Mi percepción sobre Rajoy cambió radicalmente el pasado 29 de octubre de 2011. Ese día dio un mitin en A Coruña en el que prometió “devolver la felicidad a los españoles”. Hasta ese preciso instante sólo había dos tipos de personas que prometían la felicidad: el adolescente enamorado o el líder de una secta, quien inmediatamente después de prometer la felicidad a sus seguidores les pide que se suiciden porque una nave espacial viene a recoger sus almas para llevarlas a un planeta muy bonito.
Pero nunca hasta entonces un político había prometido la felicidad. Rajoy fue el primero. La osadía era tan obvia que uno pensaba: “o este tío es un genio o está como una puta cabra”, pero en cualquiera de los dos supuestos, mentía o decía la verdad. Yo, acostumbrado a que los políticos mientan, creí no obstante a Rajoy y lo hice por el simple motivo de que quiero ser feliz. Hasta el otro día estaba convencido de que Rajoy me iba a comprar la isla de Tambo y me iba a construir ahí un chalet en el que yo viviría con mi familia, y Pepe Solla vendría todos los días a traerme la comida. Lo creía porque confiaba en Rajoy y en su promesa de hacerme feliz y eso es lo que yo necesito para ser feliz. No creo que la idea que tiene Pepe Solla de la felicidad incluya llevarme la comida a mi chalet de Tambo a diario, pero ese no es mi problema. Es el problema de Rajoy (...) Diario de Pontevedra. La felicidad.