de Moreira. El primero lo anunció César Mosquera, improvisado portavoz del PP. Dice Mosquera, y tiene razón, que Moreira anunciará este mes su apoyo a la permanencia de ENCE a cambio de una serie de condiciones. Yo vengo diciéndolo desde hace casi dos años, pero a mí nadie me hace caso: lo que se ha venido negociando entre ENCE y la Xunta con el visto bueno de Madrid, no es si ENCE se queda o se va, sino a cambio de qué se queda.

Moreira anunció que su postura no será en defensa de los accionistas, sino de los trabajadores y los empresarios que dependen de ENCE. Declaración contradictoria, ya que los intereses de los accionistas, obviamente, son los mismos que los de los trabajadores y empresarios que dependen de la pastera. Hay una explicación a la enigmática frase. A ENCE se le “impondrán” una serie de condiciones con las que la empresa está totalmente de acuerdo y ello será anunciado por Moreira como si fuera él quien va a decidir algo que ya está acordado. Obviamente, Moreira no se ha sentado a negociar con ENCE. Él mismo ha dicho hace un par de semanas que entre sus planes no está reunirse con ENCE. Pues claro que no. Ni ha sido él quien viene reuniéndose con ENCE desde 2012, ni ENCE negocia su permanencia con un concejal, sobre todo si es portavoz de la oposición, ni Moreira puede prometer nada que no esté ya decidido.

Lo que hará Moreira será escenificar un acuerdo que le viene hecho de arriba y venderlo como un pliego de “exigencias”, en plan: “Si los de ENCE quieren quedarse tendrán que cumplir mis condiciones”. Luego será cuando reciba formalmente el apoyo de los que lo han negociado todo, con seguridad Alfonso Rueda o el propio Feijóo y la empresa se “plegará” a esas exigencias entrecomilladas. Obviamente a ENCE le sale mucho más barato pagar un canon que cerrar o trasladarse y eso es lo que sucederá. Ésa será la propuesta estrella del PP: que ENCE se queda hasta 2068. Es el cara o cruz con el que el PP pretende dar un vuelco a sus opciones. En todo caso, el anuncio a un mes de la campaña tendrá un alto componente electoralista, pues si ENCE se va a quedar sí o sí, si ya está todo negociado, la permanencia no dependerá en absoluto de quién sea el alcalde.

El otro gran proyecto de Moreira es reunirse cada semana con una familia pontevedresa, que es lo que me llevó a mí al Teatro. Desde que el líder del PP formuló su amenaza, no me dejan salir de casa salvo que se sepa dónde está Moreira. Estamos aquí encerrados por si aparece a visitarnos y mi señora compra cada día una lata de paté de marisco para agasajar a Moreira. Su inquietud va en aumento y comienza a impacientarse de verdad. Ahora dice que el próximo viernes quiere ir al Teatro Principal al concierto de Quatro D’Abril, que ella admira a Rober Calvo desde que tiene quince años (Rober Calvo), y que tiene el proyecto de ir allí a disfrutar del repertorio y arrojar un sujetador al escenario, pero que claro, que si aparece Moreira a comerse el paté y le fastidia el plan, entonces qué. Y añade que lo menos que podría hacer Moreira es anunciar cuándo piensa venir, que esto es angustioso. Mientras tanto me tiene todo el día limpiando la casa para impresionar a Moreira y cuando vuelve de comprar el paté, si encuentra una mota de polvo viene y empieza a darme golpes en la cabeza como si fuera un bote de ketchup mientras grita, marcando las sílabas: “¿Qué te dije de tener la casa limpia para cuando venga Jacobo Moreira?”.

El peligro de estas cosas es que los demás candidatos suelen entrar en competencia para demostrar quién es más original y cualquier día Lores promete dormir cada semana con una familia. Puede estar usted tan tranquila en casa y cruzarse por el pasillo al alcalde en pijama dándole los buenos días con su voz carrasposa y preguntándole qué hay para desayunar, o peor aún, cantando una panxoliña. Con estas cosas hay que tener cuidado, que hay ocho candidatos y si empiezan todos a visitarnos vamos a tomárnoslo con tanta naturalidad que acabaremos pidiéndoles que de paso que se van, que nos bajen la basura.


lunes, 2 de marzo de 2015

El desmayo de la nación




Joan Baldoví, portavoz de Compromís, se subió al estrado, pronunció siete palabras y se desmayó, como España. Es lo más consecuente que ha hecho nadie en sede parlamentaria y es algo que deberían imitar los portavoces de todos los partidos. Subir al estrado y desmayarse, que para eso los votamos, para que nos representen. Nunca hemos estado mejor representados que en ese momento.

Vimos otros dos arrebatos de honestidad que salvaron el debate: el primero lo protagonizó Rajoy cuando, rabioso, chilló a Pedro Sánchez: “¡No vuelva usted aquí a hacer ni a decir nada!”. La pérdida de estribos suele acompañarse de economía de palabras. Con un poco de temple, Rajoy lo hubiera explicado mejor: “Usted, parlamentario y jefe de la oposición, no vuelva aquí al Parlamento a hacer su trabajo ni a decir nada que yo no quiera escuchar. Gilipollas”. Esa frase de Rajoy es la manera más precisa de describir la negación de la democracia.

Respondía así Rajoy al discurso de Pedro Sánchez, que venía de decirle que el estado de la nación está hecho una porquería. Pedro Sánchez, con el PSOE echándosele encima, siguió el consejo de Victoria Armesto: “El método más eficaz para frenar a un pelotón es echarse a correr delante”. Victoria Armesto fue una notable periodista y escritora que firmó, entre otras cosas, ‘Galicia feudal’, obra que debiera ser el Antiguo Testamento del nacionalismo gallego, al que sirve en bandeja todo un argumentario histórico que los nacionalistas rechazan porque Armesto cometió dos graves pecados: el primero, ser diputada de la Alianza Popular de Fraga y el segundo, ser también copropietaria de La Voz de Galicia. Un día los independentistas olvidaremos su nombre y será el momento de recuperar su descomunal obra.

Y ya que hablamos de periodismo y de bandejas, permítaseme que recomiende apasionadamente las bandejas que Diario de Pontevedra ofrece a sus lectores a partir de hoy. “Un juego de dos fuentes de horno que siempre vienen bien en cualquier cocina. Estas bandejas han sido fabricadas en vidrio de borosilicato de excelente transparencia, tienen gran durabilidad y resistencia calórica (soportan temperaturas entre los -20º y los 250º) y su capacidad es de 2,2 y 1,8 litros. A partir de ahora no hay excusa para preparar tus mejores platos. Resérvalas ya en tu kiosco y no dejes pasar esta oportunidad”.

El otro gran momento, y con esto volvemos al debate, nos lo ofreció Celia Villalobos, quien jugaba con su tableta para ganarse un miserable sueldo de 120.564 euros al año. Hablaba Rajoy desde la tribuna y Villalobos ejercía la presidencia. Ella es política veterana y sabe que nada de lo que se decía en ese debate tenía la menor importancia. Por eso lo más decoroso que se puede hacer cuando uno preside un parlamento durante un debate sobre el estado de la nación es coger la tableta y ponerse a jugar. Debería ser obligatorio, como desmayarse.

Estos debates están sobrevalorados. Nunca he entendido esas encuestas en las que se pregunta a la gente quién ha ganado el debate, como si ganar un debate convirtiera a alguien en mejor gobernante o en mejor aspirante a gobernar. Ser mejor en un debate no significa ni más ni menos que eso y tiene la misma incidencia sobre las cualidades de un líder que ganar una partida de ajedrez o una carrera de sacos. Sería mucho mejor que hicieran otras cosas para convencer al pueblo de sus virtudes. Cantar, por ejemplo, saltar a la comba o hacer juegos malabares con cuatro naranjas. Porque vender humo, bien que se haga con mayor habilidad que el rival, debiera ser precisamente un demérito y nunca una cualidad por la que nadie se gane un voto.

Así, presentarse en un debate y ofrecer tres millones de puestos de trabajo es una estrategia que tiene a estas alturas la misma utilidad que prometer un millón o catorce. Lo de prometer cosas al tuntún lleva haciéndolo Rajoy desde que, como recordó el otro día, se metió en política con 26 años. Eso de anunciar cosas improbables sabe hacerlo cualquiera. Yo mismo he prometido más de una vez que Colón nació aquí, en Galiza, algo que es como mínimo indemostrable. Si se puede prometer el pasado con tamaña impunidad, no digo qué se puede hacer con el futuro. Y si prometer sale gratis, debatir sobre promesas todavía más. Haga usted la prueba. Persónese en una taberna y comprobará que siempre hay alguien discutiendo sobre el estado de la nación con mejores argumentos que todos los presentados el otro día en el Parlamento. Eso es lo fácil. Lo difícil es desmayarse, que para eso sí hay que valer.

Uno jamás se desmaya sin motivo, y menos cuando corre el riesgo de que quien se presente a socorrerle sea una ministra de Fomento. Cuando alguien se desmaya, lo último que espera es que aparezca Ana Pastor a prestarle los primeros auxilios. No puede haber nada más desconcertante que desmayarte, abrir luego los ojos, ver a Ana Pastor desabrochándote la camisa y preguntarte si estás muerto.


 

jueves, 15 de enero de 2015

Rirnos do medo



Pense vostede en calquera chiste que lle faga graza. Comprobará que trata dun ou varios personaxes vivindo unha situación absurda. Iso é o humor, e non creo que atopemos definición máis axustada. Somos así de crueis. Rímonos de alguén facendo o ridículo e non hai chiste que non estea baseado niso. Pero o humor fainos felices e é iso o que fai do humorismo unha das máis dignas profesións.

O que se ofende por un chiste faino porque se sente concernido ou aludido e non sabe rirse de si mesmo. Ben porque carece de sentido do humor e esa é unha disfunción que necesita tratamento, ben porque só sabe rirse dos demais, o que o converte nunha persoa máis cruel que a maioría e nun personaxe irrisorio. Non hai situación máis cómica que a dun individuo ofendido por un chiste chamando para queixarse ao xornal que o publicou, secuestrando unha revista ou poñendo unha querela. Pero en fin, se o labor dun humorista é ridiculizar a outras persoas, é normal que cada pouco se lle ofenda algunha.

Logo está o caso máis extremo, que é o de alguén capaz de matar por un chiste. Afortunadamente tampouco é moi normal. Se o fose, todos os habitantes de Lepe serían asasinos. E os gangosos. Se todos foramos como os descerebrados que entraron a tiros na redacción de Charlie Hebdo, Arévalo tería morto nos anos oitenta ás mans dun gangoso, probablemente nunha desas gasolineiras onde se distribuían as súas casetes.

Pero quédanos un consolo despois de todo isto: ninguén se ofende por un chiste malo. O chiste malo non fai graza, ninguén se ri del e ninguén se sente atacado. Pasa desapercibido e o personaxe retratado, como o público, esquéceo ao instante. Nunca ninguén chamou o seu avogado para denunciar a un autor dun chiste sen graza. Visto así, os humoristas de Charlie Hebdo triunfaron ao grande e os seus asasinos convertéronse en personaxes grotescos dos que poderemos rirnos durante o resto das nosas vidas.

Detrás dos asasinatos do outro día hai algo máis absurdo que matar a alguén por facer unha viñeta: hai un intento de dicirlle ao mundo que é o que pode facerlle graza e que non. Esa é a máis cómica das situacións que se xeraron. Pretender que as claves do humor funcionen a tiro limpo. Non hai arma no mundo que quite a graza a unha boa viñeta. Outro humorista asasinado, Pedro Muñoz Seca, dirixiu as súas últimas palabras ao pelotón de fusilamento: “Podedes quitarme a facenda, as miñas terras, a miña riqueza, mesmo podedes quitarme, como ides facer, a vida, pero hai unha cousa que non me podedes quitar... e é o medo que teño”. Pois iso. O medo non pode co humor.

jueves, 7 de agosto de 2014

A POR UN DO PEPÉ, AINDA QUE SEXA.




Por Femia Castradora


Xastou de volta, literal e fighuradamente, as veses penso que xa todo dame ighual.

Onse da noite na minha casa da aldea. Escoito ruido da banda da vesinha, esta Pitty V. Cando cheghan as Pirulinas bota a casa pola fiestra e fai partis, como di ela. Eu ainda que non estou invitada vou e ás veses levo alghunha ghalinha para que mentras eu doulhe ao vinho ela pique no ghramón do xardín.

Os amigos da Piti sonche moi aquelados, elas moi fininhas e eles sempre falando do seu iate, e cheiran a colonia. Cando fixo a primeira festa de inaughurasión levei un susto dos grandes porque eu escoitaba serpes, serpes asubiadoras. Eu disía que non podía ser tanta bicha solta e fun cara á casa da Piti a mirar que pasaba alí. Dinme de conta de que quenes silbaban eran os amigos de Piti, que falaban raro e as eses fasíanas coma se foran de Rianxo con asento de Madrí.

Festa rachada Piti estail: croquetinhas de marisco, canapés e caqueis. Eu prefiro as festas da Ramona, que pon cosido e biscoito molhado en licor café, vaia desfase de festa, acabamos todos a rolos fasendo lasos de amistá dos que non se poden esqueser. Moitos dos da aldea son froito desa esaltasión do companheirismo, vaia casamenteiro está feito o licor café da Ramona!

Eu, cando salto o muro que separa a minha casa da de Piti sempre levo un bocadinho de xamón de Coren e se ten moita ghrasa melhor. Tínhades que ver a cara que ponhen os seus invitados, cómenmo cos olhos. Hai que comprendelos porque sempre comen cousas pequenas, non usan os seus dentes para morder.

A falta de licor café bebo vinho e logho llintonis con bolinhas moradas. Esta xente está para enserrala, eu non lle boto nada ao licor café e nin falta que fai. Hai que reconheser que tamén se che suben á cabesa os llintonis. Eu notaba que a cabesa non estaba quieta e entrábanme ghanas de bailar por Bertín Osborne, que esta Piti é un pouco ransia e bastante aforradora, a saber os anos que fai que non merca música. Xustifícase disindo que “de Bertín aprovéitase todo, coma os porcos, e mesmo dá ghloria oílo en Intereconomía. Ghrasias a Dios que aínda quedan homes”. E hala, todos a bailar coma se estiveran posuídos, eles movendo o flequilho coma se foran Rafaela Carrá (festa, que fantástica, fantástica, esta festa, brruuum) e elas cos tacos cravados no ghramón bailando coma rastafaris fumados.

Eu, vendo iso coma se fora una sosiólogha da terra, comprendendo que os homes presisan da axuda do alcól para que os seus istintos saian á lus. Así estaba eu cando vin cheghar cara a min a un deles cuns pantalóns amarelos e camisa asul cun xersei posto nos ombros.

Propúxome tomar a última no llacusi da Piti, pero eu recordei que botei alí aos patos para que estiveran afeitos ás burbulhas, que nunca é pouco para os meus animais. Díxenlle que melhor íamos tras o palheiro, que aínda acabara de apanhar a herba o día antes e estaba máis branda. Aproveitei e pasei pola casa para colher una botelha de licor café, que eu sen el non son castradora nin nada, e a Vinghador, que xa fasía tempo que non o usaba e estaba a colher ferruxe.

Así fun ata o palheiro, onde me esperaba o do xersei. Noite de paixon pepera, hai que probar de todo, non ía faser ascos a novas esperiensias. Dinme de conta de que ía nesesitar o licor café coma o ar que respiramos. O tipo comensou a falar de que isto vai ben, do empregho e dos recortes. Eu pensei que ese home era parvo e que ía ver as marabilhas dos recortes na súa pel. Minha man percorreu o seu peito e foi baixando ate o seu embigho, desabotoneilhe a camisa e vin o burato subir e baixar cada ves máis apresa. Achegheime ata a pitrina e baixeilha pouco a pouco. Alí estaban.

Vinghador brilhou baixo a lus da lúa.